Estás leyendo:
Aute y el cine: un artista en continuo aprendizaje
10 min

Aute y el cine: un artista en continuo aprendizaje

Luis Eduardo Aute y el cine tuvieron una larga e interesante relación a lo largo de la carrera del artista: 'Un perro llamado dolor', ''Vincent y el giraluna' o el reciente documental 'Aute Retrato'

aute-y-el-cine-cine-con-ñ

La pasión que Luis Eduardo Aute profesaba por el cine quedó reflejada en esa canción nostálgica en la que fantaseaba con la suerte que hubiera corrido Antoine Doinel, protagonista de Los cuatrocientos golpes (François Truffaut, 1959), una vez llegado a ese “mar que parecía más un paredón”. Todo mientras recordaba aquellos años en París (“olas viejas con resaca de la nouvelle vague”), ciudad a la que llegó huyendo tras su intento frustrado de estudiar arquitectura y que, a la postre, le trastocaría su percepción como artista al descubrir en ella otra realidad fuera de la represión y la censura creativa de la España franquista.

En ‘Cine, cine’(1984) se desprende el amor por una disciplina a la que este artista polifacético también se acercó desde su juventud. Aunque sea más conocido por su faceta de cantante, poeta o pintor (disciplina a la que realmente siempre se quiso dedicar y con lo que más disfrutaba), no todos conocen que el autor de ‘Al alba’ (1978) estuvo muy vinculado al mundo del cine en diferentes funciones.

 

Primeras incursiones en el mundo del cine

Además de escribir algunos guiones en aquellos años donde todavía no estaba perfilada su identidad como artista, Aute trabajó en sus primeros años profesionales como intérprete y ayudante de dirección en la película Cleopatra (Joseph L. Mankiewicz, 1963) y La vida es magnífica (Maurice Ronet, 1964), rodadas en nuestro país. Pero la fama y el trabajo que le sobrevino en el ámbito de la composición e interpretación musical hizo que, poco a poco, se fuera desencantando de su sueño de convertirse en cineasta.

De todos modos, siguió vinculado esporádicamente al mundo del cine firmando algunos cortometrajes como A flor de piel (1974), protagonizada por Ana Belén y Jaime Chávarri, o uno de los episodios de la producción televisiva Delirios de amor (1986). Al mismo tiempo sus canciones servirían de banda sonora para un tipo de películas que, tras la muerte de Franco, comenzaba a resurgir con propuestas más frescas que contrastaba con cierto cine rancio anterior vinculado a los valores del régimen. Entre ellas podemos destacar las bandas sonoras de In memoriam (Enrique Brasó, 1977), Mi hija Hildegart (Fernando Fernán Gómez, 1977) o ¡Arriba Hazaña! (José María Gutiérrez Santos, 1978).

Fotograma de ‘La vida es magnífica’, de Maurice Ronet (1964)

 

Aute y el cine: su estilo propio

Pero la auténtica contribución de Luis Eduardo Aute al mundo del cine llegó con el nacimiento del nuevo siglo, donde encontró en la animación un medio de expresión en el que sintetizar dos de sus grandes pasiones: el cine y la pintura. Un paso adelante en su faceta creativa que constató su visión de artista en continuo aprendizaje. Su primer trabajo serio en este género, y quizá su obra cinematográfica más meritoria, fue Un perro llamado dolor (2001). En él ya se perfilaban los rasgos genuinos de un tipo de creación fílmica personalísima.

A partir de los 4000 dibujos a lápiz que Aute había estado elaborando durante un lustro, se montó esta arriesgada obra que tenía en el mundo del arte su mayor inspiración. Bajo el subtítulo de “El artista y su modelo”, la película está divida en siete capítulos (siete retratos) en los cuales se fantasea con la relación de siete grandes artistas de la historia con sus modelos. Inspirándose claramente en la estética del cine mudo -aunque estrictamente no lo podamos considerar como tal-, utiliza un formato cuadrado y recurre a los intertítulos para poner voz a los personajes. De la música se encargarían Silvio Rodríguez, Suso Díaz, Moraito Chico y el propio Luis Eduardo Aute.

La película solo puede entenderse en clave simbólica. Aunque cada uno de esos episodios adquiere cierto carácter autónomo, en ellos se vislumbran algunos elementos repetidos y motivos recurrentes: la muerte, la crítica al autoritarismo, el poder inspirador del cuerpo femenino, la luz como símbolo de la razón, etc. Al mismo tiempo que se introduce en cada “retrato” una referencia explícita al mundo del cine como forma de expresión artística complementaria a la pintura. De ahí que sea elemento común la incursión de destacadas figuras de la historia del cine en cada uno de los episodios.

La presencia de la figura del perro como metáfora de la contemplación ingenua y dolorosa de los desmanes y conflictos humanos

En este particular viaje por la historia del arte nos sumergimos en las pesadillas nocturnas de Francisco de Goya mientras pinta ‘La maja desnuda’; asistimos al horror de la guerra con el “Guernica” de Picasso bajo la atenta mirada de grandes cómicos de cine hollywoodiense como Woody Allen, Groucho Marx, Charles Chaplin o Buster Keaton (la cruda realidad frente a la falsa ilusión del cine); sufrimos con una Frida Kahlo postrada en la cama mientras su marido asesina a Trotski con una hoz bajo la mirada cómplice de un omnipresente Stalin; disfrutamos de un ingenioso striptease cubista de una de las modelos gitanas de Julio Romero de Torres, mientras este se transforma en Picasso (una referencia al contraste entre tradición y modernidad del arte español del siglo pasado); presenciamos un juego de movimientos de la realidad mientras Sorolla pinta a una dama frente al mar mientras Orson Welles lo filma con su cámara (el estatismo de la pintura frente al dinamismo del cine); nos imbuimos en una lucha de egos entre Dalí, Lorca y Buñuel, bajo la influencia de esa femme fatale del arte que fue Gala; y, por último, nos introduciremos en la alcoba mientras Velázquez pinta ‘La Venus en el espejo’.

Todas estas historias, además de las relaciones temáticas antes señaladas, tendrán en común la presencia de la figura del perro como metáfora de la contemplación ingenua y dolorosa de los desmanes y conflictos humanos. La película termina con un autorretrato suyo, ese otro artista que se sabe deudor de todos esos pesos pesados del mundo de la pintura que fueron capaces de dejarnos un legado de valor incalculable a pesar de los estragos que causaron las guerras y totalitarismos en sus diversos contextos históricos. Un perro llamado dolor no solo fue nominada al Goya a mejor película de animación sino que perfiló un modelo personal de hacer cine que Aute repetiría una década después.

Parte del cartel de ‘Un perro llamado dolor’, de Luis Eduardo Aute

 

La unión definitiva entre música, pintura y cine

Siguiendo la línea de Un perro llamado dolor, Luis Eduardo Aute volvió a realizar dos películas de animación aprovechando el lanzamiento de respectivos trabajos discográficos. En su afán por terminar de aunar la música, la pintura y el cine, ideó sendos cortometrajes a partir de dos de las canciones más recordadas de su última etapa musical: ‘El niño que miraba al mar’ y ‘Giraluna’. La primera de ellas era la que abría el LP homónimo que lanzó en 2012, donde incluyó ‘El niño y el Basilisco’ en formato DVD. A partir de una visión nostálgica de su infancia, un Aute adulto se enfrenta al que fue él de niño en la lejana Manila, icónicamente representado por una fotografía que sus padres le realizaron en el malecón de la capital filipina donde nació. “Un niño que hace de vigía oteando el más allá del fin del mar”.

Un más allá que simboliza la vida que vendría en la otra parte del mundo, antes de “incubar el mal de aurora” del artista que todavía no había resurgido, y que viene representado por el Basilisco, ese animal mitológico, metáfora del sufrimiento y la insatisfacción. A través de un juego de miradas ente el Aute niño y el adulto, el primero ve reflejado su futuro desde todo el pasado del segundo. La película se convierte en un entrañable homenaje a ese paradójico paraíso perdido en medio de calles destruidas y sonidos de bombas, que un hombre en la última etapa de su vida observa con la más profunda melancolía.

En Vincent y el Giraluna, Aute vuelve a recuperar la figura del artista como protagonista

Tres años después, aprovechando un disco homenaje que varios artistas realizaron bajo el sello de Sony Music, ‘Giralunas (Un homenaje a Luis Eduardo Aute)’ (2015), al igual que hiciera con ‘El niño que miraba al mar’, puso como condición para su edición la inclusión de un DVD con un nuevo cortometraje animado bajo el título Vincent y el Giraluna. En el que sería su último trabajo cinematográfico vuelve a recuperar la figura del artista como protagonista.

A través de esta bella historia de un girasol que se rebela frente a lo establecido y termina siendo castigado por ello, pretende hacer una metáfora de la valentía del artista y el poeta cuyo trabajo, siempre que sea transgresor, permanecerá para la posteridad. Aunque en este cortometraje introduce elementos nuevos como el color o la animación digital, vuelve a utilizar algunos de los símbolos tan recurrentes en sus trabajos anteriores: esa referencia siempre lorquiana a la luna, la presencia constante de la muerte representado por el cuervo, esas lágrimas sanadoras, el basilisco escondido en la cara oculta de la luna, etc.

Imagen de ‘Vincent y el Giraluna’, de Luis Eduardo Aute

 

Aute Retrato, una vida de película

Después del infarto cerebral que sufrió en 2016, no le faltaron gritos de ánimo de aquellos que lo conocieron de cerca y de los que veían en él un referente artístico. Durante ese largo proceso de convalecencia, que finalmente no superó, se rodó un sentido documental que bajo el título de Aute Retrato (Gaizka Urresti, 2019) quiso poner en valor toda una vida dedicada a la creación.

Bajo el telón de fondo del concierto-homenaje que le dedicaron una larga nómina de cantantes en el WiZink de Madrid al grito de “¡Ánimo, animal!”, la película hace un recorrido por la biografía del Luis Eduardo Aute a través de entrevistas a su protagonista, declaraciones de amigos y familiares, imágenes de archivo, etc., hasta conformar el retrato de un artista que desde siempre quiso dedicarse a la pintura pero al que la música lo atrapó para siempre. Una vida que nunca pudo imaginar cuando de niño estaba sentado en el malecón de Manila mirando al mar. Pero como dice la canción con la que abríamos este recorrido por la obra cinematográfica de este artista inquieto e inconformista: “todo en la vida es cine y los sueños, cine son”.

Luis Eduardo Aute y el cine tuvieron una larga e interesante relación a lo largo de la carrera del artista: desde ‘Un perro llamado dolor’, »Vincent y el giraluna’ o hasta el reciente documental sobre él, ‘Aute Retrato’

Adolfo Monje (@adolfo_monje)

Dejar respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Input your search keywords and press Enter.