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The Chain: más psicológico que thriller
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La eutanasia ha sido y es -sigue estando de actualidad- un tema atractivo para tratar en el cine. Basta con ver el buen número de películas que lo tocan para ver su potencial. El más común, como es lógico, ha sido el dramático (Million dollar baby, Mar adentro, No conoces a Jack…), pero también se ha utilizado puntualmente desde la comedia negra (Las invasiones bárbaras, La fiesta de despedida). Ahora el salmantino David Martín-Porras da una vuelta de tuerca más, y lo propone como medio para un thriller psicológico en The Chain. Como un juego maniatado pero justificado, más psicológico que thriller, que es como tiene que ser vista esta película para ser apreciada.

El centro a justificar y punto de vista continúo de The Chain es el de Mike (John Patrick Amedori), un oftalmólogo que va con su mujer (Madeline Zima) a ver a su familia y se entera que tiene la misma enfermedad neurológica que su padre (Ray Wise). Para no sufrir lo mismo que él, decide acudir a una compañía de suicidios asistidos. Con este punto de partida, Martín-Porras decide apoyarse principalmente en la relación tóxica que tiene Mike con su padre para ir hilvanando su historia. Con el buen hacer de Ray Wise como catalizador, lo que ocurre entre ambos, su ambigüedad y su oscuridad, es lo más interesante.

Las escenas que comparten los dos concentran con cierto sentido los puntos psicológicos en los que se va encontrando Mike a lo largo de la película. Martín-Porras resume el resentimiento, el miedo y el dolor mezclándolo con el daño neurológico que está sufriendo su protagonista. El no saber distinguir qué es real y qué no se manifiesta en su línea más extrema con su padre, donde los sentimientos sí que juegan un papel fundamental. Ahí la película mantiene el pulso que mejor le viene.

El resto de The Chain, es decir, su línea narrativa principal y lo que le va sucediendo a Mike mientras pierde la cabeza, funciona de forma más endeble. Aunque aguanta el ritmo y la ambientación –una Los Ángeles lynchiana e incómoda-, no tiene los elementos ni de terror, ni misterio ni de thriller policíaco del gato y el ratón para poder ser disfrutables más allá que como excusas. Las limitaciones presupuestarias habrán hecho mella para poder tratar solo una serie determinada de localizaciones que hacen perder oportunidades argumentales.

Aun así, el punto del que quería hablar Martín-Porras (la relación paterno-filial, sus cuentas pendientes, traumas y simbiosis) llega vivo y con cierto interés cuando se acerca el final. La trama de la cadena de suicidios y sus derivados va perdiendo fuerza, pero mientras tanto suma intensidad el conflicto personal y familiar. La confusión y pérdida de noción de la realidad se apodera del último tramo, lo que intensifica el punto psicológico que mejor le va una historia que acaba en un momento de tensión suficiente para cerrar en lo alto.

The Chain tiene dentro una atmósfera de incomodidad, expresada a través de espacios y una interesante paleta de colores, que funciona para su nuez principal. En el sufrir y la forma de ver el mundo de su molesto protagonista con su padre. Una lástima que este interesante núcleo que tiene entre manos Martín-Porras no termine de coger el vuelo en sus ganas de ir en otras direcciones. Ya sea por sus fallos estructurales de guion o su falta de financiación, se queda sin conseguir el efecto deseado.  En cualquier caso, se puede disfrutar si se mira como un mero mecanismo para un, eso sí, atmosférico estudio psíquico.

 

Arturo Tena (@artena_)

 

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