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‘Patria’ final: Una serie sobre ETA, no LA serie sobre ETA
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‘Patria’ final: Una serie sobre ETA, no LA serie sobre ETA

Cierra una serie que ha querido construir un relato político y ponerse en el centro del debate, pero será como mucho un hito televisivo

Patria completa

Llegó el final y con él Patria completa el camino de un fenómeno que hace tiempo no se producía con una serie nacional, pero que se ha tropezado con la competencia de Antidisturbios y Veneno. También un debate político en ocasiones en exceso sesgado, en otras en exceso inofensivo. En cualquier caso, historia de nuestra televisión que deja momentos icónicos. Su importancia cultural ya la decidirán el tiempo y la distancia.

La promoción de Patria, quizás no tanto sus autores, ha buscado situarla como LA serie sobre ETA. La producción de referencia que diga todo lo que hay que decir y se recuerde no como una forma de ficción sino como transunto de la realidad. Algo que muchos sectores aplican a su novela madre. Es complicado decir que lo ha conseguido. Igual de complicado es decir lo contrario, aunque se atreva el titular de este artículo.


Una factura técnica casi perfecta

Patria completa, como serie, a nivel técnico, se podría decir que no tiene fallos. Si se le han sacado punta a los giros melodramáticos del guión o a algunas evoluciones demasiado instantáneas del carácter de los personajes no es tanto por la torpeza en la ejecución como por el nivel de exigencia que se le puso. No solo la promoción de HBO o TeleCinco quería vender LA serie, muchos críticos y espectadores querían comprarla como tal y por eso le exigían la perfección.

Aún así, se trata de una serie con un guión más que notable, que adapta con fidelidad la novela mientras le lima algunas representaciones intragables en pantalla y aprovecha todos sus puntos fuertes dramáticos. La factura técnica es impecable, ya se ha dicho, y consolida un formato de serie de prestigio que hasta ahora escaseaba en nuestro mercado, cuyos éxitos estaban viniendo del petardazo POP estilo La casa de papel.

Las actuaciones de casi todo el elenco son de premio. Elena Irureta y Ana Gabarain, por supuesto, pero también Loreto Mauleón o Eneko Sagardoy, ambos con personajes que sobre el papel podían parecer agradecidos pero que eran complicadísimos de ejecutar a la hora de la verdad.

Patria ha cumplido de sobre otro de sus objetivos: ser tema de conversación. Ser una de esas series que «hay que ver». En ese sentido se revela como acertada la estrategia de estrenarla semanalmente en HBO y con una de retraso en TeleCinco, sacándola del nicho de la plataforma sin dejar de privilegiarla y manteniéndose de actualidad durante dos meses, en lugar de ser material de atracón de fin de semana y pasar rápido al olvido.

Lo ha sido tanto que se ha debatido de ella largo y tendido, con cada cuál intentando arrimar el ascua a su sardina, como es habitual. Aquí mismo la hemos usado para analizar la construcción de la imagen de marca de las plataformas como otros hayan querido ver en ella abstrusas conspiraciones. También ha servido para que en los grupos de whatsapp se discuta, medio en broma medio en serio, a qué partido vota cada personaje. Y que salga que, a día de hoy, todos al PNV.

 

Los trapos sucios se lavan en casapatria completa

El final de Patria, en cualquier caso, pretende establecer un relato político, y resulta muy difícil separar la evaluación de la serie de ese propósito. Se ha criticado, con razón, que Patria priorice lo doméstico frente a lo general eliminando el papel de la sociedad civil e incluso anclándose en un esencialismo de las costumbres que poco puede aportar frente al etnicismo que suele adornar a nacionalistas vascos o españoles.

En parte ese centrarse en lo doméstico responde a vaciar al relato de la épica que necesitó la política durante años. Se trataba, y aquí es donde Patria es innovadora –aunque no única ni pionera– de narrar el conflicto desde el día a día opresivo de las víctimas. Y una manifestación en Ermua o Alfredo Pérez Rubalcaba reuniéndose con mandos policiales para concretar estrategias son escenas demasiado cargadas de sentido, que solo con leerlas insinuadas en este texto ya acaban de soliviantar a algún lector.

Patria no quería eso. Ni el libro ni la serie, pues como ha revelado Aitor Gabilondo varias veces, fue la idea de las dos familias enfrentadas la que lo atrajo para adquirir los derechos sin haberla leído. En Patria no se trata de persecuciones policiales ni debates políticos. Eso queda para La línea invisible, Santuario o Negociador. Se trata de que te retiren la palabra en la carnicería.

Por otra parte es precisamente ese querer acercarse a la experiencia cotidiana y dolorosa de las víctimas lo que impide que Patria pueda establecer un discurso político más curativo y general. Porque en ocasiones ha rozado un maniqueísmo tanto más doloroso cuando la escena anterior exhibía sutileza, ternura o una verosimilitud absoluta en la representación de lo diario.

También, sabiendo que su texto de partida a veces demonizaba o trataba con excesiva condescendencia a unos personajes más que a otros, para intentar situarse en un centro imposible ha compensado como un mal árbitro en un partido de fútbol, expulsando a un jugador de cada equipo. Habría aportado más limar los rasgos más extremos de alguno de los caracteres del lado «malo» de la balanza que exagerar los que apuntaba el libro de otros. En cualquier caso, nada demasiado grave o que afecte a la credibilidad general.

Sabemos que una parte de la sociedad vasca no se reconoce en la representación de Patria precisamente por los peajes de verosimilitud que se han pagado por motivos comerciales y políticos. Que los personajes abertzales se pasen la vida hablando en castellano en la intimidad puede ser una convención aceptable, pero no si lo hacen con modismos euskaldunes en el uso de los verbos. Porque eso es hacer que los personajes «parezcan» vascos, no que lo «sean». Tengamos menos miedo a los subtítulos.

 

El abrazo de Patria

Pero es el problema del discurso emotivo. Evidentemente es imposible separar los sentimientos de lo que aquí se representa, de esa historia que Patria completa con el abrazo final. Sin embargo nunca desde las emociones descarnadas conseguiremos una conclusión general, un cierre social que ayude a proyectarnos hacia delante, puesto que siempre estarán teñidas del dolor, como prueban muchas reacciones a los giros del argumento.

De hecho, Bittori y Miren se miran, se abrazan y se despiden. Sabemos que los personajes no tienen tiempo de una reconciliación real, que la conexión apenas ha sido intergeneracional. Y además el tránsito emocional del personaje interpretado por Ane Gabaráin vuelve a parecer a marchas forzadas y empujado desde el melodrama por el personaje de Arantxa, dispositivo de chantaje emocional hacia el público también.

Por supuesto, pocas pegas pueden ponerse a una propuesta que apuesta por el perdón desde el reconocimiento del dolor de todos que hace esta serie, sin dejar, además, de colocar a los asesinos en su lugar aunque se apunte -tímida y torpemente- a los fallos del Estado de Derecho en la lucha antiterrorista. Solo faltaba. No se critica aquí el mensaje político de Patria -al menos no al completo- como su ejecución y su exceso de ambición al respecto.

En resumen, una serie notable, una gran producción que si no va a arrasar con todos los premios habidos y por haber es por el año tan lleno de competencia que le ha tocado. Que coloca a HBO como referencia en la producción española, unida a Escenario 0 y seguramente 30 monedas para mantener una media de calidad muy alta. Y que nos habla de un mercado español cada vez más exigente y con menos medio, aunque siga pidiendo prudencia en las conclusiones que se ofrecen.

Pero también es una serie que tardaremos aún un tiempo, el que lleve dejarla atrás y comprobar cómo la recordamos, en saber si ha alcanzado su muy complicado objetivo de ser LA serie.

 

Jose A Cano (@caniferus)

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