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Los amores cobardes: la dificultad de hacer una buena película
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Qué difícil es hacer una buena película. Los amores cobardes es un ejemplo perfecto de que se tienen que hacer muchas cosas bien, y al mismo tiempo, para que salga algo que realmente valga la pena de un largometraje. La primera obra de Carmen Blanco tiene, analizados por separado, suficientes razones como para que el conjunto salga bien parado: ideas interesantes, un personaje principal con algo que transmitir, una estética cálida y con sentido… pero al final se queda fuera del espacio emocional que insiste en crear.

Estamos hablando de una película muy pequeña, sacada adelante con el ímpetu de una productora formada por 3 personas y un crowdfunding. Blanco y sus dos compañeros en Abismofilms, Jacobo Herrero y Javier Gómez, cargaron con muchísimo del trabajo que significaba hacer Los amores cobardes. Eso obligaba a restricciones de producción evidentes. Obligaba a servirse de una historia modesta y ser capaz de dar el salto de calidad audiovisual sin contar con la solidez que da tener un equipo más amplio y con más recursos. Y, pese a las buenas intenciones, no lo han conseguido.

Hay que entender qué película estás viendo sin ser paternalista. Es cierto que un filme independiente como este va a tener problemas que se pueden comprender, pero no hay que obviar que no consigue lo que se propone. Los amores cobardes cuenta la vuelta de Eva (Blanca Parés), una joven que vuelve a casa durante sus vacaciones de verano, tras varios años de su marcha. En una Málaga llena de luz, tiene que lidiar con su familia, su trabajo y sus relaciones personales del pasado.

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Hay un buen personaje, sensible y bien interpretado por Parés, pero que no vive situaciones naturales, que es lo que pide una construcción cinematográfica sencilla de este tipo. El guion lleva siempre hacia situaciones importantes, decisivas, con conversaciones de lo más profundas. Esto hace que, excepto en su tramo final, todo se aplane y ninguna escena sea realmente relevante. El mundo interior de Eva se queda sin la interacción que necesita con el mundo exterior, impostado y forzado. No hace falta ser cotidiano para resultar auténtico.

Este problema de naturalidad impregna muchas escenas, pero se puede condensar en el segundo personaje más relevante de la película: Rubén (Ignacio Montes). Aunque sus diálogos son complicados, Montes patina en darle consistencia a la necesaria réplica que hay que darle a Eva. Su gestualidad es exagerada en varias secuencias y no da con el tono adecuado para que Rubén tenga tres dimensiones.

Amistad, amor, familia, decisiones, sueños, ilusiones, decepciones… Carmen Blanco mira hacia temas universales con dedicación. Es una lástima que falte el paso de darle verdad y humanidad, algo que tanto necesita una propuesta como Los amores cobardes. Viendo películas así te das cuenta de todo el enorme trabajo que hay detrás de una buena. Las capacidades para llegar a ese punto de exigencia y calidad están ahí, esperemos que en la próxima oportunidad, que esperemos que tenga, pueda demostrar lo que aquí solo se intuye.

 

Arturo Tena (@artena_)

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