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Romasanta: El hombre lobo de Galicia en el cine
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La vida de Manuel Blanco Romasanta tiene todos los ingredientes de un guion cinematográfico, una historia que por la época y el lugar en que se desarrolló no tardó en fundirse irremediablemente con la leyenda. Este personaje, nacido en Esgos (Ourense) en 1809, pasaría a la posteridad como el primer asesino múltiple investigado por el sistema judicial español, un monstruo con piel de cordero, cuyas andanzas fueron el caldo de cultivo sobre el que se pergeñaron los miedos más primitivos de un pueblo pobre y atrasado. La Galicia del siglo XIX supone el contexto en el que se gestó uno de los casos más recordados de la crónica negra de nuestro país. En una época de superstición no tardaría en quedar marcado a fuego en el imaginario colectivo los asesinatos de nuestro protagonista, que pasaría a la historia, entre otros sobrenombres, como «el hombre lobo de Galicia».

De estatura menuda (1,37 metros) y rasgos femeninos, Manuel Blanco Romasanta empezaría pronto a matar. Habiendo enviudado joven, se dedicó a la venta ambulante, trabajo que le permitió a través de diferentes argucias cometer sus asesinatos. Hombre afable y devoto, se ganaba a sus víctimas (sobre todo mujeres y menores) prometiéndoles una vida mejor lejos de sus miserables pueblos. De camino a un lugar que en realidad no existía encontraban la muerte a manos de un psicópata que cometía sus crímenes principalmente por motivos económicos. Una vez que daba muerte a sus víctimas les sacaba la grasa (el unto), para posteriormente venderla como ungüento curativo o jabón, de ahí que  pronto su figura se fundiera con la del Sacamantecas o Sacauntos, personaje folclórico de gran raigambre en España.

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Retrato robot de Manuel Blanco Romasanta según la investigación de Marga Sanin y Fernando Serrulla

De gran astucia e inteligencia, pudo esconder durante años sus fechorías engañando a los familiares de sus víctimas mediante cartas falsas que él mismo escribía, donde se constataba que se encontraban bien en esas tierras lejanas donde supuestamente se habían ido. Tras algunos pasos en falso y las consecuentes sospechas de vecinos de la zona, Manuel Blanco Romasanta terminaría siendo detenido en Nombela (Toledo), donde había huido, y juzgado en Allariz (Ourense), donde se le condenó al garrote vil, pena que no se hizo efectiva por la intervención de Isabel II, que la rebajó a cadena perpetua con la condición de que el preso fuera sujeto de estudio con el fin aclarar su supuesta licantropía. El criminal terminaría muriendo de cáncer de estómago en la prisión de Ceuta en 1863, como se demostraría recientemente.

Además de quedar constancia de su historia gracias a los documentos que se conservan de su mediático proceso judicial (“Causa núm. 1778: Causa contra el hombre lobo”), pronto aparecieron multitud de romances, que elevaron a leyenda negra los crímenes de Manuel Blanco Romasanta. Entre ellos “El sacaúntos de Allariz”, cantar de ciego que hace años versionaran Nacho Vegas y Xel Pereda dentro de su proyecto Lucas 15, destinado a revitalizar el folclore norteño. Dentro del ámbito cinematográfico dos son las adaptaciones que se han hecho sobre las andanzas del criminal gallego: El bosque del lobo (Pedro Olea, 1970) y Romasanta, la caza de la bestia (Paco Plaza, 2004).

 

El bosque del lobo (Pedro Olea, 1970)

Atención quiero señores para contar este caso, aquí en Galicia ha ocurrido con el siglo comenzado. Benito Freire es su nombre, por las sendas buhonero, guiaba a los caminantes desde un pueblo hasta otro pueblo.”

Al son de este cantar de ciego comienza la película con la que  Pedro Olea se atrevió a llevar por primera vez a la gran pantalla una de las historias más recordadas de la crónica negra de nuestro país. La película, con guion del propio director vasco y Juan Antonio Porto, supone la adaptación de la novela de Carlos Martínez-Barbeito, El bosque de Ancines. A pesar de que al final de la misma se nos aclara que los hechos narrados son auténticos, son muchas las diferencias que pueden establecerse entre la historia real de Manuel Blanco Romasanta y la que describe la película. Podemos decir que El bosque del lobo se ciñe a los elementos esenciales que están detrás del caso, aunque, como comprobaremos, se permite numerosas licencias al respecto, donde se incluye el cambio de nombre del propio protagonista por el de Benito Freire.

En uno de los papeles más destacados de su extensa filmografía, José Luis López Vázquez será el encargado de dar vida a Benito Freire. Desposeído del tono cómico que tenían la mayoría de los personajes que interpretaba en aquella época, el actor encajaba a la perfección con los rasgos y carácter del asesino gallego, aquel que detrás de una apariencia de hombre común escondía un criminal sin entrañas. Siempre con su carga a cuestas, se representa al protagonista vagabundeando de pueblo en pueblo ejerciendo su labor de vendedor ambulante. La película retrata con minuciosidad el modus operandi basado en el engaño utilizado por Manuel Blanco Romasanta en la mayoría de sus crímenes.

Para dar profundidad psicológica a un personaje tan complejo, la película ahonda en la infancia del protagonista. A través de sucesivos flashback se constata la escrupulosa educación cristiana que recibió en su niñez, marcada esta por una naturaleza enfermiza que se agravaría en la edad adulta. Aunque la película juega en todo momento con la leyenda del lobishome en la que se convirtió, presenta al protagonista más bien como “un pobre desgraciado” que arrastraba “un mal que no pudo curar”, tal como se refiere a él esa bruja con la que hace negocios.

En este sentido, El bosque del lobo constituye una crítica velada a la superstición religiosa tan presente en aquella época, la misma que ayudó a gestar la figura monstruosa de Romasanta. Las referencias religiosas serán una constante durante toda la película. Pero en torno a ese teocentrismo católico se superponen multitud de referencias paganas como son la hechicera del bosque antes nombrada, el adivino que lee las cartas o la multitud de historias sobre alobados que los lugareños cuentan en la taberna y que se terminarían fundiendo con los crímenes del protagonista. Este dualismo entre cristianismo y paganismo volvería a estar muy presente en Akelarre (1984), película donde Pedro Olea reconstruye el proceso de brujería real que llevó a cabo la Inquisición en el valle de Araitz (Navarra) en 1595, donde vuelve a incidir en el tema de la superstición  y la intolerancia religiosa.

De este modo, el filme de Pedro Olea sugiere la hipótesis de que Romasanta padecía una grave enfermedad psiquiátrica que le hacía cometer los asesinatos, una suerte de brotes epilépticos sumamente agresivos que le hacía matar “sin cuchillo ni navaja” (tal como dice el romance) mientras sufría un cambio fisiológico que lo asimilaba al lobo. Investigaciones recientes barajan la hipótesis de que pudo sufrir un síndrome adrenogenital congénito. Parten de que en la partida de bautismo aparece como Manuela Blanco, lo que atestigua un posible hermafroditismo. Supuestamente su agresividad derivaría de un nivel elevado de andrógenos respecto a su presunto sexo genético.

A medida que avanza el filme observamos cómo el protagonista lucha contra unos impulsos que no puede controlar hasta que desesperado y acorralado como una bestia salvaje intenta huir por el bosque al ser descubiertos sus crímenes. En torno a una cacería improvisada por los lugareños de la zona se inicia una persecución que termina cuando Benito Freire cae en un cepo y es apresado por la turba de cazadores encabezados por el párroco del pueblo. Este final, que tiene como intención incidir en el carácter feral del protagonista, en nada se ajusta a lo que pasó en el caso real.

Romasanta, tras descubrirse sus crímenes huyó con un pasaporte falso fuera de Galicia. Transcurrido un tiempo fue detenido en un pueblo de Toledo, en el que hacía tiempo vivía con una identidad falsa, y procesado en Ourense, tal como señalamos anteriormente. El propio proceso judicial suscitó gran interés y en parte ayudó a alimentar la leyenda del criminal, que en su defensa declaró que su licantropía derivaba de una maldición que le había echado una bruja.

Centrándose en su condición de “hombre lobo”, la película se olvida de la otra ramificación de su leyenda: la de Sacaúntos. En ningún momento se menciona el que fuera uno de los móviles recurrentes de sus delitos. El motivo principal es preservar la visión que se da del asesino como un hombre enfermo, vapuleado desde la infancia, cuyo mal se ha ido mezclando indisolublemente con las supersticiones de un pueblo devoto. Benito Freire coincide con Romasanta en que ambos son poseedores de dos caras: la del santo y el diablo. Doble personalidad que se retrata muy bien en la película.

Otro aspecto destacado de El bosque del lobo son las localizaciones que utiliza, hecho que demuestra la preocupación por parte del director de ser fiel al contexto en el que se llevaron a cabo los crímenes. Los exteriores e interiores de la película fueron rodados en Santa Baya de Bola, Celanova y Verín (Ourense), Becerrea (Lugo), Tuy (Pontevedra) y Astorga (León), aunque siempre aparece omnipresente el bosque que da título al filme y que ejerce como lugar de gran carga simbólica. El bosque del lobo representa el lado oscuro del espíritu humano, allí donde se esconden las sombras y los monstruos que representan nuestros miedos y anhelos más profundos. Allí donde Manuel Blanco Romasanta se transformaba en lo que todos tememos ser: la peor de las bestias.

 

Romasanta, la caza de la bestia (Paco Plaza, 2004)

En 2004, Paco Plaza recuperó a la figura del Hombre Lobo de Allariz en una película del todo pretenciosa y fallida. Si Pedro Olea optó por enfocar la historia desde el punto de vista dramático y el thriller psicológico, el director valenciano, que ya había debutado en la ficción con El segundo nombre (2002), la llevo al terreno de lo puramente fantástico. Rodada en diversas localizaciones de Galicia y Barcelona, esta coproducción europea parte de la historia del criminal a través del filtro de la novela de Alfredo Conde, Romasanta. Memorias incertas do hombre lobo. Como sucediera con el filme de Olea, esta nueva versión está repleta de licencias en el guion, en este caso mucho más exageradas que su predecesora.

Como hiciera con su ópera prima, Paco Plaza contará con un elenco internacional de intérpretes para recrear las andanzas de Romasanta. En este caso, el personaje principal estará interpretado por el actor británico Julian Sands, un hombre alto y apuesto que en nada se corresponde con la descripción física que nos ha llegado del asesino gallego. Como en el caso real, Manuel Romasanta (en ningún momento se nombra su primer apellido) se dedica a la venta ambulante, aunque esta labor la hace de un modo más sofisticado, utilizando un carromato con el que va de pueblo en pueblo camelando a las mujeres con su gran atractivo físico.

A pesar de que hay un evidente esfuerzo con respecto a la dirección artística, la recreación de la época y el diseño de vestuario son un auténtico despropósito. La película en vez de recrear la Galicia de mediados del siglo XIX, parece transportarnos a la Inglaterra victoriana mezclada con la Francia napoleónica. Un pastiche que elimina cualquier atisbo de verosimilitud a la historia, aspecto que sí conseguía su predecesora. La película está más próxima a los relatos de terror de la literatura inglesa decimonónica, que al imaginario castizo sobre la figura del Sacaúntos de Allariz. Desde el punto de vista estético también parece recordar a dos películas francesas estrenadas tres años antes que la de Paco Plaza: El pacto de los lobos (Christopher Gans, 2001) y Vidocq: el mito (Pitof, 2001), dos propuestas que unen también lo fantástico con historias detectivescas en un irreal siglo XIX.

En el guion de la película también está muy presente Drácula de Bram Stoker (Francis Ford Coppola, 1992). Muchas son las concomitancias que podemos establecer entre ambos filmes con lo que respecta a la concepción de sus personajes. Cambiando a vampiros por hombres lobo y Transilvania y Londres por los bosques gallegos, en ambos casos asistimos a la maldición de un hombre condenado a sembrar el horror allá por donde pisa.

Al igual que el personaje interpretado por Gary Oldman en la película de Coppola, Romasanta es un seductor que utiliza la retórica para conquistar y sus colmillos para matar. En ambos casos se les presenta como monstruos enamorados, de Mina (Winona Ryder) en el caso de Drácula y de Bárbara (Elsa Pataky) en el de Romasanta, mujeres valientes y decididas que, en última instancia, son los que darán muerte a aquellos que previamente las sedujeron. Además en la película de Paco Plaza, Romasanta contará con su particular Rendfiel, en este caso Antonio (John Sharian), un ladrón que será abducido por este, que al comienzo actúa como uno de los secuaces de Romasanta, pero que más tarde se desviará del influjo del maligno para ayudar a Bárbara a darle captura y muerte.

Pero si hay un personaje que remite indiscutiblemente a Drácula de Bram Stoker, este es el del Profesor Philip (David Gant), un particular Abraham van Helsing. Este hipnólogo francés de la Universidad de Argel fue un personaje real que se vincula a los sucesos históricos, aunque en ningún caso intervino en la investigación y captura de Romasanta, tal como sugiere la película. Conociendo el caso del hombre lobo gallego a través de un periódico francés, envió una carta al Ministro de Gracia y Justicia asegurando que el famoso asesino sufría una monomanía denominada licantropía, prestándose a tratar al reo con técnicas de hipnosis para acabar con su mal. Esta fue la razón determinante para que la reina Isabel II conmutara la pena de muerte, aunque ese estudio nunca se llevó a cabo y nada más se supo del  electro-biólogo francés, que nunca vio en persona a Romasanta.

A diferencia de El bosque del lobo, la película de Paco Plaza sí que se detiene en el proceso judicial que se sucede tras la detención de asesino. Al respecto podemos encontrar algunas coincidencias con el juicio del auténtico Romasanta. La principal semejanza es el cambio de testimonio que el criminal utilizó para su defensa durante tal proceso, pasando de asegurar que la causa de su comportamiento derivaba de una maldición, a terminar sugiriendo que en el fondo se debía a una enfermedad.

Una hipótesis esta última que compartía el misterioso profesor Philip, que en el caso de la película actúa como asesor y perito criminal. A pesar de la firme conclusión que el experto da durante la vista, la licantropía que sufre Romasanta es real, tal como vemos en esa transformación cronenbergiana que sufre el protagonista durante la película, y no clínica. Otro elemento más que aporta cierta confusión al mensaje que nos quiere transmitir el filme. ¿Era un enfermo o un sádico? ¿Era un hombre lobo real o su licantropía era fruto de su imaginación?

Mientras que en el caso real hubo una sentencia firme a pena de muerte, aunque quedase reducida por la propia Isabel II a cadena perpetua, en la película dicha sentencia queda suspendida al no poder encontrarse pruebas concluyentes de la responsabilidad moral de los asesinatos por parte del acusado. El protagonista termina muriendo en el penal de Allariz en circunstancias extrañas, algo que concuerda con los datos con los que contaba Paco Plaza en la fecha en la que se gestó la película. En 2009, investigaciones recientes demostraron que Manuel Blanco Romasanta murió en realidad en el penal de Ceuta diez años después de dictarse la sentencia, tal como atestiguan los investigadores orensanos Cástor y Félix Castro Vicente.

 

Adolfo Monje Justo (@adolfo_monje)

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