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Yuli: cualidades sin rentabilizar para Bollaín
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Suele pasar en las películas biográficas: los verdaderos protagonistas de las historias participan en el proceso de crear la ficción. Una asesoría, varias llamadas, un cameo; el objeto de estudio está ahí la mayoría de veces, y debería de estarlo. Conocer de primera mano lo que pasó -o su visión de lo que pasó- es fundamental para construir un punto de vista que aspire a retratar una parte de lo que realmente ocurrió. Luego está el gran debate de en qué grado deben participar estas personas en la construcción de las obras. Los derechos de autor, la independencia, los detalles, la frescura y la elección de qué cosas -te dejan- contar y cuáles no. La tensión comercial-artística se pelea con la autoridad y la vida de alguien.

En el caso de Yuli, como en tantos otros, el bailarín cubano Carlos Acosta interviene de forma muy directa en el proceso de traducir sus vivencias y sensaciones en una narración cinematográfica, basadas a su vez en su libro No way home. Él protagoniza en el presente una obra que cuenta su vida (lo que le ha valido una nominación a los Goya como mejor actor revelación), mientras que se va repasando su duro pasado desde que era un niño en las calles de La Habana, esto sí a través de actores. Este proceso, tutelado por Acosta, acaba siendo determinante para todo lo bueno y lo malo de la nueva película de Icíar Bollaín. Compone bien la parte de expresar las emociones a través del baile y en determinados recuerdos, pero falla en construir un relato más complejo sobre la personalidad y experiencias del artista.

La estructura en Yuli es clave. Como decíamos, se intercalan dos líneas temporales diferentes: la de Acosta en el presente preparando su obra y la otra en la que se ficcionaliza su vida desde que es un niño. En la parte donde Acosta representa su experiencia a través del baile en la actualidad tiene mucha potencia; ahí realmente se expresan de forma coherente los conflictos internos y la dificultad enorme que tuvo un niño de un talento innato para el baile que realmente no quería bailar. Esa frustración y el conflicto se traducen bien en imágenes, y Bollaín tiene la sensibilidad y valentía de darle a esos números musicales y coreográficos la gran importancia que tienen en la vida de Acosta, que es el baile. En ese sentido, la fotografía de Álex Catalán capta perfectamente la emoción y la fuerza de un arte como la danza.

El trabajo de Catalán destaca también en la luminosa Havana, pero es de lo más destacable de la parte ficcionalizada, más anodina y superficial según avanzan los minutos. Más allá de algún momento de infancia inspirado, los conflictos que Yuli va pasando se van diluyendo hacia lo impersonal y anecdótico. El único personaje que mantiene su personalidad, su coherencia y una visión del mundo es el padre de Acosta, Pedro, que sí cumple con el cometido de ser un personaje con evidentes claroscuros. La relación paterno-filial es lo más interesante, pero queda apartada a un segundo plano por la obligación de seguir los pasos de Yuli en su viaje hacia el éxito profesional. Cerrar el círculo se vuelve más importante que dibujarlo.

La película pierde el foco y pasa de puntillas por las verdaderas motivaciones de Acosta para tomar algunas decisiones determinantes en el transcurso de su vida. Las partes de baile, que dan verdadera fuerza a aquello que se pierde en la ficción, no consiguen llenar los vacíos que dejan secuencias que hacen avanzar la narración, pero que no aportan más que lo ya dicho en su parte inicial. En esas secuencias de la segunda parte del filme, sólo destacan los frescos diálogos de Paul Laverty y la experiencia de Bollaín para que el producto no pierda ritmo hasta el final.

Yuli se queda descompensada, sin saber rentabilizar del todo las distintas cualidades que tiene. La tensión de los códigos y las influencias del cine biográfico desactivan, en parte, el interés de una vida que debe de tener muchas menos simplezas de lo que parece. Bollaín cumple, pero no consigue que el resultado final despegue lo suficiente como para ir un poco más allá.

Arturo Tena (@artena_)

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