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My mexican bretzel: Esto no es una película
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Rene Magritte jugó con la forma y el concepto en su famoso cuadro que rezaba que “esto no es una pipa”, sino “la representación de una pipa”. En My mexican bretzel, la debutante en el largometraje Nuria Giménez Lorang echa mano de un amplio material de archivo “encontrado” para jugar también con la realidad y la ficción, con lo que es y lo que parece ser. Si se quiere disfrutar por primera vez de una de las mejores películas de este año, lo mejor es dejar de leer aquí y llegar a la sala de cine lo menos informado posible sobre lo que se va a presenciar con el fin de vivir la experiencia de una manera más completa.

A través de grabaciones en 16 mm y Súper 8 de una pareja, Lorang narra la vida de un matrimonio aparentemente feliz, próspero, con capacidad para moverse por la Europa y el mundo occidental de la segunda mitad de siglo XX sin preocupación alguna. Sin embargo, los subtítulos que incluye la directora en sustitución de los diálogos, combinados acertadamente con los fotogramas seleccionados, van descubriendo una realidad que poco tiene que ver con la felicidad y que entra progresivamente en el campo del melodrama.

My mexican bretzel: Esto no es una película

Las imágenes, pese a haberse rodado con una intención casera y para nada divulgativa, son realmente llamativas por su carácter testimonial y por lo estético de la mayoría de los encuadres. Sin darnos cuenta, parece que se rodaran hace medio siglo para ser disfrutadas a día de hoy en este “documental” que ha despertado elogios y entusiasmado en un gran número de festivales, ganando primero en el Festival de Gijón y el Premio del Público en el D’A Film Festival.

Todo lo que se pueda decir de esta obra no le hace justicia. El verdadero disfrute se produce en el momento de verla. A través del montaje del citado metraje y con el acompañamiento de los subtítulos que van construyendo la “trama”, My mexican bretzel se desarrolla prácticamente en silencio, con apenas efectos sonoros de ciertas actividades que se nos muestran. El compartir esta falta de sonido con otras personas, que desde la sala oscura del cine pueden llegar a sentir el rumor de otros espectadores mientras se vive la película, justifica totalmente la experiencia cinematográfica y la necesidad de verla en pantalla grande. No es necesario que una superproducción veraniega como Tenet intente dar razones al público para que vuelva a las salas: el visionado tan especial que nos brinda la cinta de Lorang es una razón de peso para hacerlo.

Hablar de “documental”, “trama” o “película” pueden servir para situar al potencial espectador ante lo que va a ver, pero no se ajusta exactamente a lo que nos ofrece My mexican bretzel. Independientemente de la verdadera naturaleza de las imágenes del film, el espectador sigue los derroteros de Vivian Barrett sin hacerse más preguntas, observando que no es oro todo lo que reluce y constatando que también hay dificultades en el paraíso. El darnos cuenta a posteriori de dónde viene este material “encontrado” y qué es realmente lo que hemos visto no hace más que engrandecer la experiencia y rendirnos a la forma en la que está planteada y es decodificada por el público.

My mexican bretzel: Esto no es una película

Sin embargo, tiene entidad propia independientemente del truco de prestidigitador que se realiza con las imágenes y la reflexión sobre la narrativa que subyace a lo largo del metraje. Lo que en un principio tiene (o se filmó) una intención o significado, pasa a ser reelaborado gracias a la mirada de la directora, que convierte el discurso original en un diario íntimo de Vivian, quien narra sus sentimientos desde un punto de vista femenino en una sociedad que entonces (y en parte también ahora) no solía escucharlo.

Es el pensamiento -escrito y visual- de una protagonista que nunca estuvo allí. Al igual que hacía el personaje de Albert Finney / Ewan McGregor en Big Fish (2003), muchas veces “la mentira es otra forma de contar la verdad”, como afirma al inicio My mexican bretzel referenciando al “autor” Paravadin Kanvar Kharjappali, cuyo “libro” seguramente muchos quieran comprar tras ver la película… si pueden.

Aquellos que estén acostumbrados a ver un gran número de películas o productos audiovisuales, como es el caso de quien suscribe estas líneas, encontrarán en My mexican bretzel una forma diferente de plantear una historia. Podrán refrescar una mirada que no estaba encontrando un gran número de alicientes a lo largo de este extraño 2020. Una de las últimas frases del film hace referencia a la “falta de sentido” de todo lo vivido, que en este caso es sinónimo de lo visto. Esas líneas quizás puedan aplicarse también a este escrito, en el que he querido ser fiel a la experiencia que plantea la directora, revelando lo mínimo pero intentando transmitir que estamos ante una película de máximos. No se la pierdan.

 

Jorge Dolz (@j_dolz)

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