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Los pájaros no vuelan de noche: intranscendente drama psicológico
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Los pájaros no vuelan de noche supone el debut en el largometraje de los hermanos Albert y Pau Sansa Pac, quienes lograron estrenar el film en el pasado Festival de Sitges. La cinta, un drama con tintes de terror psicológico (y hasta fantástico), relata la historia de Marc (Albert Salazar), un chico con problemas de memoria tras sufrir un accidente de coche.

Con el fin de volver a recordar quién es y cuál es su contexto, decide pasar unos días junto a sus amigos en una casa en la montaña que pertenecía a su padre, un artista en apariencia muy respetado por sus ideas pero con quien Marc no guardaba una relación especial. Lo que comienza siendo una jornada apacible (e incluso propia del planteamiento de una película de corte adolescente) vira hacia puntos más oscuros, en los que las falsas apariencias y lo sobrenatural cobrarán protagonismo.

Desde el propio título, Los pájaros no vuelan de noche emplea la imagen de los pájaros y su comportamiento en “bandada” para hablar metafóricamente de cómo se organiza el ser humano en sociedad, la importancia de tener un líder que dirija nuestros destinos y el peligro que entraña no formar parte del grupo. Para introducir la historia, los hermanos Sansa presentan el espacio a través de diferentes planos generales subrayados por una voz en off sobre el comportamiento de las aves, comentario que pasa a ser diegético cuando la cámara nos muestra el interior del coche de uno de los personajes del filme yendo hacia la casa.

Los pájaros no vuelan de noche: intranscendente drama psicológico

Lo que en un principio era una narración exterior al relato se transmuta en la grabación de un cassette, recurso que ayuda a entrar de forma más “limpia” a la trama. Los directores, haciendo gala de una decisión bastante extendida entre los debuts, emplean una estructura circular para (sin hacer spoiler) volver sobre los motivos del coche y la carretera, de gran importancia en la película teniendo en cuenta que el backstory de Marc se encuentra marcado por un accidente vial.

A partir de este punto, la presencia de pájaros (muertos) será la que en gran medida vaya marcando el tono cada vez más retorcido del relato, una imagen / símbolo que también hemos podido ver últimamente en producciones como Thelma (2017). Aunque finalmente todo llega a tener un porqué, la producción adolece de ciertos momentos confusos que desvían el interés de la historia: no se termina de trazar un arco dramático de los personajes y ciertas escenas hacen gala de efectismos (propios también del debut e incluso del género cinematográfico) que sirven más para lucir que para hacer avanzar la narración.

En este sentido, los propios actores sufren estas deficiencias del guión, ya que las interpretaciones adolecen de varios tramos en piloto automático, y otros tantos que resultan maniqueos. Algunos personajes se tornan buenos o malos por exigencia del momento, pero no hemos llegado a ver un recorrido natural que nos conduzca hasta ese punto.

Tras poco más de una hora -duración un tanto “sospechosa” para un largometraje por lo apurado del minutaje, lo que puede significar que no había mucho más contenido que exprimir o que el rodaje pudo tener sus problemas logísticos-, Los pájaros no vuelan de noche acaba dando una lógica a todos los cabos sueltos que hemos visto lanzarse a lo largo de la cinta en los últimos 10 minutos.

Los pájaros no vuelan de noche: intranscendente drama psicológico

Dejando de lado lo increíble de la trama, con ecos que evocan a la religión y a ciertos comportamientos humanos que ya enseñaban películas como El bosque (2004), este debut termina dejando la sensación en el espectador de que hemos visto una sucesión de lugares comunes, con interpretaciones que no llegan a dar la talla y un desenlace que, lejos de ser sorprendente como quiere hacer parecer la propuesta, adolece de la falta de empatía general: si no hemos llegado a involucrarnos con lo que pasa en la historia, tampoco parece importarnos el modo en el que ésta concluye.

En definitiva, pese a que no se llega a hacer pesada en ningún momento, Los pájaros no vuelan de noche reúne una gran parte de clichés propios del debut, los cuáles se resumen en el interés por “impresionar” al espectador, ya sea a través de la mencionada estructura (si es circular, parece que hay una elaboración en la construcción, cuando puede que no se trate de nada más que un golpe de efecto), los giros (rocambolescos) de guión o la propia atmósfera de (cuasi) terror con actores jóvenes que siempre se espera que tengan un tirón especial. Es una pena que la propuesta no haya resultado ser de mayores vuelos, pero el refrito de mundos conocidos y la trama por encima de la historia resulta en una propuesta sin un gran aliciente.

 

Jorge Dolz (@J_Dolz)

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