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Los días que vendrán: maravilloso dominio del tiempo
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Arranco en quinta: Los días que vendrán es una maravilla. Si se ha dicho y redicho por todas partes desde que salió y ganó en Málaga es porque es verdad. Lo que han conseguido Carlos Marqués-Marcet y el resto en su tercera película es una obra redonda, que desborda autenticidad y madurez para pensar las relaciones de pareja, los roles de género o las frustraciones de una generación. Pero es que además -por si fuera poco- la película aporta un punto extra de calidad por su brillante reflexión acerca y a partir del tiempo, que termina por englobar todo lo anterior. De aquí sale una de las experiencias cinematográficas más interesantes que se han hecho en los últimos tiempos en España.

Detallo estas palabras vacías de aquí arriba. Los días que vendrán tiene una manera inteligente y sutil de usar el pasado y el futuro para hablar del presente. A partir de elementos reales, la película se ha construido sobre cómo eso que ya pasó o aún no sucedió se refleja y retroalimenta en la vida hoy. Así es como Marqués-Marcet, de un embarazo auténtico, consigue situarse a un nivel vital abstracto y universal, pero también dirigirse al sufrimiento concreto de vivir en la España actual. Más allá de sus grandes interpretaciones -Rodríguez Soto entra a lo grande en el cine- o sus buenos diálogos, es aquí donde está la magia y su propia razón de ser.

El futuro en Los días que vendrán es, como adelanta el propio título, una continua proyección vista desde el presente. Mirar hacia delante es el punto de partida de todo su planteamiento; el embarazo real y ficticio es, al final y al cabo, un estado en el que se planea y se piensa siempre, con la culminación y cuenta atrás del nacimiento. El filme deja claro en un inicio que su pareja protagonista se enfrenta a unos días, los de ser padres y tener un parto, que saben que llegarán y afectarán a sus vidas.

La sabida llegada de la niña se expresa muy bien a nivel cinematográfico en los continuos fuera de campo que se utilizan entre los dos -y no sólo-: la cámara enfoca o pone en plano sólo a uno de ellos en silencio, mirando, mientras el otro habla (normalmente de su hija). La sensación de intimidad continua de la película, feliz e infeliz, está provocada también por esta manera de rodar muy cercana, pero medida del director de fotografía Alex García. En los ojos de esa persona que permanece callada, escuchando, está ese futuro que va a ocurrir. Y sobre todo está la otra cara de esa misma situación venidera que debería ser solo feliz; la de la incertidumbre.

La voz que llega pero no se ve en pantalla también transmite indeterminación, un espacio desconocido del que no se sabe qué será. Un miedo provocado por las condiciones materiales de vida que tienen ambos, que tendrá también importantes consecuencias. Es lo que empieza a crear grietas entre ambos; el despido laboral de Vir (María Rodríguez Soto) por su condición y la «responsabilidad» autoasumida de macho de Lluis (David Verdaguer) aceptando un trabajo que no le gusta. La precariedad se hace presente como forma dolorosa de no poder alcanzar ese futuro y empeora como consecuencia el estado emocional.

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Para buscar refugio de este miedo que provoca hastío y distancia, Marqués-Marcet sitúa el pasado. Como en el caso del embarazo real Rodríguez-Verdaguer, se parte de elementos de no-ficción para construir ese contacto con el presente. La inclusión intercalada de imágenes de archivo reales de los padres de Vir en su propio proceso de embarazo y parto son un contraste enorme con lo que se vive en el presente. La felicidad de sus padres en los 80 y el aire de libertad que desprenden nos comunican otro tiempo, y de otra situación económica y social. El mejor ejemplo de esto son las fantásticas escenas de Vir viendo a través de la pantalla de su ordenador esas imágenes grabadas en vídeo o cuando explica cómo quiere que sea su parto, calcando entre lágrimas el de su madre. Es consuelo y fuerza de inspiración para seguir adelante en un mundo desnaturalizado. De genio.

«Tienes que dejar el mundo del cine ya, has tocado techo», bromeaba David Verdaguer con Marqués-Marcet en la rueda de prensa de presentación de la película en Málaga. Una broma en la que hay algo de verdad: Los días que vendrán es la mejor película que ha hecho el director de 10.000km hasta ahora. Es un proyecto singular, hecho sobre la marcha, en colectivo y sobre el que ha sido capaz de darle un precioso sentido apoyándose en todo lo material e inmaterial que tenía a su disposición. Una lección de dirección íntima, de encontrar un camino, que se coloca ya a estas alturas entre lo mejor del 2019 en el cine español.

 

Arturo Tena (@artena_)

 

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