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Noviembre: la inocencia sobreexplicada de Achero Mañas
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Pocas irrupciones ha habido en el cine español tan sorprendentes como la de El bola en el 2000. El duro debut de Achero Mañas como director concentró mucha atención aquel año, convirtiéndose en un fenómeno de impacto en la cartelera y la gran triunfadora de los Goya de 2001 junto a You’re the one (Una historia de entonces) de Garci. Este éxito permitió a Mañas hacer realidad el proyecto que había escrito antes de rodar El bola: se llamaba Noviembre. Formalmente muy diferente a su sobria primera película, Mañas firmó en 2003 un homenaje al arte comprometido que, pese a sus cualidades y buenas intenciones, contiene unos problemas sistémicos que lastran demasiado el conjunto.

El responsable de Todo lo que tu quieras cuenta la historia de Alfredo (Óscar Jaenada), un joven que sale de Murcia y llega a Madrid para hacer las pruebas de interpretación en la prestigiosa Escuela RESAD. Pero los verdaderos planes de Alfredo son otros; quiere crear un grupo de teatro libre, a través de performances no convencionales, improvisadas y en la calle. Él y sus compañeros montan el grupo Noviembre, y empiezan a revolucionar las calles madrileñas con sus actuaciones. En este contexto de creación se concentra todo lo bueno de la película: la espontaneidad, la rebeldía y la emoción de creer en un arte diferente con firmeza.

Ese idealismo lanzado tiene una gran potencia y seduce, principalmente por la construcción del personaje protagonista, interpretado por Óscar Jaenada con una energía y arrojo fundamentales, y también por la manera en la que se han ideado y rodado las performances teatrales, escenas reales en la calle. Este esfuerzo en el diseño de producción va en sintonía con el propio espíritu libre e improvisado del grupo, lo que da carácter a la película. Esto es lo que empuja la visión romántica de Mañas y eleva la intensidad de varias secuencias de Noviembre.

El principal problema está en la estructura general, de falso documental. La elección de Mañas de ir sujetando la historia a través de los futuros testimonios de los protagonistas ya envejecidos evidencia una incapacidad para desarrollar una narración cinematográfica consistente. Mañas tiene que continuar el relato principal, enriquecerlo y explicarlo a través de los recuerdos de sus personajes. En algunos casos simplemente sobreexplican algo que ya conocíamos, y en otros rellenan huecos y mensajes de un guion que, según el propio Mañas, fue construyéndose sobre la marcha.

Lo que podría haberse sugerido, expresado en sus imágenes, tiene que venir alguien a decírtelo directamente. Toda la sensación desenvuelta y natural de lo que hace el grupo queda lamentablemente impregnada por este hilo acartonado. Este contraste hace todavía más evidente que el falso documental es un recurso improvisado, y no un código que aporte significado o cuerpo justificado a la película. La ingenuidad de Noviembre, a priori aceptable, se torna así en un discurso demasiado obvio y poco creíble que afecta luego a todas las escenas. Incluso lo meten en el final con una cita.

Achero Mañas buscaba realizar un homenaje al arte, defender el valor de la pasión por las propias ideas en un mundo en el que las personas parecen ya no creer en nada. Las ideologías y la voluntad de cambiar las cosas han desaparecido; el teatro, el cine y toda expresión artística lo sufren irremediablemente en nuestros días, nos dice el director. Lo malo es que la voluntad de querer expresar esta interesante idea a toda costa, en todo momento, de forma explícita, le pasa una mala jugada. Se desactiva todo el carácter de un personaje como Alfredo, que encarna bien ese mensaje, por un armazón banal que es innecesario si cuentas con una historia que se expresa en el subtexto. Una pena para una película inocente que se merece menos indulgencia.

 

Arturo Tena @artena_

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