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Vivir dos veces: dramedia digna sin brillar
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En su ficha promocional, donde pone género, Vivir dos veces se define como «una comedia emocionante». Es una forma original de llamar a lo que se ha venido definiendo como dramedia (del inglés, dramedy) o comedia dramática, una larga tradición de mezclar códigos en cine en la que esta película quiere insertarse sin rubor. Y lo hace con mimo y buen hacer. La lástima es que esta historia de un hombre (Óscar Martínez) con alzheimer en busca de su primer amor no de con la tecla que la haga resaltar por encima de otras propuestas en la misma línea.

La película es, además de «comedia emocionante», una road-movie en su parte central. Darle una forma ágil y coherente a esos elementos tiene «su aquel», y el resultado general de ese encaje es bastante sólido. Primero, por cómo está estructurada la historia de la película. La guionista María Mínguez ha resuelto bien su esquema de introducción, nudo y desenlace, que está marcado sin perder fluidez (a pesar de los reiterativos flashbacks). A eso le añade un buen cuidado de las conversaciones que, a base de naturalidad, simpatía y sensibilidad, discurren sin problemas por temas complicados como el alzheimer o la discapacidad física.

La segunda razón de que tenga un empaque evidente tiene que ser mérito de María Ripoll. La directora se separa de sus trabajos recientes de comedia romántica pura (Ahora o nunca y No culpes al karma de lo que te pasa por gilipollas) para adentrarse en este terreno mestizo de comedia y drama, algo que ya había hecho con clase en Tu vida en 65 minutos. Lo hace ahora dándole una buena capa de coherencia, sentido y elegancia a los planos, dejando discurrir la banda sonora a tiempo y llevando a los actores (muy bien Óscar Martínez e Inma Cuesta) a los lugares que mejor se adaptan a su personaje.

Pero el filme de Ripoll, pese a sus varios méritos, no tiene el empuje necesario para brillar con luz propia y destacar. Su problema está principalmente en sus personajes. En una película de contrastes, de mezcla de emociones y búsqueda de efectos en el espectador, lo más complicado es construir unos protagonistas que resulten humanos, sinceros y vulnerables. Un buen ejemplo de ello, en esas mismas claves, está entre Ricardo Darín y Javier Cámara en Truman, de Cesc Gay. Aquí, pese a lucir unas interpretaciones de primer nivel, la familia no termina de cuajar en sus vínculos.

Las relaciones entre los personajes no están cimentadas ni se plantean lo suficiente, especialmente la clave: la de padre (Martínez) e hija (Cuesta). El arco por el que pasa ese espacio personal no se desarrolla con la atención que necesita, especialmente en su primera parte. La dureza, incomprensión y cambios que tienen que vivir entre los dos no se tocan de verdad aunque se vayan colocando menciones estratégicas a lo largo de la película. Lo mejor en ese sentido es lo que ocurre entre abuelo y nieta (Mafalda Carbonell), donde se percibe una relación de verdad entre dos personas en etapas de su vida en las que no tienen nada que perder.

Vivir dos veces llega a su parte final -la más dramática- con demasiadas cosas aún que resolver, pero sin un bagaje emocional construido como para hacerlo. Pese a la valentía de mostrar lo más incómodo en su epílogo, la película se queda sin fuelle y recoge poco fruto de todo lo bueno que tiene, que no es poco. Una obra tierna, hecha con inteligencia y mimo, pero a la que le falta profundidad para sobresalir y definirse.

 

Arturo Tena (@artena_)

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