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Padre no hay más que uno: cómo independizarse de Torrente
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Santiago Segura se independiza definitivamente de Torrente. Hace poco más de un año se escabullía por primera vez de los largos tentáculos del brazo tonto de la ley con una comedia de corte diferente (Sin rodeos), más sutil y clásica, y con una historia de pretendido empoderamiento femenino protagonizada por una mujer de 40 años. Ahora, en su segunda y efectiva película fuera de la caja (Padre no hay más que uno), completa el giro de negación del personaje que le dio la fama: del gamberrismo a una comedia familiar al 100%, que esta vez gira alrededor de los roles masculinos en tiempos de feminismo.

Después de 20 años con la marca de siempre en la camiseta, llegan dos filmes muy seguidos -dos remakes latinoamericanos a la española- con unas temáticas y tonos a las antípodas del famoso policía facha. Es como si Segura sintiera la necesidad de alejarse lo más rápido posible de lo que se puede esperar de él en el imaginario de los españoles. Por convencimiento, aburrimiento, incomprensión de lo que busca con Torrente, o por puro olfato comercial para estos tiempos, el de Carabanchel prefiere presentarse ahora vistiendo una estampa nueva. Una ancha, cómoda, que sabe por oficio cómo vestir.

Padre no hay más que uno es la confirmación de que Segura se maneja adaptando una historia que no es suya (esto es un remake de una película argentina), descaradamente hecha con un molde básico, pero acompañada por un humor que sí conecta con realidades y sensibilidades actuales españolas. Si en Sin rodeos la reflexión principal era sobre el funcionamiento del trabajo o las redes sociales, centrándose en el papel de las mujeres, en esta la primera crítica es hacia dentro (el núcleo familiar), cuestionando el rol de los hombres. El propósito es ridiculizar el arquetipo de padre «cuñado» y ponerlo frente un espejo. La película ahí cumple, y a eso le añade una falta de complejos en su alma ligera y comercial, lo que acaba de decantar la balanza a su favor.

Para conseguir una historia -y seguramente también por no meter la pata- que se ría bien del machismo intrafamiliar es clave que en estas dos películas se haya incorporado una mirada femenina. Marta González de Vega, guionista y cómica, ha coescrito con Segura tanto Padre no hay más que uno como Sin rodeos. La mano de González de Vega, experta en hacer comedia y literatura sobre estos temas, se nota en lo atinadas que son, por sencillas y evidentes, algunas situaciones sobre esa ausencia masculina en las labores de cuidados.

La escritura directa de González de Vega aporta ese punto extra a la que sólo la posible autocrítica de Segura no habría llegado. Si no se señala con el dedo desde fuera no se habría creado la complicidad necesaria con esa carga femenina que interpela directamente a los hombres y puede identificar a las mujeres. El reto era sintetizar de forma gráfica esa desigualdad y hacerla comedia (más blanca que irreverente, también hay que decirlo) a través de situaciones arquetípicas y normalizadas. Es el esquema básico, pero tampoco tan fácil de conseguir, en el que Padre no hay más que uno sabe moverse.

Aunque la construcción inicial de ese padre tan común es demasiado repetitiva, Segura aguanta el tirón, y se suelta más adelante cuando el foco de la historia se centra en lo más complicado: los niños. Las situaciones e interacciones que mantiene el padre con ellos es lo que mejor funciona a nivel cómico y es donde el ritmo de la película llega al punto que más le conviene. Las interpretaciones de los más pequeños tienen sus altos y bajos, pero cumplen en general en dar frescura y dinamismo.

Padre no hay más que uno discurre de forma sencilla, esperable y lo suficientemente blanca como para atraer a todo el mundo. Con las dosis de buenrollismo y crítica que mejor le vienen para llamar la atención pero tampoco profundizar demasiado, la película tiene todo lo que hay que tener -sobre todo la distribución de una major como Sony- para ser gran candidata a pelotazo español de taquilla en agosto. O si no, la excursión fuera de Casa Torrente puede durar menos de lo que quizá le gustaría a Segura.

 

Arturo Tena (@artena_)

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