Estás leyendo:
Una vez más: Cuando Linklater se come un unicornio
7 min

Una vez más: Cuando Linklater se come un unicornio

Una película que pretende ser generacional tan fuerte, tan fuerte, que saca al espectador de lo que está viendo a base de filtros beauty de Instagram

una-vez-mas-pelicula-critica-cine-con-ñ

En Una vez más asistimos a las dudas de Abril, una joven arquitecta sevillana que vive en Londres desde hace cinco años y regresa a casa por la muerte de su abuela. El reencuentro amigos, familia y, sobre todo, Dani, su exnovio, hará que se replantee su vida y deba decidir, en el espacio de apenas un día, si se queda en Gran Bretaña o vuelve a España.

Pues oiga, pues mire, pues yo qué sé…

Las obras hay que juzgarlas por lo que son, no por lo que nosotros queremos que sean. Lo malo es cuando intentan ser una cosa y claramente no solo no lo son sino que acaban consiguiendo el efecto contrario al buscado. Yo no digo que con Una vez más ocurra eso. Solo digo que todas las españolas que se han ido a Londres no trabajan en el estudio de Norman Foster y que en Sevilla además de las palomas, los naranjos y los indies también hay calles por las que no pasa la limpieza municipal y gente con problemas de la vida real.



Una vez más se define explícitamente como deudora de Woody Allen y de la trilogía Antes de… de Richard Linklater y, verán ustedes, probablemente se pueden tener peores referentes en esta vida y no será aquí donde se reprochen estos concretos. La cosa es que si usted quiere ver una pastelada lenta, con nostalgia un poco adolescente y Sevilla con filtro cuqui de Instagram, esta es su película. Pero si odia a los cantautores, la música indie y la cosmovisión adjunta a ambos, huya como alma que lleva el diablo.

Spoilers, spoilers como la Plaza de España de Sevilla de grandes. Y malaje. Pero por arrobas.

 

La generación que no habitouna vez más

Indies mirando cosas. Oleo sobre lienzo.

Miren, con el corazón en la mano. Meterse en el jardín de plantear una película «generacional» es muy arriesgado, porque básicamente todas las generaciones vienen a ser, detalle arriba o abajo, más o menos lo mismo. Al final lo que cambian son unos cuantos referentes culturales, que son muy identitarios para determinados extractos sociales -porque incluso el gusto musical va por barrios- pero que al 90% de la población adulta la van a dejar igual. Que no digo que no se pueda hacer. Pero allá cuidados con cómo quede la cosa.

No me interpreten mal. En el aspecto técnico a Una vez más se le podrán poner muy pocos peros. El reparto está correcto, que para eso algún actor viene de Malviviendo. Aunque tienen las narices, en un diálogo así muy natural de jóvenes y jóvenas modernos, de decir que La piel que habito, de Pedro Almodóvar, no es nada creíble. Por lo del tigrinho. Y por ahí sí que no. En esta web es auténtica devoción lo que sentimos por Almodóvar. Y La piel que habito ni pretende ser verosímil ni lo necesita.

El problema de Una vez más es como el tono pretende ser realista y nostálgico y acaba transmitiendo irrealidad -no buscada- e inmadurez, que por otra parte no es tanto culpa de la película como de una tendencia de cierto tipo de ficción de nuestros tiempos. Hay un sector del público que quiere vivir en la melancólica y tiernamente herida visión de la vida de un cantautor que trabaja de otra cosa diferente a la que estudió y el audiovisual se lo da cada vez que puede. No es que quede ridículo -o no siempre-, simplemente el resultado no es creíble para nadie que esté fuera de ese nicho.

 

Viendo el ayeruna vez más

Ese botellín no es de Cruzcampo.

La protagonista, Abril, -suponemos que se llama así por la primavera, o como la Feria, porque este tipo de películas es poco probable que homenajeen a April O’Neil, la periodista de las Tortugas Ninja- trabaja en el estudio de Norman Foster, en un trabajo que no la llena demasiado a nivel personal ni económico dados los precios de la ciudad pero que es mejor que cualquier cosa que pueda encontrar en España.

Que no decimos aquí que eso no sea verdad, solo que no es «generacional». Que la gran mayoría de sevillanas exiliadas tienen trabajos mucho más de mierda que ese en Londres. Y que seleccionar una cosa de «arquitecta guay» es un sesgo que te indica por dónde va la película. Cosas pijas en la irreal Sevilla hipster que no salía en Allí abajo. Esto, para que se hagan una idea, es como el Partido Demócrata de EEUU. No molesta, pero vive en una burbuja fuera de la realidad y cuando intenta salir la caga.



Porque Abril es prima hermana de Valeria y su conflicto se exterioriza en la duda entre dos maromos, uno guiri en elipsis -y cuando sale lo interpreta en inglés un actor con un acento ibérico que canta tela- y otro local en presente, su exnovio Dani. Un licenciado en Periodismo que ahora trabaja en una librería y que al llegar a la treintena ha dejado atrás su sueño de ser cantautor, la criatura. Este guitarritas le canta una canción junto al Guadalquivir en la que habla de sus muchos defectos y ella lo mira con ojos golosones. Todavía si se hubiese arrancado con McGregor el cangrejo

 

Ocho apellidos pijos
una vez más

«¿El chiste de los dos tomates que van por el Puente de Triana? No, no lo conozco».

Homenajear a Linklater está bien si uno se acuerda de que Linklater se ha pasado los últimos 25 años impugnándose a sí mismo a la mínima y que su trilogía de las narices está considerada el epítome del pijerío pretencioso mundial. Por otra parte, Woody Allen será un pesado que vuelve a rodar una y otra vez el mismo conflicto cambiándolo de época y modulando la diferencia de edad entre los personajes, pero al menos en sus películas te ríes.

Me refiero a reírte de que te hace gracia, de que algo ha sido ingenioso, divertido o se ha salido de esa lista de «esto es lo más previsible que puede ocurrir en esta película» que Una vez más va cumpliendo punto por punto. Es muy posible que habernos convertido todos en yonquis del girito inesperado y la novedad sea el peor defecto del público del siglo XXI, pero también que si un filtro de Instagram lleno de lucecitas -al guitarras y Valeria del Sur les patinan alrededor chavales con ruedines luminosos porque patatas- se dedica a confirmar punto por punto justo lo que pensaste que iban a hacer los personajes en el primer frame en el que aparecieron te saca completamente de lo que estás viendo.

Que a ver, que esto tiene derecho a existir. Si lo tenemos los periodistas culturales, lo tiene cualquiera. Pero no representa a nadie que no sea un pijo relamido que crea que el mundo le debe algo por su cara bonita y viva de espaldas a la realidad que le rodea. Quizás, a las sevillanas maneras, me debería alegrar de que por una vez la representación de la ciudad no sea el tablao junto a la Torre del Oro de Dani Rovira. Pero es que aquello no pretendía ser verdad y esto, que es igual de irreal, sí.

Y por ahí sí que no. Si vamos a ir de que hacemos algo generacional, que no dé ganas de escribir debajo «todos menos yo».

 

Jose A Cano (@caniferus)

Dejar respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Input your search keywords and press Enter.