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Torrente: la gran tragicomedia de un país
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Torrente: la gran tragicomedia de un país

La saga del "héroe" de Santiago Segura, que llega ahora a Filmin y Flixolé, encierra un buen producto de arqueología social listo para el consumo rápido

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La travesía del héroe muestra más sobre el entorno que sobre sí mismo. Del mismo modo, la gran tragicomedia del cine español, con un héroe que no lo es, muestra realidades sociales de lo que un día fue nuestro país. Es importante analizar estas realidades de Torrente, ya que el pasado deja mella en el presente.

José Luis Torrente es un personaje grotesco, agente de pistola y boca sin calibrar; logra convertir la más desagradable apariencia y ética en arte atemporal. Es un personaje inadaptado a su época, un quijote nostálgico del franquismo, que dice y hace las barbaridades latentes en la sociedad, es decir, el racismo, machismo y homofobia que siguen presentes bajo nuevas apariencias.

Antes de ahondar en el análisis debo dejar claro mi punto de vista: la contextualización de estas películas como un relato cómico que encierra vivencias trágicas. En mi opinión, Torrente ofrece un producto intencionadamente ambiguo, capaz de abarcar un amplio público objetivo, pero un buen producto de arqueología social listo para el consumo rápido. Dado que ya disponemos de este gran producto, analicemos los debates que plantea.

 

Los complejos de Torrente y Hannah Arendt

El punto de partida es el escenario absurdo en que se desarrollan las películas. Los casos de éxito del protagonista no se deben a su buen hacer, sino al mal hacer del entorno. Este absurdo cobra su máximo esplendor durante el extravagante grito del cochinillo degollado en Torrente 2: Misión en Marbella, escena en que el protagonista dispara en la oreja a una persona (Torbe) que, a través de un extraño y porcino sonido, se convierte en hazmerreír y no en víctima de la desmesura y la violencia.

La banalización del mal formulada por Hannah Arendt es la base para observar este tipo de escenas habituales en la saga. El mal, los problemas sociales, no son radicales, sino que se asientan sobre lo superfluo y cotidiano, en este caso sobre el seguidismo del quijote tardofranquista y las intensas carcajadas.

Torrente es el arquetipo del hombre acomplejado. Nunca hace nada mal, sino que todo es culpa de los demás, y necesita reafirmar su virilidad a cada nuevo paso. Como ejemplo de tantos, la escena en que está disparando a unas latas junto a Rafi (Javier Cámara) en Torrente, el brazo tonto de la ley. Comienza diciendo “mira cómo tira un maestro” para, tras fallar, responder a su incapacidad echando la culpa a los demás: “Ya me has desestabilizado el puente”.

Cada escena de la saga muestra la capacidad de transformar la realidad a través de las palabras, siempre y cuando estas sean aceptadas por el entorno. Su gordura (“No me había fijado, Torrente, pero si tienes tetitas”) puede ser robustez (“Pero qué dices. Son pectorales”). Porque, ante todo, transmite la seguridad de quien cree su “polla” el centro del universo. “Hay dos tipos de hombres: los que se lavan las manos antes de mear y los que se las lavan después”. “Mi polla es sagrada, hay que reverenciarla”. Es incluso capaz de corregir el revés de Moyà en Torrente 2: Misión en Marbella, él, que solo conoce el levantamiento de cerveza como deporte. Es el extremo de la chapuza hecha persona, caricatura de las relaciones profesionales que muestra la altiveza propia de la ignorancia.

Torrente es un aprovechado, un hidalgo sustentado en pufos (“Torrente, me debes 6.000 pesetas de güisqui”). El escenario es idóneo para un personaje de estas características, ya que la estupidez es casi una constante en el resto de los personajes que lo acompañan. Nos reímos porque sabemos que, en algunas ocasiones, el mal solo necesita la inacción y la estupidez para triunfar. Sabemos que las escenas son absurdas, pero reconocemos que transmiten una pequeña porción de verdad.

 

Los problemas sociales en la saga

La saga aborda casi todos los problemas sociales a través de la comedia: machismo, alcoholismo, discriminación de personas con discapacidad, racismo, falta de respeto a los mayores, homofobia, ausencia de lealtad; en resumen, muestra la sinrazón del prejuicio ante la desviación de las normas sociales mayoritarias, además de llevar el egoísmo a límites obscenos.

El machismo, atenuado en la última película, sobrevuela toda la saga. Sobra decir que para Torrente las mujeres no son personas, sino objetos hipersexualizados. Su falta de respeto se nota especialmente en su relación con las mujeres. Canoniza a las mujeres atractivas, objeto de deseo, mientras demoniza a las mujeres que no le atraen (“Bicho, bicho”. “-Hola, guapo, ¿quieres compañía? -No, gracias, ya tengo perro”). Y qué no decir sobre la banalización de la prostitución, debate abierto sobre los límites de la mercantilización. Para Torrente las mujeres deben estar a su disposición, ya que es un fiel adepto del machismo más rancio.

El alcoholismo domina las acciones del protagonista, guiado por la rápida oscilación entre el vaso lleno y el vacío. Al fin y al cabo, Torrente es un alcohólico que llena con güisqui su vacío emocional. Maltrata a su padre (Tony Leblanc), poniéndole a pedir en Torrente, el brazo tonto de la ley, porque no sabe querer bien.

La parodia de la diversidad, motivo de varias escenas, muestra la cruda realidad del día a día. Llega a decir al Langui: “Estás contrahecho, vamos, estás mal “acabao””. Siempre debe recordarse el sentido cómico de la saga, ya que hay más dignidad en el dedo meñique del Langui que en todo el cuerpo de Torrente. El bufón tardofranquista convierte la barbarie en arte, y a través de la exageración nos advierte acerca de los pequeños torrentes que se esconden bajo nuestra piel.

El gran quijote tardofranquista es, ante todo, un cobarde que se esconde tras la ofensa

Torrente no solo hace comentarios homófobos, sino que es la esencia de la homofobia. Se encuentra encerrado en una jaula con barrotes de cristal. En el fondo tiene miedo a no ser homófobo, ya que teme que la jaula se rompa y, en libertad, se dé cuenta de su propia sinrazón. Es interesante analizar la condescendencia con la que trata a las personas homosexuales, a través de una frase de Torrente 4: Crisis Letal: “Los maricones, ahora, se casan”. Transmite la sorpresa ante la tolerancia, es decir, cree que está aguantando una nueva realidad. Este enfoque sigue muy presente, y no se trata de tolerar, sino de respetar en pie de igualdad.

Por encima de cualquier identidad, Torrente se entiende a sí mismo como un patriota y del Atleti. Su ultranacionalismo, religión entendida a través del Fary como enviado en la tierra, unido al racismo, le lleva a ridiculizar el resto de las culturas (“Chinita, ven aquí”, “En la Casa Blanca han puesto a un negro”). Pero me quedo con una escena de la primera película. Torrente, bufanda del Atleti al cuello, se encuentra con un grupo de ultras del Real Madrid, tira la bufanda a una alcantarilla y se pone a gritar “Hala Madrid”. Porque el gran quijote tardofranquista es, ante todo, un cobarde que se esconde tras la ofensa.

La saga de Torrente logra transmitir, a través de situaciones desproporcionadas, claves de lo que un día fue España: una gran comedia falta de razones, una sociedad fundada sobre mitos y carcajadas vacías.

 

Néstor Fernández Zapico (@nestor_fz)

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