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Valeria: ¿Pero qué me estás contando?
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Valeria: ¿Pero qué me estás contando?

La comedia romántica de Netflix no solo no aporta nada nuevo al género sino que disfraza conclusiones retrógradas de una modernidad impostada retratando protagonistas infantilizadas e irreales.

Valeria Cine con Ñ

Valeria, adaptación de las novelas de Elísabet Benavent, es la nueva serie de Netflix enfocada a un público femenino, joven y urbano, que busca reflejar los problemas de las jóvenes españolas en el Madrid actual y ser un referente generacional del feminismo y la liberación sexual como en su momento supuso Sexo en Nueva York.

Me cago en mi vida.

Vale que nadie me ha puesto una pistola en la cabeza para que vea esto y que sé perfectamente que esta serie no me quiere a mí como público porque soy un calvo cabrón que se mete las camisas de cuadros por dentro del pantalón y le gusta ir al bar a ver el fútbol tomándose una cerveza. Cruzcampo.

Pero me cago en mi vida.

Ojo: Spoilers. Aunque la serie es un spoiler en sí misma y después de ver el primer capítulo ya te imaginas todo lo que va a pasar.

Hice un maratón tuiteando en directo mis impresiones sobre esta serie. Aquí está el enlace.

Resumiendo mucho: se supone que esto va de cómo Valeria se convierte en autora de novela por la vía de conectar con su propia mismidad y sacar la historia que lleva dentro, pero en realidad lo que hace es estar cachonda perdida durante 8 capitulazos de una hora porque le va regular con su marido (un melenas más soso que el programa de Más Madrid), y hay un arquitecto que está buenisísimo que le manda mensajes calentorros tipo “Buenos días in the morning”. Hay una amiga tímida que se echa un novio que es un cacho de pan pero ella se ralla por tener más éxito profesional que él y otra amiga que folga mucho -en realidad no, solo con uno, pero está casado- para que las demás parezcan más decentitas. Sí, como Samantha en Sexo en Nueva York.

Más adelante descubriremos que lo que le pasa a la presunta amiga que folga mucho es que tiene problemas de abandono porque su madre dejó a su familia para irse a tocar a la Filarmónica de Viena. Les juro que explican esto poco más de lo que yo acabo de escribir y que queda tan “¿pero qué me estás contando?” como lo cuento.

Así que la conclusión es que esta Samantha española, la supuesta más desinhibida de un grupo de chicas «mu modennas mu modennas», resulta que es una guarra y una borde -el guión te lo recuerda varias veces, dejándola sola por guarra y por borde cada vez que puede- porque claro, es que tuvo una malamadre.

Ay.

Es que esto es superfeminista, tía, refleja las relaciones madre-hija. Como Brave de Disney o Apegos Feroces de Vivian Gornick. Igual, igual.

Hasta aquí simplemente es molesta, pero cuando la serie se pone ofensiva a todos los niveles es en la subtrama de la amiga lesbiana, cuyo único y principal rasgo de personalidad es ser lesbiana. Se supone que su historia va de que sigue en el armario con sus padres y además harta de currar para ellos en su rancio bufete de abogados. Al final lo único que vemos es como se mete en un grupo feminista LGTBI en el que acaba de jefecilla o algo.

En principio nos estarían contando que hay cosas que no puede hablar con sus amigas heteros porque no entienden su experiencia, pero lo único que hace es enrollarse con las otras lesbianas sin nombre mientras les da órdenes de cómo organizar su grupo de protesta.

Literalmente vemos a una rubia blanca y rica, con un trabajo de puta madre y que en ningún momento de la serie se nos muestre que sufra la más mínima homofobia, diciéndoles a un grupo de mujeres trans, racializadas y no normativas lo que tienen que hacer. Su primera medida es pedir menos manifestaciones y más protestas por redes sociales. Y después de acostarse con todas ellas en plan picoteo, se queda con una igual de normativa que ella. La subtrama que emocionó a Íñigo Errejón.

 

Es el único punto del análisis de Twitter que desarrollo aquí porque me parece que define perfectamente la serie. Una fachada tan bonita e inconsciente de lo tóxica que es que resulta ofensiva por su mera existencia.

Por lo visto en el libro este personaje era heterosexual y su dramita es que se liaba con el jefe. Así que la parte buena de que hayan querido meter diversidad, aunque les salga como el culo, es que han eliminado a otro maromo que habría sido ya indistinguible de los otros trajeaos. Otro cambio parece que sustancial es que la amiga tímida en el libro lo que le pasa es que es insegura porque tiene obesidad y aquí la interpreta una actriz que está igual de “buena normativa” que las otras tres pero tiene más registro cómico y sabe poner caras raras para que en sus escenas se note que es la pringada del grupo.

 

Conclusiones deprimentes

El picorsito vende, y eso está bien. No hay que justificarse porque nos guste ver carnaza ni que nos pongan cachondos como monas. Pero es que esta serie, o este tipo de series, no se venden solo como picorsito, intenta tener un discurso social más amplio y construir alrededor toda una ficción aspiracional de un modo de vida concreto. Igual que la autora de 50 sombras de Grey confesaba que en parte la novela es una fantasía pero no sexual sino de la libertad que permite ser tan asquerosa e imposiblemente rico. El problema es que incluso si hiciésemos una serie solo con escenas de gente muy atractiva teniendo sexo softcore -vamos, Red Shoes Diaries-, transmitirían unos valores determinados, como lo puede hacer el porno o cualquier otra producción cultural.

La cuestión es que Netflix lo que quiere es ganar dinero, y si esta serie se vende como revolucionaria, atrevida y aspiracional es porque hay un público amplio para ello. Un público que se puede sentir identificado con las representaciones que aquí se hacen y verlas como positivas. Y eso quiere decir que hay un buen número de mujeres jóvenes a las que, a estas alturas, todavía les parece atrevido verse retratadas como agentes activos de su propia sexualidad -que ya hemos visto que no lo son para nada y la única que sí se nos dice es que tiene tarita- y rompedor que se atrevan a expresarlo públicamente, como Valeria con su novela, o a tener varias parejas sexuales. Un público que siente su vida sexual como una parte muy importante de su identidad que no puede expresar de manera sana o libre.

Y eso sí que es un drama y no lo que cuenta esta serie.

Porque aquí a ese público, o tempora, o mores, se le idealiza el cuento de La Bella y la Bestia en el que un malote se vuelve buenote gracias a ellas. Que si, que aparte el actor que hace del arquitecto chuloputas es Maxi Iglesias y es tan guapo que podría ir por la calle eructando y con la chorra fuera y aún así ligaría. Pero la actitud del personaje es infantilizar a Valeria, hablarle todo el tiempo como si le perdonase la vida y mostrarse distante emocionalmente si las cosas se complican. El amante casado de Lola es lo mismo pero más extremo para que Víctor sea más aceptable, igual que Lola está presuntamente más despendolada para que Valeria parezca más aceptablemente modosita.

Que esa es otra, llegan a echarle en cara que ha follado con poca gente después de reprocharle a la otra que folle con mucha. Es el chiste de Peter O’Brien. Decídete, coño.

Por otra parte los modelos de relaciones que se proponen son los propios de este tipo de series, que, con referencias pop, chistes sexuales y algún toque de actualidad, dan una pátina de modernidad a mensajes retrógrados. Es el modelo de Cómo conocí a vuestra madre, en el que el personaje que tenga más parejas sexuales siempre es castigado o retratado como un tarado emocional y donde solo hay un tipo de relación válido y esperable. Y en el que al mismo tiempo se defiende la relación de Shrödinger, el mito de ‘The One’ que se pasó el maldito Ted Mosby persiguiendo 9 temporadas: todos queremos una relación larga, pero no surgirá si no es esa persona que siempre nos hará felices y sepa lo que queremos antes que nosotros mismos, de manera que expanda nuestra mente y valide nuestra identidad. Y en cuanto cualquier cosita se salga un poquito de ese rail, lo “normal” es cortar, e incluso tratar un poco mal a la otra persona por no reforzarte tu mismidad.

Que parte de la dinámica tóxica de las relaciones que se establecen aquí sí que refleje cómo se desenvuelve sentimentalmente una parte de la sociedad actual pues tampoco es ningún mérito.  Porque estás construyendo un modelo aspiracional sobre una realidad insana sin analizarla ni ofrecer alternativas. Lo cual demuestra que probablemente si la parte de documento sociológico que se pueda extraer de aquí existe, es sin querer.

Y finalmente, todo con un tono general que es el reflejo de una sociedad narcisista e infantilizada en la que se escribe una novela no usando técnica y constancia sino mediante la inspiración que llega cuando contactas con tu verdadero yo en toda su yoicidad y tu mente se expande. Lo ridículo no es verla escribir ‘Fin’ en letras muy gordas, lo ridículo es la representación del proceso creativo que se hace, tan dañina como el otro extremo del tópico, que sería Hemingway bebiendo absenta y diciendo machunadas en Medianoche en París. Es cierto que ver a alguien levantarse temprano todos los días y echarle 8 o 10 horas a estar sentado delante de un ordenador es aburrido, y que esa parte probablemente se suponga que Valeria la realiza en elipsis entre los dos últimos capítulos. Pero es capaz y le hace click el cerebro a partir de que, por fin, se pone tibia con el arquitecto.

Hemos venido a este mundo a pasárnoslo bien y ser felices. Pero no a costa de los demás, no construyendo identidades o protegiéndolas pisando a otras personas, y no de manera artificial y tramposa. Nos merecemos ficciones mejores que sin renunciar al conflicto ni ocultar los problemas de la vida real nos propongan modelos más sanos y realistas. Nos merecemos series mejores, vidas mejores y hasta un Madrid mejor, más sucio pero más auténtico.

Y ahora, si me disculpan, me voy a abrir otro botellín de Cruzcampo y apoyarlo en la mesa sin posavasos.

Jose A. Cano (@caniferus)

 

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