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La vida secreta de las palabras: gran cierre para la trilogía de Coixet
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“¡Las palabras son importantes!”, gritaba Nanni Moretti en Vaselina roja. El gran director italiano nos reñía, siempre en tono de comedia, por el mal uso de los términos que hacemos. Hay que hablar bien, dándole el valor que tiene a cada vocablo, nos dice Moretti. No lo hace como un bientencionado profesor de instituto, sino como un sensible individuo ante una sociedad poco pendiente de cuidar la forma en la que se comunica.

En el cine español, una de las creadoras que más pendiente ha estado de la forma en la que nos comunicamos es Isabel Coixet.  La directora catalana ha construido muchas de sus películas precisamente alrededor de la importancia de las palabras; las que se dicen y, sobre todo, las que no se dicen. En los 90 y a principios de los 00 creó una trilogía sobre la comunicación que, por su brillantez, tienen su propio espacio en nuestra historia.

Después de Cosas que nunca te dije y Mi vida sin mí, Coixet seguía profundizando sobre las formas en las que las personas decidimos expresarnos en La vida secreta de las palabras. Quizá menos romántica y emocionalmente envolvente, pero la más madura de las tres. La diferencia principal es que la historia de la protagonista se da con menos información para el espectador. No tenemos un trauma vital de partida como en las dos anteriores –fin de una relación sentimental y una enfermedad terminal- ,  se sale a ciegas, escuchando una voz que le habla. Además, la acción se sitúa en un espacio mucho más cerrado, donde no hay tantas posibilidades de plantear situaciones desde el guión. Es un reto mayor, pero está muy bien resuelto.

Hanna (Sarah Polley) va a una plataforma petrolífera para cuidar como enfermera de un trabajador (Tim Robbins) con quemaduras tras una explosión. Esa plataforma es un limbo donde las formas habituales de relacionarse cambian por la soledad y el aislamiento de sus habitantes. Una atmósfera resignada y parada, pero donde todavía hay espacio para seguir reconociéndose como personas. El entorno frío hace que por inercia se busque algo de calor humano o alguna manera de sobrellevar el aburrimiento. Para todos menos para Hanna.

Ella empieza a dejarse llevar y a comunicarse a través de pequeños detalles, que son los que descubren la verdadera vida de las palabras que se está negando (el audífono). Por ejemplo, es muy curioso el papel que juega la comida. A través de lo que hace el cocinero (Javier Cámara), Hanna se permite guíarse por sus sentidos y disfrutar por fin de algo. Una liberación y una primera herramienta de expresión.

Pero es la relación con el enfermo la que va aportando las líneas de comunicación que necesita. Hanna empieza a sentir en ese hombre, herido a muchos niveles, que hay dolor más allá del suyo y que se puede convivir con el pasado. Que hay salvación si se puede compartir tu experiencia con alguien. Las escenas con el personaje de Tim Robbins, que por ceguera temporal no puede ver, empiezan siendo un cúmulo de intercambios estúpidos para acabar como un lugar donde uno se puede exponer libremente  porque va a ser entendido. Esta transición es una maravilla de guión y de esfuerzo interpretativo.

Las palabras son importantes, muy importantes. Y son, como implícitamente dicen Moretti y Coixet, una elección. Elegimos lo que queremos decir y cómo lo queremos decir. En La vida secreta de las palabras se elige negar la comunicación por el trauma, por la no asimilación. Pero finalmente, la película es muy sutil en mostrar que el carácter humano busca siempre salvar algo, que construye vínculos que pueden deshacer la incapacidad de mostrarse ante el otro, sea con palabras o con silencios.

Estrenada en 2005, esta película fue un gran cierre a una etapa concreta de la carrera de Isabel Coixet. Lo que escribió tiene contención, una buena y arriesgada mezcla de temáticas (aunque quizá es demasiado obvio su mensaje político) y una gran sensibilidad para mostrarnos un mundo triste, pero en el que todavía cabe algo de esperanza.

 

Arturo Tena (@artena_)

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