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Un efecto óptico: un viaje a Nueva York que no es para todo el mundo
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Un efecto óptico: un viaje a Nueva York que no es para todo el mundo

Cavestany se mantiene fiel a su estilo en este inclasificable viaje con menos picos cómicos y más intención que en anteriores trabajos del director

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Juan Cavestany ha llegado al gran público en los últimos tiempos con las series Vergüenza y Vamos Juan –una de ellas buena, otra buenísima-. En las dos se nota que aquí escribe y dirige con más gente; su peculiar humor y forma de llevarlo a la pantalla se encaja en formas más convencionales. Más que eso, lo que encontramos en Un efecto óptico es Cavestany a palo seco, como en Dispongo de barcos, la reciente y confinada Madrid, interior o Gente en sitios, su película más representativa. Vaya, que no es una película para todo el mundo.

Las casualidades del calendario han hecho que Un efecto óptico pasara por San Sebastián y Sitges pocos días después de que Tenet, de Christopher Nolan, y Estoy pensando en dejarlo, de Charlie Kaufman, llegaran a las salas y Netflix respectivamente. Tiene sentido relacionar estas películas entre sí, más allá de las casuísticas de las fechas, por su forma de representar la realidad, tan poco real, y su juego de bucles, independientemente de sus diferentes objetivos y resultados. Viene bien tirar de comparaciones porque Un efecto óptico no es una película sobre la que sea fácil escribir.

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Una sinopsis básica describiría la película como el viaje de una pareja de mediana edad a Nueva York en el que ocurren sucesos extraños e inexplicables mientras que hacer un análisis más detallado de sus intenciones y significados sería irresponsable, además de seguramente incorrecto en muchos puntos. Un efecto óptico es una experiencia, un juego, un viaje. Entre el humor absurdo y guiños cinéfilos y metanarrativos hay una reflexión sobre el turismo en los tiempos de la globalización y, sobre todo, sobre las relaciones de pareja en la mediana edad y el síndrome del nido vacío.

Pero más allá de significados, Cavestany vuelve a demostrar su maestría a la hora de crear atmósferas perturbadoras, apoyado en la omnipresente música de Nick Powell, en una precisión milimétrica en el montaje y la puesta en escena y en un gran trabajo de Carmen Machi y Pepón Nieto (y de Luis Bermejo, que literalmente pasaba por ahí). Sus caras de confusión y desconcierto, cuando no directamente pasmo, son las nuestras durante muchos tramos de la película.

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Con menos picos cómicos y más intención que en anteriores ocasiones, Cavestany se mantiene fiel a un cine alejado de convencionalismos. Su viaje a Nueva York no será para todo el mundo, al igual que el resto de sus películas, pero sí que es importante reconocer y celebrar lo diferente, más aún cuando hasta lo de siempre sale adelante con dificultades en nuestro cine.

 

Carlos Pintado Mas (@CarlosPM76)

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