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Si yo fuera rico: el mal del remake español
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Tenemos que ir acostumbrándonos. Los mayores éxitos españoles en taquilla este año (Padre no hay más que uno y Lo dejo cuando quiera) son remakes, lo que nos garantiza que las grandes televisiones seguirán apostando por rehacer comedias europeas o latinoamericanas durante un buen tiempo. Adaptar éxitos foráneos es la nueva gallina de los huevos de oro para dar aire al visible agotamiento comercial de la ‘fórmula Ocho apellidos. El razonamiento de las compañías es sencillo: situaciones humorísticas originales que han triunfado fuera pueden conquistar al público también aquí. Y, por el momento, lo están haciendo.

Esta nueva realidad en la que invierte la parte más comercial del sector, a pesar de ser muy preocupante en cuanto a originalidad, no debería decirnos gran cosa sobre la calidad del producto. Dos ejemplos claros de esto son, por el lado bueno, la bien resulta comedia de Santiago Segura y, por el malo, la errática Si yo fuera rico. La película de Telecinco no consigue dar vida en ningún momento a una premisa poco elaborada. Pese al esfuerzo de sus actores, casi nada funciona en esta vuelta al clásico tema cinematográfico de la «riqueza por sorpresa».

Aquí se trata de un treintañero (Álex García) en proceso de divorcio al que, de repente, le toca la lotería y no puede compartirlo con nadie para no tener que dividir los millones con su futura exmujer (Alexandra Jiménez). Aunque es un punto inicial que puede resultar divertido, casi ninguna situación cómica derivada de él aporta nada fresco a nivel temático. Todo resulta familiar y no irrita, pero precisamente porque no hay equívoco u ocultamiento con una mínima elaboración. Además, a esta línea argumental principal se le añaden elementos humorísticos que tampoco encajan. Ni siquiera el clásico grupo de amigos (García junto a Adrián Lastra y Franky Martín) da ningún desahogo cómico efectivo.

El filme dirigido por Álvaro Fernández Armero, a diferencia del cosmopolitismo del de Segura, se apoya además en la particularidad regional. En este caso, en la de Asturias. Olas, cachopo y sidra. En este marco, aún deudor del estilo de los Ocho apellidos, es donde la película coloca su historia. Pero es más un decorado con acento distinguible que una característica de la esencia de la película. Lo único realmente asturiano es cierto deje del carácter norteño de su protagonista, Santi (Álex García); por el resto bien podría pasar todo en Albacete.

Pero que lo local se quede sin aprovechar no sería problema si la trama principal tuviese un mínimo de dinamismo. No lo hay. Lo que vemos en la comedia de Fernández Armero son situaciones cómicas estancas, sin enganche actual, que no dan pie a nada. Una sucesión de gags simples que tienen consecuencias mínimas para sus personajes a lo largo de la historia. El arco psicológico de los protagonistas es de cartón piedra porque lo que hacen les importa poco a ellos y a los demás. Y si les importa no lo vemos porque hay siempre prisa por plantear una nueva circunstancia potencialmente graciosa.

Si yo fuera rico tendrá cientos de salas a su disposición y se puede convertir en un nuevo éxito de taquilla para el cine español. Pero que el dinero no tape la posibilidad de reflexionar con ella sobre cómo adaptar bien historias que vienen de fuera. No todo está hecho con el dispositivo que crea la narración porque ya ha funcionado previamente. Hay que preocuparse de aportar algo más, de conectar con otros temas y sensibilidades para conseguir el toque humorístico indicado. Eso es lo que inteligentemente ha conseguido Segura este año. Confirmado: Atresmedia (Padre no hay más que uno) le gana la partida a Mediaset (Si yo fuera rico) en 2019.

 

Arturo Tena (@artena_)

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