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Los peces rojos: vida y literatura en un clásico del cine español
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José Antonio Nieves Conde es uno de los directores malditos del cine clásico español. Con un gran talento para la puesta en escena y la narración visual, su carrera se vio afectada por no encajar bien en el contexto del franquismo y por no escribir sus propios guiones, lo que le acabó empujando a aceptar proyectos que no le interesaban demasiado. Y eso que sus posiciones políticas no tendrían que haber sido un problema, o por lo menos no uno tan grande como para los artistas contrarios a Franco: Nieves Conde era falangista. Aunque representantes del catolicismo fueron ganando poder a costa de ese movimiento con el paso de los años, seguía dentro del bando vencedor. Pero la censura nunca le perdonó la cruda imagen del Madrid popular que mostró en Surcos, su película más conocida, y analizó con lupa sus siguientes trabajos.

Los peces rojos es, junto a Surcos, lo más interesante de su filmografía. Una intriga que utiliza códigos del cine negro construida con brillantez milimétrica desde el guion. Carlos Blanco, uno de los guionistas destacados de la época, firma un texto al que el director intentó modificar la estructura de flashback para rodarlo de forma cronológica, lo que bien podríamos interpretar una prueba de que su cabeza funcionaba mejor con las imágenes que con las palabras.

A cargo de los decorados, otro nombre ilustre del cine español: Gil Parrondo, en una de sus primeras películas. Emma Penella, a la que finalmente decidieron doblar por su voz rasgada,  y Arturo de Córdoba, que había trabajado poco antes con Luis Buñuel en Él haciendo un papel con muchas similitudes al de Los peces rojos, encabezan el reparto.

Los peces rojos narra la historia de amor de una pareja formada por un escritor y una actriz. La película está construida en dos líneas temporales: una en el presente, en el que van de viaje a Gijón, y otra en el pasado, ambientada en Madrid, en la que se ve el desarrollo de la relación hasta llegar al presente. El otro personaje importante en la trama es el hijo del escritor y, a partir de aquí, si no habéis visto la película, recomendamos saltar ya al siguiente párrafo.

El guion tiene unos giros por los que vale la pena dejarse sorprender. Los peces rojos es en el fondo una adaptación del mito de Frankenstein: un creador atrapado por su propia obra. El hijo del escritor es realmente una invención suya que responde a una doble intención: demostrar su capacidad inventiva y asegurarse una pensión de su rica tía. La actriz, antes de conocer la verdad, se sentirá atraída por él, lo que llevará al escritor a competir de forma enfermiza con su propia creación, que en cierto sentido es una proyección mejorada de él mismo. Lo cierto es que el creador acaba devorado por su propia creación, y cuando él y su pareja acaban con su vida (es decir, fingen la muerte del hijo, para así poder quedarse con la herencia de la tía), se siente como si hubiera cometido un asesinato de verdad.

El hecho de que el personaje protagonista sea un escritor permite desarrollar una reflexión sobre el arte y la relación que tiene que tener con la realidad. Una conversación con un editor le permitirá exponer su visión sobre la literatura e incluso un personaje secundario, el recepcionista del hotel de Gijón, expresa su necesidad de modificar la realidad desde la narración para hacerla más amena y divertida.

Esta temática de fondo, esta metaficción en la que el propio cine reflexiona sobre la creación, enriquece la película aportando una capa extra. Y aunque tiene menos carga social que Surcos, también sirve para ver el Madrid de la época. En línea con la película, aquí vemos un Madrid más poético y menos sucio, nocturno, con más silencio y menos gente. La mirada del creador en lugar de la de una familia de campesinos recién llegada a la ciudad.

Y con estos sabrosos ingredientes Nieves Conde se dedica a dirigir, algo que hacía fantásticamente bien. Cada escena y cada acción aprovechan al máximo las posibilidades de la historia. El director escoge a la perfección cuando cerrar cada plano para asfixiar a sus protagonistas en la espiral que se han ido tejiendo y cuando dejarlos respirar, demostrando su gran maestría en la composición de escenas y el uso de la profundidad de campo. También aprovecha las empinadas calles de un lluvioso Gijón y el solitario Madrid nocturno. Aunque como retrato social de época tenga menos interés que Surcos sigue siendo una buena muestra de lo que era la España de la época gracias a la potencia de sus imágenes.

La censura criticó la amoralidad de sus personajes pero la película acabó saliendo adelante con el final cambiado (de nuevo, si la tienes pendiente, salta el paréntesis. Nieves Conde quería acabar con el suicidio del protagonista). Los peces rojos no tuvo éxito en su estreno y el paso de los años no la ha sacado de su condición de pequeña joya semidesconocida. Una auténtica lástima porque es una intriga atravesada de negrura de primer nivel. Y lo mismo podría decirse de Nieves Conde, un gran director al que una caracterización rápida y sin matices lo recuerda por ser falangista, dejando de lado una obra de gran calidad que contiene un profundo humanismo.

 

Carlos Pintado Mas (@CarlosPM76)

 

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