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Narcoficción española: hijos de ‘Fariña’
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Narcoficción española: hijos de ‘Fariña’

El género es puramente latinoamericano, pero en España ha tenido una evolución que nació con el remake 'Sin tetas no hay paraíso' y llega hasta polémicos documentales como 'La Línea: la sombra del narco'

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La narcoficción es un género nacido en América Latina, donde países como México o Colombia han retratado desde numerosos ángulos las dolorosas experiencias que ha supuesto el narcotráfico para sus comunidades. En el primero el narco da para películas, series de televisión, novelas, radionovelas, fotonovelas y hasta géneros musicales. En el segundo es el denominador común de sus ficciones de más éxito local e internacional de los últimos 20 años. También en los dos es elemento clave, inevitable, del debate político. Esto último en España, incluso con pruebas mediante, quizás no tanto.

En ambos países hermanos del otro del mar, por cierto, se ha discutido ampliamente sobre si los culebrones con asesinos del narco como protagonistas no los romantizan y suavizan su imagen ante la opinión pública. Si, en fin, que los propios criminales convictos quieran verse retratados en dichas series no dice algo ya sobre el enfoque de las mismas

 

Sin pobres no hay culebrón

Narcoficción

La serie pionera en España fue, por tanto, un remake, Sin tetas no hay paraíso, traslación cañí de Sin pechos no hay paraíso. Y era una muy buena serie. Denostada por tener éxito, que es un vicio como otro cualquiera. Pero bien rodada, bien escrita y muy bien actuada dentro de su género: el culebrón de acción. Lo que chirriaba más era el traslado a España de la premisa, que en el contexto colombiano sí resultaba brutal. Recuerden: chicas que quieren ponerse tetas para poder prostituirse y que un narco las saque de pobres. Ni a un híbrido entre José Antonio de la Loma y Fernando León de Aranoa se le ocurriría ese punto de partida.

Un elemento fundamental que la narcoficción mexicana o colombiana nunca hurtan porque es troncal al fenómeno en sí: la clase social. El narco es la única vía para desclasarse que encuentran cientos, si no miles, de jóvenes en América Latina. Y actúan en consecuencia. En España, por razones varias que van desde la percepción del público objetivo hasta la cobardía empresarial, es una clave que se obvia o se filtra hacia el culebrón.

Es verdad a este lado del Atlántico, al menos, el narco rara vez es el héroe, por guapo que sea. Exceptuando a El Duque de Miguel Ángel Silvestre, pocos traficantes se libran de ser condenados explícitamente en la ficción de la que son protagonistas. El Faruq de Rubén Cortada en El Príncipe o el Malpica de Javier Rey en Hache son personajes claramente negativos, aunque con aristas. Curiosamente, repitiendo actor, el que se salva es Sito Miñanco en la ficcionalización de Fariña, donde a pesar de ser ‘el malo’ es retratado como alguien humano y con razones entendibles para hacer lo que hace.

Excluiríamos de esta narcoficción ibérica, la verdad, a la producción ochentera y noventera sobre el mundo de la heroína o el tráfico de drogas por la sencilla razón de que el traficante y su circunstancias son accesorios. Allí al que vemos es al yonqui o al pequeño delincuente que no pasa del menudeo, y hay un género reciamente ibérico para eso que se llama cine quinqui. 

 

Fariña

La serie basada en el libro de Nacho Carretero tiene una ventaja sobre el resto que ya hemos mencionado alguna vez: no necesita ser verosímil porque está basada en hechos reales. Sito Miñanco existió, Laureano Oubiña existió, los ‘Charlines’ vaya que si existieron y el público está harto de leer sobre ellos en el periódico o escuchar sus nombres abrir el telediario. Se va a comer lo que le cuenten porque la serie está basada en un trabajo periodístico. Estará resumida o dramatizada, pero se inventa poco.

Es decir, Fariña puede entrar a saco y recoger del libro que mandatarios del PP gallego y la Xunta presidida por Fraga se reunieron con Terito y otros capos del contrabando porque lo dicen el libro y hasta algún documento policial. Pero si Vivir sin permiso o El Príncipe se quisiesen meter en ese berenjenal tendrían que optar por otras tácticas.

Se atrevió Crematorio, hasta ahora la única serie española que se ha rebozado sin miedo en la estructura de la corrupción, eso sí, dulficando mucho el libro de Rafael Chirbes. De hecho se pasa de puntillas o se evita directamente que la principal función que cumple la corrupción urbanística que fomenta Rubén Bertomeu, el personaje magistralmente interpretado por Pepe Sancho, es blanquear dinero del tráfico de drogas y de armas de sus socios americanos o del Este. 

Vivir sin permiso, una década después, es, decepcionantemente, mucho más cobarde. Tiró por el retrete todas las oportunidades que planteaba en sus magníficos primeros episodios o que suponía el relato de Manuel Rivas en el que se inspiraba. El entramado económico y político de empresas que utiliza el personaje de Nemo Bandeira (José Coronado) y la necesidad de contar siempre con su secretario Mario Mendoza (Álex González), los alcaldes comprados, la amenaza que suponía el incipiente En Marea con Alejandro (Ricardo Gómez) como candidato por no estar dentro de los círculos habituales de poder… todo desperdiciado en aras de un culebrón que rozó el ridículo por momentos a pesar de la buena factura técnica y el reparto casi inmejorable.

Lo mismo para El Príncipe, donde la subtrama amorosa del agente del CNI y la hermana del traficante se lo come todo, algo que no ocurriría en ninguna narcoficción al otro lado, ni siquiera en Sin tetas no hay paraíso. Ni ahora en las producciones patrias directamente para streaming. Pero en las antes se conocía como «las cadenas privadas» las –presuntas–  audiencias mandan.

 

Drogas de otra época

Juegan en otra liga Brigada Costa del Sol y Hache: la de no estar ambientadas en la actualidad. La primera, en los 70 de la naciente democracia, no es que dramatice, es que convierte en ensalada de hostias POP la historia de la primera unidad policial especializada en la persecución del narcotráfico en la historia de España. Ya hablamos de ella en esta santa casa y la pusimos por las nubes por ello: el elemento de clase social es troncal al argumento y no hay ningún problema en conectar el negocio de la droga con la corrupción política o el terrorismo, en este caso de extrema derecha.

Hache, por su parte, aunque tenga sinopsis de culebrón funciona más como drama de época y tampoco tiene miedo a relacionar las autoridades corruptas del Franquismo con los traficantes. Ambientada en la Barcelona de los 60 donde la heroína y la cocaína empiezan a campar a sus anchas, la protagonista Hache (Adriana Ugarte) es la esposa de un sindicalista encarcelado que se ve obligada a prostituirse y acaba primero en el consumo y luego en el tráfico porque son las únicas vías de escape que le dejan el contexto social y político. Hache no está enamorada perdidamente de Malpica. Tampoco de su marido. Simplemente sobrevive con las herramientas a su alcance.

En ambas los socios son más «exóticos» que Colombia, convertida por la acción del gringo en el epicentro del tráfico global si hacemos caso a la ficción pero solo un foco más en un mundo, bueno, en fin, que está como está por lo que está. En Brigada Costa del Sol los futuros financiadores de la corrupción malagueña tienen que «bajarse al moro» a buscar socios, mientras que los «amigos» de Malpica son italianos.

En cualquier caso ambas series se centran más en recrear las épocas en las que se ambientan de una forma atractiva –más desenfadada la Brigada, más dramática Hache– que en describir minuciosamente el mundo del narco y sus consecuencias, aunque ambas estén entreveradas de serie de crítica social y política. De hace más de 50 años, eso sí.

 

En la línea de lo verídico

Igualmente en el Estrecho de Gibraltar se ambienta El niño, largometraje de 2014 dirigido por Daniel Monzón y protagonizado por Jesús Castro, otro narco de belleza arrebatadora –que en Brigada Costa del Sol hará de pestañí, cambiándose de acera, ejem- que atrae a la niñas por ser malote pero tierno, como El Duque, Faruq, Malpica y el Sito Miñanco televisivo. La ficción española no encumbra al narco, pero algo encumbra, eso está claro.

La Línea ha sido extrañamente ignorada por la ficción patria en este sentido, a pesar de su peso real en el problema. Este septiembre llegó el estreno del documental La Línea: la sombra del narco y al final fue más conocido por la polémica, probablemente necesaria, entorno a la imagen del Campo de Gibraltar, que por las implicaciones políticas de lo que allí se contaba.

¿Existe una forma no amarillista de abordar el tema, desde el documental o desde la ficción? La narcoficción española no se pone de acuerdo consigo mismo, más allá de Fariña. Si la serie creada con mayores aspiraciones de producto de prestigio, como fue Crematorio, decidió dejar de lado ese subargumento como menor en el momento que más necesario habría sido, aunque se subrayase en el libro, ¿a qué podemos aspirar?

En 2019 se estrenó Quien a hierro mata, de Paco Plaza, que en lugar de usar el narco como excusa para contar un thriller, como no deja de ser habitual, usa el thriller para hablar de la penetración en la sociedad gallega de la corrupción del narco y sus consecuencias. Que es para lo que sirve el género también, aparte de para pasárselo bien. En fin, lo que prometió, una vez más, Vivir sin permiso, y no fue capaz de cumplir.

No hay una The Wire española ni falta que hace, aunque muy bien podía haberlo sido La unidad de tener otros villanos. Tampoco hay, ni habrá ni debe haber, un Narcos. Y por supuesto sería ridículo, a estas alturas, repetir la jugada del remake como en Sin tetas no hay paraíso. Pero puede haber algo mejor, algo a punto de cuajar, con un poco de Crematorio, otro de Vivir sin permiso, el sentido del humor de Brigada Costa del Sol y, por qué no, la capacidad de enganche de Sin tetas... Porque al final esto es cuestión de plata o plomo.

 

Jose A. Cano (@caniferus)

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