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‘Un monstruo viene a verme’: el cine honesto dignifica
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En una entrevista en JotDown, preguntado por la dualidad cine comercial/de autor, Juan Antonio Bayona decía que no cree en esa distinción, que para él solo hay dos clases de cine: el honesto y el deshonesto. Bayona diferencia las películas en base a si “salen de las tripas” de sus directores, si nos quieren contar algo de verdad, o no. Pese a lo difusa e interesada que pueda ser esta categorización, la verdad es que encaja en la idiosincrasia cinematográfica del director catalán. Sus películas desprenden un compromiso sincero del creador con lo que cuentan, una pasión genuina por la capacidad del cine como medio mágico para contar historias. Es un cineasta de corte clásico, mucho más cerca de Spielberg que de Tarantino; un contador de historias que utiliza todo el material comunicativo del que dispone para provocar determinadas emociones en el espectador e intentar involucrarlo al máximo. Aunque no guste, es legítimo. Un monstruo viene a verme, su tercera película, es un ejemplo más de esta forma de dirigir.

Tanto en lo bueno como en lo malo, Bayona cuida al máximo este drama fantástico, entregando algunas de las mejores imágenes de su carrera, pero también presentando dificultades para no sobrecargar sus momentos más trágicos. La película maravilla cuando se centra en su estructura dickensiana inicial: un monstruo se le aparece a un niño, Connor (Lewis MacDougall) para contarle tres historias que deben desembocar en una cuarta, la propia historia del chico. Un monstruo viene a verme pivota muy bien sobre esta base de fantasía infantil. Convence, por supuesto, por el impresionante trabajo técnico de recrear al monstruo y construir preciosas historias animadas, pero sobre todo por lo bien que representa el viaje emocional de Connor.

Estas fábulas, de moralejas ambiguas, son un reflejo del camino de miedo, rabia y culpa por el que pasa el niño. El mundo interior de Connor se exterioriza de esta forma imaginativa para intentar resolver y expresar sus conflictos internos. Con el empaque que proporciona la fuente literaria original, Bayona borda en estas escenas la función de director de orquesta, dando vida a todas sus piezas (visuales, actorales, narrativas…) con esmero y coherencia.

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Sin embargo, esta fuerza cinematográfica se difumina en el otro lado de la vida de Connor, en el contacto más directo con la realidad. El centro de la misma es su familia, formada principalmente por tres personas: su madre (Felicity Jones), su abuela (Sigourney Weaver) y su padre (Toby Kebbell). El drama, planteado ya desde el punto de partida, se gestiona razonablemente bien en el primer tercio de la película a través de situaciones discretas, diálogos medidos y silencios. Aquí funcionan las controladas y familiares escenas con su madre y el contraste que representa el duro personaje de Weaver, por ejemplo.

Pero a medida que avanzan los minutos y la intensidad dramática alza el vuelo, especialmente en el último tercio de la película, se pierde esa contención. Bayona focaliza toda la atención en la escalada de emociones, intentando introducir elementos en el difícil proceso psicológico del niño a través de situaciones  -como la protagonizada por el padre – y recursos- como la banda sonora – que se quedan en subrayado de lo que ya conocemos. En estos tramos, la entrega del director se nota forzada al intentar ahondar aún más en la tristeza de la historia.

Un monstruo viene a verme es, con sus problemas, una buena película. El resultado valiente de un trabajo hecho con mimo. Hay que celebrar, por tanto, que un director con la capacidad de Juan Antonio Bayona esté haciendo su trabajo dentro del mainstream cinematográfico. La prueba de que también se puede llegar a altas esferas (Jurassic World) haciendo las cosas bien. El cine honesto dignifica.

 

Arturo Tena (@artena_)

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