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Lo dejo cuando quiera: cine prefabricado
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David Verdaguer, Ernesto Sevilla y Carlos Santos son tres profesores en la treintena que se encuentran en un momento difícil en sus vidas. Tras haberse preparado a conciencia y seguido el camino en principio correcto, se ven trabajando en malas condiciones, dando clases particulares o directamente en el paro y viviendo con sus padres. Ante el despido del personaje de Verdaguer deciden disfrutar de una buena fiesta, algo a lo que renunciaron en su momento para seguir estudiando con responsabilidad. Cuando prueban las pastillas en las que el despedido estaba trabajando –un complemento para potenciar la concentración- se dan cuenta de que podrían hacer negocio con ellas. Esta arriesgada decisión es el punto de partida de Lo dejo cuando quiera. Una lástima que sus responsables no muestren la misma valentía que sus protagonistas.

La historia es conocida pero no pasa nada por repetirla brevemente. Desde 2010 la ley obliga a las cadenas de televisión a invertir un porcentaje de sus beneficios en producir cine. No hay posibilidad de no hacerlo, pero sí de elegir dónde. Con el tiempo se ha ido creando un subgénero que son las producciones de grandes cadenas privadas, Atremesdia y Telecinco. Se trata de películas de clara vocación comercial, generalmente comedias, con repartos llenos de caras conocidas, muchas provenientes del mundo de la televisión, y acompañadas por unas machaconas campañas de publicidad que consiguen arrastrar a las salas a bastante más gente de lo habitual. En este caso, además, estamos ante un remake de una película extranjera, algo que ya funcionó el año pasado con Sin rodeos o Perfectos desconocidos.

Es cine prefabricado. Previsible, sin riesgos, sin ninguna intención de trasmitir nada. (Por lo menos en este caso, otras veces sí han conseguido encontrar algún detalle estimulante). Carlos Therón, que conoce de qué va la cosa tras hacer Es por tu bien o Fuga de cerebros 2, se limita a crear una plataforma para que el reparto vaya recitando sus bromas por turnos y la trama vaya quemando etapas. Un trabajo tan poco apasionado en su ejecución como efectivo en su recaudación, a la que cuesta no imaginarse como el aspecto más importante durante todo el proceso de gestación del film.

Tampoco es que no haya nada que salvar de todo el asunto. Reírte te ríes, que sería el nivel más elemental de análisis que se puede hacer de la cosa. Ernesto Alterio está muy bien dando vida a un excéntrico mafias de la noche madrileña, mientras Miren Ibarguren sigue demostrando que es una gran actriz cómica a la que estaría bien ver en registros diferentes y en proyectos más ambiciosos. Pero todo se olvida una vez que se encienden las luces y se sale de la sala. No hay una imagen ni una escena ni una broma que quede en el recuerdo. Como todo producto preparado, tiene fecha de caducidad. En este caso, hora y media.

Lo dejo cuando quiera entrega exactamente aquello que se podía imaginar. Un rato de entretenimiento que trascurre con la misma facilidad con la que se olvida. El problema no es la voluntad comercial, que ha motivado grandes películas en todas las épocas de la historia del cine. El problema es querer gustar a toda costa, queriendo con la misma intensidad no molestar. El problema es diseñar una película como si de un mensaje electoral se tratara, ideada en un laboratorio demográfico con el objetivo de contentar al mayor número de nichos de mercado posibles. Gustar es fácil si te lo propones, pero si esa es la única intención difícilmente durará mucho su buen sabor de boca. No parece que aquí sea un problema.

 

Carlos Pintado (@CarlosPM76)

 

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