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Nasdrovia: Soy oficialmente un cliché
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Nasdrovia: Soy oficialmente un cliché

La comedia de Movistar+ tiene algunos momentos brillantes, pero en general no pasa de entretenida y no acaba de acertar con el tono

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Edurne y Julián son dos abogados, socios y expareja, que pasan a la vez la crisis de los 40. En una fiesta conocen a Frankie, un chef especializado en comida rusa, y deciden ayudarlo a financiar su sueño de un restaurante ruso en el centro de Madrid. Lo que no esperaban era acabar convertidos en un lugar de reunión de la mafia y siendo arrastrados poco a poco dentro de su mundo.

Nasdrovia pretende ser una comedia negra pero de vez en cuando no se decide si tiene más ganas de parodiar a dos pijos en crisis -sobre todo al personaje de Leonor Watling, el de Hugo Silva se desdibuja más- o a la mafia rusa. Tiene algunos momentos brillantes, pero se pierden entre gags más previsibles o ramplones, o en la acumulación de guiños POP que no acaban de encajar.

Nasdrovia

Obviamente está bien hecha. No molesta. Tiene grandes nombres en el reparto -Bermejo y Silva tienen más vis cómica que Watling, pero en general todos bien- y en la dirección -en esta casa somos muy de Marc Vigil. Hay una inversión detrás. Pero todo deja la sensación de propuesta sin cuajar.



Juega a su favor la duración: seis episodios de media hora que tanto a ritmo machete como en píldoras se ven sin agobios y fluyen con facilidad. Otra cosa es que en ese interín pase a darnos un poco igual lo que ocurre en pantalla o que algunos chistes nos saquen de lo que estamos viendo aunque en la secuencia anterior hubiésemos aplaudido con las orejas.

Desde aquí, spoiler como para llenar la Plaza Roja de Moscú.

 

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En Nasdrovia hace un cameo muy breve el periodista Manuel Jabois. No llega ni a tener diálogo. El personaje de Leonor Watling fantasea con encontrárselo en un bar, que la acompañe a casa, le lea uno de sus libros en voz alta y luego le coma el coño. Si usted considera que esto como fantasía sexual es creíble, le parece gracioso y, de hecho, sabe quién es Jabois y considera su presencia relevante, quizás Nasdrovia sea para usted. Si falla alguna de las anteriores, es posible que no.

Este dato, que el periodista de El País es el sueño húmedo de Edurne (Watling) lo sabemos porque ella es nuestro personaje-punto de vista la mayor parte de la serie, rompiendo habitualmente la cuarta pared al estilo, presuntamente, de Fleabag o House of Cards (y de muchas más series o películas, pero son los referentes más recientes). Solo que es un recurso que a veces usan bien, dando contexto y presentando situaciones de manera graciosa, y otras simplemente subraya lo que los propios diálogos o la actuación de Watling hacían evidente, sin aportar mucho. Ni siquiera las escenas «fantásticas» tipo Scrubs acaban de entrar siempre bien.

Hay escenas en que nos despegamos de Edurne, aunque se suponga todo el tiempo que narra ella, y vemos a Frankie (Luis Bermejo) y sobre todo a Julián (Hugo Silva) en acción. Lo curioso es como este último y su relación con Edurne prácticamente están sin explicar, algo que podría dar un poco igual y considerarlo a él un Sancho en la crisis de los cuarenta quijotesca de su exmujer si no fuese porque sus presuntos celos tienen que ser fuente de algunos gags y por una «reconciliación» casi al final que nos quiere mostrar la fragilidad emocional de ambos pero carece de impacto porque no sabemos apenas nada de su relación.

 

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La cuestión con Nasdrovia es… ¿a dónde va esto? Porque no es una comedia lo suficientemente loca y absurda como para justificarse por sí misma y en sus dos patas, la de humillar a dos abogados pijos en plena crisis existencial y la de parodiar a la mafia rusa, pega bandazos sin acabar de compactarlas. En Cine con Ñ estamos a favor de hacer la mamarracha y del sexo oral en los baños de los karaokes, pero pedimos que nos lo sirvan todo orgánico para que no nos saque de la serie y nos deje de hacer gracia.

Como burla de la crisis de los 40 y de un determinado perfil de burguesía urbanita de esta España suya, esta España nuestra, podría funcionar si se toman solo el primer capítulo y el último y algunos discursos a cámara de Watling -que le pone ganas, pero el guión no ayuda-. Al fin y al cabo, en su intento de escapar de los clientes corruptos y la absurda vida de abogados billetosos los protagonistas acaban encerrados en otro submundo igual de sórdido pero aún más peligroso. Este viaje, junto a ausencia de evolución de Edurne, tan débil y falta conciencia como al principio, lo subraya su pregunta final: «¿Se podía decir que no?».

Porque también está Boris, el jefe de la rama española de la mafía rusa y aspirante a gran capo de todo el entramado europeo como heredero de su padre. Un Boris que ha reprimido una parte de su vida para ser un mafioso convincente a lo Promesas del Este que empezará a mostrar a Julián y Edurne conforme avance la serie. El personaje se reivindica en la reunión final de la mafia compareciendo ante ellos… ¿travestido? ¿asumiendo su condición de persona trasgénero? No se aclara, y precisamente por eso no está claro si un mafioso con vestido de señora noqueando a su hermano en una cena es una parodia de Los intocables de Eliot Ness o Chacal… o es otra cosa.

Es decir, la parodia de la mafia rusa con la escena del vagón silencioso en el tren o los matones discutiendo si para meterle a alguien una manguera por el culo se deja abierta o se espera a que este inserta para darle al agua, eso bien. O muy bien. Pero cuando Tolstoi está torcido, o nos despeñamos directamente al humor absurdo o aclaramos lo que intentábamos hacer aunque sea de nuevo con Watling mirando a cámara, porque si no es muy fácil que parezca un sketch de Martes y Trece. Y probablemente los lectores de Manuel Jabois a Yuste y Millán solo se atrevan a reivindicarlos desde la distancia irónica.

 

Jose A Cano (@caniferus)

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