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Muerte de un ciclista: razones de una obra maestra
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Muerte de un ciclista (1955) es uno de los grandes clásicos de la  historia del cine español. Por buenas razones. Esta coproducción ítalo-española, que triunfó en su estreno en Cannes alzándose con el Premio de la Crítica Internacional, debió sortear el escollo de la censura por un argumento que ponía en el punto de mira el estatus adquirido por la alta burguesía tras la Guerra Civil Española. Además del retrato sociopolítico que está en la base de la cinta, la película incide en la falsa conciencia de un régimen castrado a nivel moral y con la sombra alargada de una guerra todavía demasiado presente.

A partir de un argumento de Luis Fernando de Igoa, Juan Antonio Bardem escribe este interesante drama en torno a una pareja de amantes que se verá envuelta en un complejo dilema moral tras matar accidentalmente a un ciclista en la carretera mientras regresan de una de sus escapadas clandestinas fuera de la ciudad. Ante el temor de que salte a la luz su aventura, deciden huir del lugar del siniestro. Desde el comienzo se pone de manifiesto la actitud egoísta de esas personas que ponen su posición y reputación social por encima de la justicia. A pesar de todo, este incidente supondrá el comienzo de un descenso al infierno obsesivo y audodestructivo que culminará de manera trágica.

Todo el peso dramático recae en esta dupla protagonista interpretada por Alberto Closas, en el papel de Juan Fernández, un profesor universitario que vive bajo el auspicio de su influyente cuñado,  y por Lucía Bosé, que se pone en la piel de María José de Castro, una joven casada con el ingeniero Miguel Castro (Otello Toso). Desde que Bardem comprase los derechos sobre la historia, estuvo obsesionado con contar con la recién fallecida Lucía Bosé para el papel principal, a la que había visto en la opera prima de Michelangelo Antonioni, Crónica de un amor (Cronaca di un amore, 1950), una película que está muy presente también desde el punto de vista argumental en el guion del filme.

Lucía Bosé y Alberto Closas en un fotograma de la película

Muerte de un ciclista supuso la primera aparición de la actriz italiana en el cine español, además de proporcionarle la posibilidad de conocer durante su estancia en España al torero Luis Miguel Dominguín, con el que terminó casándose. En un papel, sin duda, hecho a medida, Lucía Bosé da vida a una suerte de femme fatale castiza, una mujer que en su deseo de libertad y autonomía frente a unos códigos sociales anclados en el pasado, terminará por sucumbir en los más crueles impulsos de la naturaleza humana.

Desde el punto de vista narrativo, la película está sustentada en los diferentes puntos de vista de sus protagonistas, donde lo sugerido más que lo explícito juega un papel predominante. Bardem juega en todo momento con el espectador para hacerle partícipe de esa angustia y paranoia en la que, poco a poco, van cayendo los protagonistas. En este sentido, es fundamental la figura de Rafael Sandoval (Carlos Casaravilla), crítico de arte cercano al círculo social de ambos, que pondrá a prueba a la pareja de amantes haciéndoles saber que es conocedor de su situación. Ante este panorama, mientras Juan empieza a sucumbir frente a los remordimientos, María José no termina de comprender el alcance de lo que han hecho.

A través de un concienzudo montaje, en el que se encadenan distintas secuencias a través de planos interconectados, Bardem juega continuamente con los contrastes en varios niveles. En el plano social, es muy bueno ese montaje paralelo en el que Juan visita a la humilde familia del ciclista muerto en un pueblo donde todavía son evidentes los estragos de la guerra, mientras María José asiste como invitada a una boda. La pobreza frente a la abundancia; las auténticas víctimas de una guerra frente a aquellos que se autoproclamaron vencedores.

Alberto Closas, de visita, en ‘Muerte de un ciclista’ 

En el plano personal, a medida que el filme avanza se irán haciendo más distantes la posición de los dos protagonista frente al crimen que cometieron. Mientras la vida de Juan se tambalea irremediablemente y es incapaz de ahogar los fantasmas que le asolan, María José solo lucha por salvar su posición. La culpa frente a la supervivencia; la obligación moral frente a las convenciones sociales.

La película irá tomando un cariz fatalista. Como si de una tragedia griega se tratara, los protagonistas parecen estar predestinados a pagar por los imperdonables errores del pasado. En una magistral secuencia, en el mismo lugar donde mataron al ciclista y se desencadenó la historia, en medio de un paisaje desolado e invernal, a lado de ese árbol sin hojas que preconiza la muerte, Juan se pierde en un monólogo de tintes existencialistas sobre la guerra, esa que hizo que sus vidas se separasen irremediablemente.

El personaje de Closas, de espaldas, en el filme

Pero María José tratará de impedir por todos los medios que Juan termine confesando el crimen, aunque esto le lleve a tomar la más cruel de las decisiones: matar a Juan, antes de que ella misma se precipite al abismo de la fatalidad. Un eterno retorno trágico donde muchos ven la mano de la cesura española en su deseo de purgar una actitud moralmente reprobable (el adulterio, no tanto el asesinato) para esa época, más que la acción de la justicia cósmica.

Muerte de un ciclista, encumbró a nivel internacional a Juan Antonio Bardem, un cineasta que fue valiente a la hora de llevar esta historia tan atrevida a la gran pantalla, y que le acarreó serios problemas a la hora de rodar sus siguientes trabajos. Al igual que su siguiente filme, Calle Mayor (1956), la obra maestra del director madrileño rezuma desasosiego y pesadumbre ante esa España plomiza, como los nubarrones que sobrevuelan en torno a los protagonistas durante toda la película, que tardaría muchos años en ver la luz.

 

Adolfo Monje Justo (@adolfo_monje)

Muerte de un ciclista está disponible online en Flixolé

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