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Tesis: las claves del primer éxito de Alejandro Amenábar
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Aunque ya han pasado 23 años del “Me llamo Ángela. Me van a matar”-frase que reza el cartel de la película-, Tesis sigue asombrando a sus nuevos espectadores, y se ha quedado en las mentes de muchos desde que se estrenó en abril de 1996. ¿Cuáles son las claves de un filme ya de culto del cine español de los 90?

Ángela (Ana Torrent) es una estudiante de Imagen. Está preparando una tesis sobre la violencia audiovisual. Su director de tesis, Figueroa (Miguel Picazo), se dispone a ayudarla buscando material audiovisual para su tesis. Encuentra una cinta en la videoteca de la facultad, pero al día siguiente el profesor es hallado muerto tras el visionado.

Ángela conoce a Chema (Fele Martínez), experto en cine pornográfico y gore, y juntos descubren que la cinta que vio Figueroa es una película snuff en la cual matan a una chica, conocida por Chema. Según la textura del vídeo pueden conocer el tipo de cámara con la que está hecha la cinta. Los dos deciden descubrir quién la asesinó y quién fue el responsable de la película. Más tarde conocen a Bosco (Eduardo Noriega), un extraño chico de la facultad y amigo de la chica asesinada.

Como acabas de leer, la trama gira en torno al morbo mediático y al visionado de cintas de contenido “sensible”. Esta crítica al ser humano y a los medios de comunicación seduce al espectador de ayer y de hoy, quien ve saciadas sus ganas de desmarcarse del resto y apuntar a aquellos que son malsanos y disfrutan con el dolor ajeno. Este morbo en concreto de la sociedad española se hizo especialmente latente durante los comienzos de la llamada telebasura en nuestro país, un fenómeno que el propio Amenábar ha reconocido recientemente que le preocupaba cuando escribió la película.

Uno de los primeros ejemplos –y más famosos- es del caso Alcácer. La cobertura televisiva forzó todos los límites del morbo con lo sucedido en el asesinato de tres niñas en una localidad valenciana en 1992, como analiza la reciente serie documental de Netflix sobre el tema. De hecho, la ópera prima de Amenábar tiene una vinculación directa con el suceso valenciano. Una de las teorías de la conspiración del caso, apuntalada en prime time pocos meses después del estreno de la película, señalaba que una banda criminal se habría dedicado precisamente a la grabación de cintas snuff mientras perpetraban el crimen de las chicas, es decir, que realizaban vídeos cortos con las torturas y los asesinatos. Los integrantes de esta organización macabra, supuestamente dirigida por políticos y empresarios, habrían estado proporcionando grandes sumas de dinero a cambio de matar a distintas personas que aparecían en grabaciones caseras.

Para rematar el vínculo del suceso con la trama de la película, además, El Confidencial informó recientemente que el equipo de Tesis rodó varias de sus escenas en un chalet que había sido propiedad de la persona (Ángel Sopeña) que supuestamente originó la teoría de los vídeos sobre el caso Alcácer. Verídico o no el asunto en cuestión o la inspiración en la película, lo cierto es que la obra de Amenábar reflexiona y y juega acertadamente sobre el interés del ser humano en ver -más o menos abiertamente- el sufrimiento de los demás.

Pero no es solo la crítica social lo que atrapa de Tesis. La película aúna varios factores más que la incluyen dentro del hall of fame de nuestro cine aún en nuestros días. El reparto, ese trío compuesto por unos jovencísimos Ana Torrent, Fele Martínez y Eduardo Noriega en estado de gracia, es capaz de convertir a cada personaje en un ser que se queda a vivir en nuestra mente. Alejandro Amenábar elabora con sutileza cada aspecto de sus protagonistas, que no se quedan en unos meros estereotipos, sino que cobran vida poco a poco. Esto es fundamental en una película con mucha presencia física.

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La fuerza de sus personajes se une a la capacidad narrativa y visual que demuestra Amenábar para crear tensión y mantener la atención del espectador. En su guion logra con creces sumergir al espectador en la trama, jugando al despiste con quién es el malo y quién el bueno a través de unos diálogos dinámicos y genuinos. A nivel compositivo, destaca también su talento en escenas como la persecución por los pasillos de la facultad, o el hecho de no enseñar el contenido de la película snuff en cuestión, sino únicamente permitir escucharlo. El director hace que nos planteemos continuamente esa hipocresía ante el morbo y la violencia siempre a través de la mirada de Ángela, quien se tapa los ojos con las manos para no ver, pero nos invita a entreabrir los dedos para intuir lo que pasa. Y sí, todos picamos.

Por este estilo de suspense, se nota que Alejandro Amenábar creció viendo películas norteamericanas y que es un fanático del cine clásico extranjero: encontramos mucho cine de Michael Powell o Hitchcock en su primera película. Vio tanto en su formación que le salió inspirarse o recordar este tipo de películas a la hora de firmar las suyas. Este gran manejo de los dispositivos formales, junto a su juventud -y consiguiente atrevimiento- de ese momento, fueron los ingredientes para una obra sublime, como podemos ver en la interrelación humana de sus personajes, o incluso en algunos fallos en el guion debidos a su mente juvenil y fantasiosa.

Algo distintivo de este thriller primerizo es que, a diferencia de otros, cuantas más veces se ve, más gusta. Aunque se sepa el final, el simple proceso de seguir la trama es un proceso realmente atractivo porque permite seguir descubriendo ligeros detalles cuando se disfruta hoy en nuevos visionados. Con sólo 22 años, Amenábar logró situarse en 1996 en lo más alto de nuestro cine.

 

Raúl Ramajo (@Cine_Ene)

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