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Meseta: valiente paseo por territorio fantasma
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La crisis provocada por la pandemia de la Covid-19 ha vuelto a poner en valor lo rural como una suerte de paraíso perdido al que muchos sueñan con volver, una arcadia donde el tiempo parece haberse detenido y los días transcurren bajo el ritmo que impone la naturaleza. En Meseta (2019), el joven realizador Juan Palacios pretende desmitificar lo bucólico de la vida en esa España vacía tan presente (y siempre tan ausente) en los medios de comunicación durante los últimos años. Y lo hace mediante un documental muy personal, un trabajo que aúna valentía y autenticidad.

Alejado de convencionalismos, Juan Palacios utiliza con sinuosidad la cámara para hacernos un retrato que mezcla momentos poéticos con testimonios costumbristas en un cóctel que no deja indiferente. Sin una aparente línea argumental, la película nos ofrece un vagabundeo por aquellos lugares por donde todavía podemos encontrar vestigios de una vida a punto de extinguirse. En ese periplo por calles vacías y agónicos campos castellanos nos acompañan, como personajes de un tiempo pretérito, aquellos habitantes que resisten encomiablemente a la soledad, a sabiendas que constituyen el último reducto de una existencia condenada al olvido.

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Con la única banda sonora de las chicharras veraniegas, el balar de las ovejas, la voz chillona del pescadero ambulante y el resonar de los aviones que sobrevuela la vasta meseta, penetramos en ese «territorio fantasma» donde los senderos van perdiendo sus huellas y los campos abandonados hace tiempo que han sido recuperados por la maleza. Entre ellos juegan dos niñas, que aburridas de buscar pokémon, se dedican a rememorar viejas leyendas, niñas que en el fondo representan el último custodio de la memoria de un pueblo que no tardarán en abandonar.

El contrapunto lo ponen esos ancianos, que, marcados en el rostro por hondas arrugas, rememoran la dura juventud en el campo o se duermen todas las noches contando las casas vacías que abundan en el pueblo. Un pueblo que nunca más resurgirá y cuyos habitantes no son más que esos espectros en que se convertirán en un futuro no muy lejano.

Meseta no trata de denunciar el olvido al que durante décadas ha sido condenado el mundo rural por las diferentes instituciones. Lo único que pretende es constatar una realidad triste y rotunda: la progresiva desaparición de centenares de pueblos en España. Ese desasosiego que a veces trasmite se rompe con la aparición de personajes pintorescos que rozan, en algunos casos, lo grotesco.

El pescador que nos relata sus aventuras amorosas en redes sociales mientras tira la caña (menuda metáfora), los dos agricultores que se fotografían con el burro, el dúo musical que construyó el monumento al camionero, que parecen una parodia de otro tiempo. Figuras esperpénticas de un mundo condenado al ostracismo, que sueñan con viajar al Caribe al lado de su rebaño pero que lo más parecido al mar que sentirán es el sonido de los coches pasando por la autovía cual rumor lejano de una ola.

El retrato sosegado de esta España vacía demanda un ritmo narrativo lento, a veces exasperante. El mundo en Meseta parece haberse detenido. Pronto, ese pueblo que inmortaliza Jesús Palacios a través de un trabajo de fotografía encomiable solo será una mancha intuida desde la vista de pájaro de un avión, un motivo repetido durante toda la película.

El vuelo solitario del avión (símbolo de la libertad) al que mira el pastor al comienzo del documental, no es más que el único reflejo del progreso que los habitantes del pueblo atisban a ver, personas que apegadas a la tierra que los vio nacer no conciben más mundo que el que los rodea, ese condenado a la inminente desaparición.

 

Adolfo Monje Justo (@adolfo_monje)

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