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La valla: el futuro es ahora
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En el año 2045 España se ha convertido en un dictadura militar tras una Tercera Guerra Mundial que agravó la crisis climática y que provocó la aparición varias cepas de enfermedades consideradas incurables. En un Madrid dividido entre ricos y pobres por una valla infraqueable, una familia del lado malo debe infiltrarse en la parte privilegiada para rescatar a su hija.

Spoilers leves. Más o menos.

Es fácil enumerar los referentes de La valla. El post-apocalipsis, ya casi rozando el género documental a estas alturas del partido, es una tendencia de la ficción reciente de la que España tampoco se ha librado. El cuento de la criada. Apocalipsis suave. Hijos de los hombres. Hajira. V de Vendetta. El hoyo. Hasta El barco. ¿Se acuerdan ustedes de El barco?

También puede servir de «inspiración» a las situaciones que en la serie se reflejan cualquier reportaje de actualidad sobre la franja de Gaza, porque como ha recordado el creador de la serie, Daniel Écija, ya se vive así en muchas partes del mundo. Y más con el añadido extra de la pandemia, que «no existía» en el mundo real cuando se grabó la serie. Si no se hubiese estrenado en ATresPlayer Premium ya en enero casi se podría sospechar de un muy inviable rodaje exprés.

 

Franquismo del Futuro Pasado

La valla

Respecto al género post-apocalíptico en el que se ubica innova poco, más bien se diría que intenta concentrar el máximo de tropos del mismo en el menor espacio posible. El interés aquí reside en la habilidad para acometer la superposición y la españolización de los mismos -el personaje de Olivia Molina paseando junto a un Museo Reina Sofía devastado-, con numerosos guiños políticos o históricos locales nada inocentes.

En ese sentido La valla no se esconde demasiado: el futuro es ahora, pero también es el pasado. Los policías y militares del futuro estado dictatorial visten al estilo de las SS, probablemente porque se trata de los mejores uniformes de supervillano jamás diseñados. El hijo de la casa privilegiada se llama señorito Iván, al que le deseamos que tenga cuidado con subirse a los árboles. La familia protagonista depende de cartillas de racionamiento para sobrevivir.

Écija ha explicado que en parte se debe a su preocupación por la falta de memoria histórica de las nuevas generaciones. Como ya hizo en su momento El ministerio del tiempo, la ciencia-ficción española nos vuelve a advertir que la peor distopía futura es volver atrás.

De esta manera, las referencias estéticas de La valla están a veces más cerca del Paracuellos de Carlos Giménez, El laberinto del fauno de Guillermo del Toro o cualquier ficción ambientada en las dictaduras argentina o chilena -esa inclusa de niños robados- que en Minority Report, por decirlo así. De hecho la parafernalia de la dictadura es lo suficientemente mixta para tener referencias a cualquiera que a usted se le pueda ocurrir de las del siglo XX, pero, fundamentalmente, es nazi.

Por otro lado la vestimenta y caracterización del personaje de Unax Ugalde pasarían perfectamente por la de un resistente de la Francia ocupada… o un maquis republicano tras las líneas enemigas. También, regresando a Gaza, de cualquier inmigrante, ingeniero agrónomo que tiene que lavarse bien las manos y entrar por la puerta de servicio. Los españoles intentan pasar el Estrecho para huir hacia la libertad. Oh ironía de ironías. En El día después de mañana de Roland Emmerich ya hacían algo así.

 

Un público en busca de catarsis

La valla

Ya en el primer capítulo aparece una escena que nos es tristemente familiar, por ejemplo en medio de la actual vuelta al cole: colas para test rápidos de inmunidad al virus. La valla le da una vuelta de terror cuando una niña es separada de su familia, en un giro más cercano a criticar las políticas migratorias de EEUU -o la Unión Europea- que a plantearnos ningún inverosímil escenario futuro. Al fin y al cabo, es a lo que remite su título. Más a Melilla que a Mad Max.

El estreno en abierto de La valla en Antena 3 y Netflix estaba previsto para la pasada primavera, en cuanto finalizase su emisión en ATresPlayer Premium, pero muy sabiamente la plataforma decidió reservarla para más adelante. Quizás una ficción en la que Madrid está cerrada al resto de España y en la que los pobres se contagian mientras los ricos viven en burbujitas de privilegios culpándolos de todo no sea lo más cómodo de ver en este momento, pero mucho peor habría resultado cuando los fallecidos diarios se contaban por cientos.

La enfermedad -o enfermedades- de La valla no son exactamente como nuestra COVID-19 y la búsqueda desesperada de una cura es parte troncal del argumento de esta primera temporada. Así que de nuevo será irónico, aunque ya consciente y buscado por el momento del estreno, que se alternen los capítulos de experimentos de dudosa ética -no ya El cuento de la criada sino hasta el Mengele de Los niños del Brasil se pasea por aquí- con las noticias reales de parones en la investigación de la vacuna de Oxford.

La serie se podía haber quedado escondida en un cajón unos meses más, incluso a pesar de que ya la hubiesen disfrutado los suscriptores de ATresPlayer Premium. Pero se ha decidido seguir adelante como estreno de otoño porque los programadores han percibido que ya no había peligro. Que la campaña previa había asentado la idea de la serie que «se adelantó» a la pandemia y porque ya existe un público resabiado en busca de catarsis.

La distopía somos nosotros

La valla

Por eso el argumento de La valla busca más el drama familiar de los personajes de Ugalde y las Molina, madre e hija, que retratarnos los tejemanejes políticos de la dictadura, aunque igualmente se reflejen. Esos nazis decadentes que secuestran niñas en prostíbulos o esos señoritingos orgullosos que te ofrecen lo blanco del jamón como si te hiciesen un favor. Se ha criticado el «costumbrismo del futuro» que la serie se autoimpone, pero desde aquí no podemos dejar de considerarlo un acierto.

En parte porque así se empatiza más fácil con los personajes. Se identifica uno antes con un padre que quiere reunirse con su hija o con una matriarca que intenta que su familia sobreviva en un mundo sin esperanza que con un nazi que conspira para moverle la silla a otro nazi. Se nota que Daniel Écija y su equipo lo saben.

Pero también porque a las distopías se viene a purgar miedos reales, como a las películas de terror. Y lo que de verdad nos espanta no es que los políticos conspiren, sino vernos atrapados en una vida de miseria, sin esperanza ni perspectivas de futuro para nosotros ni nuestros hijos. Obligados a sobrevivir en un mundo en donde la ley nos deje completamente desamparados frente al fascismo y el capitalismo. Convertidos en carne al servicio de los poderosos.

Como ya le pasa a mucha gente en el mundo ahora mismo y como les ocurrió a nuestros abuelos. Algo que La valla nos recuerda constantemente.

 

Jose A. Cano (@caniferus)

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