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La vida sin Sara Amat: un bello regreso a lo que fuimos
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El viaje a la madurez tiene etapas inevitables. El primer amor, el primer beso, las primeras decepciones. Ir conociendo personas, y también ir conociéndose. Darse cuenta de que ya no nos hacen gracias las mismas cosas e ir descubriendo nuevos intereses. Ir superando -o repitiendo- cursos en el colegio. Y entre medias, los veranos. Unos veranos desde luego mucho más extensos que los que disfrutaremos luego en la edad adulta y de los que se puede salir siendo una persona distinta a la que se era el entrar en ellos. La vida sin Sara Amat, el primer largometraje de Laura Jou, nos lleva a uno de esos veranos tan largos.

Adaptando la exitosa novela homónima de Pep Puig, ganadora del premio Sant Jordi en 2015, aterrizamos en una de esas vacaciones. Pep (Biel Rossell) está pasando unos días con su abuela. Pasa tiempo con ella, va a la piscina, se reúne con su grupo de amigos. Y en ese grupo está Sara (María Morera). A Pep le gusta Sara, eso está claro, pero tampoco sabe qué hacer al respecto. Una noche Sara desaparece y el pueblo entero empieza a buscarla. Y no la encuentran. No la encuentran porque no la podían encontrar, porque Sara se había escondido en casa de Pep, sabiendo que él guardaría el secreto para poder estar con ella.

Laura Jou confirma la buena mano como directora que anticipaba su corto de 2015 No me quites, que estuvo nominado al Goya y se hizo con tres Biznagas en el Festival de Málaga. Su primer largo es un efectivo ejercicio de nostalgia para quienes vivieron veranos como adolescentes en los 80. Pero sobre todo un cuidado retrato de lo que es la adolescencia. Esa bonita fase de tu vida de la que después te avergonzara profundamente en la que piensas que eres capaz de todo y que el mundo te pertenece siempre que sepas cómo agarrarlo. Una fase llena de inocencia, aunque en el momento no se sea consciente, y de primeras veces. El primer amor y el primer beso, y también el primer deseo. Torpemente consumado, en el mejor de los casos, pero sin duda especial.

Con un buen texto de referencia y una directora que ya demostró ser capaz de expresarse con fluidez a través de la cámara, el principal riesgo recaía en los jóvenes actores y actrices protagonistas. Pero Laura Jou sabe lo que hace. Después de quince años trabajando con actores y actrices jóvenes -con directores como Bayona, Villaronga e Iñárritu y descubriendo a grandes actrices como Anna Castillo y Laia Costa- la directora sabía cómo exprimir el potencial y encontrar la naturalidad en intérpretes adolescentes. María Morera y Biel Rossell hacen un gran trabajo en los papeles protagonistas, resultando creíbles en sus alegrías y tristezas y sosteniendo el peso de una película que podría haber hecho aguas por sus trabajos.

El gran trabajo de Gris Jordana al frente de la fotografía, captando el soleado verano de un pueblo de interior, termina de redondear la función. La vida sin Sara Amat es un debut con personalidad y muy bien ejecutado, que conecta de forma natural, nunca forzada, con nuestro pasado emocional. Una película auténtica y fresca capaz de expresar sin necesidad de estridencias. Una mirada inocente que siempre es valioso recuperar en nuestra memoria.

 

Carlos Pintado Mas (@CarlosPM76)

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