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Unamuno no existe
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Unamuno no existe

'Palabras para un fin del mundo' recupera la memoria del filósofo y escritor proponiendo una nueva versión de sus últimos días, lo que plantea un debate sobre las lecturas cinematográficas de su figura

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Decía George Bernard Shaw que todas las biografías son un semillero de mentiras. Lo dejó escrito en la introducción de su propia autobiografía. En el caso de Unamuno más que su biografía completa lo que se pone en duda es el relato de su muerte. Los últimos meses del autor de San Manuel Bueno, mártir están marcados por la Guerra Civil y su lealtad variable, que la propaganda de ambos bandos quiso utilizar a conveniencia y que posteriormente se ha leído de manera habitual según criterios del presente, no del momento histórico en que vivió el filósofo.

Manuel Menchón acaba de estrenar Palabras para un fin del mundo, documental que pretende arrojar luz sobre esos últimos días y la muerte de Miguel de Unamuno. Se puede leer en paralelo con La isla del viento, en la que el mismo director inauguró la reciente filmografía unamuniana ya entonces haciéndola girar alrededor de su célebre -y quizás ficticia en parte- disputa con Millán Astray el 12 de octubre de 1936. El mismo episodio sobre el que Amenabar construiría su polémica Mientras dure la guerra, aunque ambos directores tienen una visión muy diferente de la figura del vasco.

Palabras para un fin del mundo se presenta con el muy ambicioso objetivo de dar la versión más históricamente verosímil de los últimos meses de la vida de Unamuno, añadiendo documentos recientemente hechos públicos y contrastados a las versiones «legendarias» o interesadas tanto de la discusión en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca como de los meses finales del escritor en encierro domiciliario. El documental se atreve a presentar una reconstruida «versión definitiva» de los discursos de Unamuno y Millán Astray e incluso a insinuar, aunque muy sutilmente, que su muerte en diciembre de 1936 pudo ser, de alguna manera, provocada.

 

Desorden organizadounamuno-películas-cine-con-ñ

Don Miguel de Unamuno fue un tipo más bien sedentario, nada dado a la proeza física, que para algo era escritor y universitario. Polemista e intelectual en un sentido decimonónico de los términos que, como bien subrayan las tres películas recientes dedicadas a su figura, se peleó hasta con su sombra. Independientemente del merecido respeto intelectual que genere su figura, la épica se la ponen nuestras lecturas o las que hicieron sus contemporáneos, pero no se la ponía él mismo.

Parece que en nuestro relato necesitamos que tenga la voz de José Sacristán y convertirlo en un mártir laico semejante a algunos de sus personajes o en un Quijote del siglo XX, dada su admiración por la novela de Cervantes. La narrativa es demasiado golosa para resistirse: no ganó el premio Nobel por la oposición de la Alemania nazi, condenó a tiranos de uno y otro lado del espectro, abogó por una República Federal como la que algunos defienden hoy cuando nadie creía en ella en los años 30…

La cuestión no es tanto si estos datos son históricamente verosímiles, que sí lo son, como lo inevitable que resulta que incluso un documental tan puntilloso como Palabras para un fin del mundo construya a un personaje de ficción. Uno muy cercano al de La isla del viento y no tanto a las dudas del «intelectual insobornable» de Mientras dure la guerra, en la que Amenábar habla más de sí mismo y cómo se ve como creador que del personaje al que ha decidido usar como excusa.



¿Cómo no sentirse tentado de leer a Unamuno en términos presentistas? Atrapado entre extremismos en una época de crisis social, política y económica, sosteniendo con sus escasos ingresos de abuelo a cinco de sus ocho hijos, voz de la indignación malinterpretada por todos… Convirtiéndolo en adalid de los panhispánicos, Palabras para un fin del mundo rescata la admiración confesa del vasco por José Rizal, héroe de la independencia filipina, con la frase de uno de sus artículos: «vale más tagalo bueno que español malo», paralela al célebre «estoy más cerca del chino bueno que del español malo» de García Lorca.

 

El debate sobre Unamunounamuno-películas-cine-con-ñ

En Historias de las dos Españas el historiador Santos Juliá advierte contra esta idealización del genio ya en vida contando una historia de su regreso a la Península en 1930, después de la caída de Primo de Rivera. El dictador lo había exiliado a Lanzarote por denunciar sus abusos del sistema judicialUnamuno fue invitado a dar una conferencia en el Ateneo de Madrid, algo nada raro para un intelectual de su fama. El viejo escritor acudió a Madrid pensando que se enfrentaba a la típica reunión de señores apolillados cuando se encontró con que una multitud lo esperaba en Atocha y prácticamente lo llevaba en volandas a la conferencia.

Su exilio en Lanzarote lo había dotado de tal prestigio que el público allí presente, tan variopinto que incluía probablemente a personas que jamás habían leído una línea suya por la sencilla razón de que no sabían leer, esperaba poco menos que una soflama revolucionaria. La gente se acumulaba dentro y fuera del Ateneo, y cuando el viejo profesor empezó a hablar la expectación era como para irse a quemar el Palacio Real con Alfonso XIII dentro. Pero Unamuno dio una conferencia previsible, aburrida y nada revolucionaria que fue vaciando poco a poco el lugar por aburrimiento hasta que solo quedaron los habituales.

En 2018 las páginas de Cultura del diario El País vivieron un debate entre historiadores a raíz del rodaje de la película de Amenábar. Una crónica de Sergio del Molino que usaba como fuente principal al historiador salmantino Severiano Delgado ponía en duda la versión oficial y más conocida de los discursos del 12 de octubre de 1936 en el Paraninfo, con el provocador título de ‘Lo que Unamuno nunca le dijo a Millán Astray‘. Los historiadores franceses Colette y Jean-Claude Rabaté respondían con una tribuna en el mismo diario pidiendo no «banalizar» el incidente. A su vez, Delgado se defendía en otra más. Y etcétera hasta que el matrimonio francés, en febrero de este mismo año, publicaba su propia biografía del vasco.

 

El hombre que estuvo allíunamuno-películas-cine-con-ñ

Palabras para un fin del mundo presenta una tésis más cercana a la biografía de los franceses en base a dos aportaciones clave. Aunque, eso sí, arranca admitiendo que la reconstrucción del muy mitificado incidente siempre fue difícil dado no existían testimonios directos ni transcripciones fiables. De hecho, los discursos de Astray y el propio Unamuno jamás fueron recogidos por la prensa. Admite incluso la dificultad de saber la importancia que le dieron los propios protagonistas al suceso. Entre las escasas fotos de la salida del recinto, se permiten especular con si una de ellas recoge un saludo entre ambos contendientes que desmentiría lo enconado del debate.

Sin embargo, como la propia voz de la narradora del documental: «No hay una única verdad histórica. Solo relatos del pasado diversos. Unos mejor fundados que otros». El único testimonio en vivo de aquel episodio, recuperado recientemente, lo recoge el catedrático de Derecho de la Universidad de Salamanca, entonces recién incorporado a la Academia salmantina, Ignacio Serrano. Contrastado con las notas tomadas por Unamuno durante el acto y cartas que envió en días posteriores, permite cierta reconstrucción de los hechos. Nunca hubo contacto entre ambos docentes, ya que apenas se conocían, pero sus relatos concuerdan y presentan una versión no tan épica como otras pero sí de firme condena, ante las mismas narices de Millán Astray, de la violencia de la incipiente dictadura.

Se mantienen el «vencer no es convencer» y el «viva la muerte», pero no llega a producirse el icónico «venceréis pero no convenceréis» ni el «muera la inteligencia». Así las cosas, Menchón propone una versión casi de consenso entre las de los historiadores en discusión en El País, más cercana a Amenábar de lo que parece en la forma pero para nada en el fondo, puesto que la interpretación del uno es personal y la del director de La isla del viento, una lección cívica, y por tanto, colectiva.



Por otra parte el documental aspira a poner en duda la versión oficial de la muerte del escritor, si bien no se atreve a afirmar que hubiese una causa violenta detrás de ella. Solo se insinua. La principal sospecha es que siempre se ha vendido al testigo de este fallecimiento, Bartolomé Aragón, como un antiguo alumno y amigo de Unamuno, cuando en realidad era un falangista al que este apenas conocía y que acababa de llegar a Salamanca. Era un encargado de tareas de propaganda y al que se le sospechaban hechos de sangre durante su participación en la toma de Huelva junto a las tropas de Millán Astray.

 

Vencer y convencer

Recordemos que Palabras para un fin del mundo se construye sobre material audiovisual de la época, con muy pocas reconstrucciones y voces en off que leen cartas y documentos de la época para mayor rigor. La narradora interviene apenas para dar contexto y muchas transiciones se realizan con carteles semejantes a los del cine mudo que recuerdan en parte a los informativos cinematográficos de la época. Es una suerte de admisión de su carácter de reconstrucción y, por tanto, mistificador a su manera.

De hecho el documental de Unamuno rompe su pretensión de verosimilitud, de condena de los relatos de segunda mano, cuando al final del metraje introduce el testimonio de uno de sus nietos, que aún no había nacido. Este cuenta las versiones de su padre y uno de sus primos mayores sobre el entierro del escritor en una narración poco menos que de tercera mano en la que se encadenan los recuerdos de dos niños y un adulto sobre un sepelio especialmente traumático y silenciado durante años.

El relato, al final, no varía demasiado en lo básico, puesto que es innegable que el escritor pasó sus últimos meses apartado de la Universidad y en un arresto domiciliario que no se hizo oficial por motivos propagandísticos. Quizás el debate que queda por plantear es qué acercamiento nos parece más eficaz a figuras como la de Unamuno o el antes mencionado García Lorca, si la historicista o la ficcional. Aunque ambas sean complementarias, la primera para ser efectiva necesita liberarse de cualquier polémica o atadura política, mientras que la segunda, que Menchón ya había abordado con éxito, nos habla, más de lo que Unamuno fue, de otra cosa. De lo que nosotros necesitamos que sea y de la sociedad que aspiramos a ser.

 

Jose A Cano(@caniferus)

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