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La Unidad: Cuando una serie quiere ser verdad
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La Unidad: Cuando una serie quiere ser verdad

La producción de Movistar no es un policial clásico ni una historia de espías, pero tampoco un documental. Es una serie necesaria en el panorama de la ficción española y un desafío para el espectador

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La Unidad explica el funcionamiento de la Unidad de Investigación Policial de la Policía Nacional, especializada en la persecución del terrorismo yihadista. A partir de una operación en Melilla en la que se detiene a un importante líder extremista de forma inesperada, seguimos las operaciones de un equipo de policías para intentar prevenir nuevos atentados y el efecto que este trabajo tiene en las personas que lo realizan.

La Unidad es la serie española más ambiciosa en lo que va de 2020. Por muchas razones, que van desde lo que se cuenta en ella hasta la forma de contarlo pero que pasan también por lo que explica sin necesidad de subrayarlo y lo que no explica para que el público decida cómo quiere entenderlo. Es una serie que nos hacía falta, aunque no lo sabíamos, y que esperemos que tenga continuación. Aunque si no la tiene ya ha hecho lo que venía a hacer.

La Unidad tiene aspiración documental, aunque no lo sea, y busca la sobriedad para parecer de verdad, no para serlo. Lo que vemos no puede ser verdad. Pero sí puede hacernos sentir como lo haría la verdad. Y ahí está la clave de todo lo que va a ocurrir.

Aviso: Ligeros spoilers. No se desvela la trama ni el final pero sí algunos detalles.

 

1. El policial y la verdad

Historias de policías o de terrorismo se pueden contar en todos los formatos, y unas saldrán mejor y otras peor. En La unidad está Homeland, porque es imposible hacer una serie que hable de yihadismo sin influencia de esta, y está El Príncipe. Pero El Príncipe era un culebrón de toda la vida al que le gustaba disfrazarse de thriller y Homeland quería parecer verdad de vez en cuando para no serlo cuando hiciese falta. La unidad aspira a algo más. 

Es un policial, sí, y también hay en él una serie de espías, que cada capítulo va asomando un poco más la cabeza y que se desvela fundamental en el arreón final. Sus creadores, Dani de la Torre y Alberto Marini, han explicado en entrevistas que se inspiraron en el estilo de Kathryn Bigelow en La noche más oscura o el de Paul Greengrass en United 93, con distancia y sobriedad, sin excesos de cámara. Las escenas de acción tienen también el sello de Vaca Films, productora de esta serie y de El niño o Celda 211.

Irónicamente La Unidad destaca por lo verosímil que querría ser y no puede. Aunque las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado tienen departamentos encargados de ayudar a producciones audiovisuales de todo tipo, obviamente no van a permitir que aparezcan en una serie de éxito todos sus métodos de trabajo. Lo que vemos es veraz pero no al 100%. Se debe acercar bastante a cómo funcione el equivalente a la Unidad de Investigación de la Policía Nacional, pero no por completo.

Las secuencias de violencia son cortas, tensas y sin aditivos, con la cámara alejándose y despersonalizando lo que se ve -excepto con una excepción, que comentaremos al final-. Y hay una razón, la misma que existe para todo: que nuestra reacción sea la misma que tendríamos si asistiésemos a esa violencia en la vida real.

 

2. Los personajes y la verdad

Solo hay seis capítulos, así que los conflictos que humanizan y nos acercan a los agentes de La Unidad son muy básicos. Lo que da tiempo en tan poco espacio si quieres desarrollar bien la trama criminal. Nos recuerda que los maderos son gente que se pica con sus compañeros de trabajo por tonterías, cuida de sus perros o discute con su pareja sobre qué regalo le hacen a un amigo que se casa. Pero que al día siguiente por la mañana tienen que asegurarse de que han revisado bien los datos de cierto sospechoso, o ese tipo puede volarse por los aires en una estación de tren en Francia y matar a 20 personas.

También son gente que, cuando llega a un nivel de seguridad como el que vemos aquí, si su hija le pide dormir en casa de una amiga del cole primero tienen que investigar a toda la familia de la amiga antes de darle permiso. 

Carla Torres, el personaje de Nathalie Poza, se va comiendo poco a poco una serie que por concepto es coral y se crece en los dos últimos capítulos. Se echa de menos precisamente una serie un poco más larga que hubiese permitido a la comisaria convertirse en un icono de la televisión española. Esperemos que se confirme la segunda temporada y que tenga la oportunidad de más diálogos como los del capítulo seis. 

Por otra parte el reparto no arriesga con los secundarios. En papeles relevantes tenemos a Fele Martínez, Luis Zahera o Francesc Orella, dándole una credibilidad a sus diálogos necesaria para que sus personajes no acaben pareciendo estereotipos.  

La serie despliega también varios dispositivos para intentar no caer en un discurso maniqueo o racista, presentándonos la mayor cantidad de personajes musulmanes variados que puede. Asistimos a la vida detrás del pañuelo de mujeres musulmanas en Melilla (en bikini y bebiendo vino a espaldas de los maridos). También tenemos un momento triste cuando es precisamente uno de los vecinos de Gerona, un pequeño comerciante cuyos hijos ya han nacido en España y que colabora en todo con la Policía porque quiere impedir muertes, el que sufre más racismo.

 

3. La memoria y la verdad

Hace casi dos meses hablábamos por aquí de cómo La casa de papel se atrevía a llevar el POP de derribo donde pocas series españolas han llegado porque nos mostraba coroneles del CNI que torturan de forma ilegal, autorizan asesinatos y mienten a la prensa. La Unidad es otro formato, uno más sutil. La Unidad no quiere que cantemos el Bella Ciao, no quiere que gritemos de alegría cuando un personaje sobrevive o nos hagamos póster con ellos.

La Unidad quiere parecerse a la vida real, no sublimarla. Por eso lo que quiere de nosotros es incomodidad y cierta tristeza. Quiere empatía hacia sus personajes, no admiración. También nos recuerda que no está contándonos un suceso, sino un proceso. Apela a nuestra memoria colectiva, tanto del 11-M o las Ramblas como del terrorismo de ETA, que se hace presente a través de los diálogos y el pasado de alguno de los personajes. 

Es la diferencia entre un policial que solo busca entretener o adoctrinar y otro que intenta plantearnos la realidad de lo que ahí se representa. En un proceso, a diferencia de un suceso, somos seres con un pasado y una memoria que sentimos y actuamos en base a ella. Sin esa memoria no se puede reaccionar igual, y a esa memoria colectiva remiten algunos de lo momentos más duros de la serie, que no son necesariamente los más violentos. La policía española no es la más eficaz del mundo capturando yihadistas porque sí. Hay razones políticas, policiales y geográficas. Pero también históricas. Y están aquí.

El guion plantea trampas que luego se revela que no son tales. Hay un momento en que algunos agentes se cuestionan la necesidad de torturar a un detenido para salvar vidas. Pero lo que luego vemos no es lo que los personajes habían verbalizado minutos antes. De hecho, es algo que ni siquiera hace la unidad, lo hace la Policía de Marruecos, y la mitad sucede en off. Luego el policía marroquí le dice a una de las agentes españolas que se llevan bien porque, aunque sea diferente cultura y religión, son los buenos -los que protegen- frente a los malos -los que hacen daño-. Ella responde: “o al menos lo parece”.

 

4. Lo que sientes y la verdad

La serie no son seis capítulos, son cuatro y dos. Todo lo que ocurre en los cuatro primeros nos está preparando para lo que va a pasar en los dos últimos. Para que lo que vemos allí tenga un significado que, de otra manera, sería muy diferente para nosotros. La historia se podría haber empezado a contar desde el capítulo cuarto y la descripción del funcionamiento de la Unidad de Investigación Policial habría sido la misma. Pero nuestro tránsito emocional y nuestras conclusiones, como espectadores y como ciudadanos del país que vivió el 11-M y cuatro décadas de terrorismo etarra, habrían sido muy diferentes. 

La Unidad tiene una de las secuencias más impactantes que se haya atrevido a rodar una serie española jamás, no solo por lo que ocurre sino por cómo se cuenta. Es necesario llegar a ella virgen y procesarla despacio. Necesitamos pararnos a filtrar lo que acabamos de ver y aceptar lo que pasa por nuestra cabeza y nuestras tripas. Es valiente y terrible y no la voy a comentar más. 

Si no tuviésemos en la cabeza los cuatro episodios previos no entenderíamos las decisiones que toma el personaje de Nathalie Poza ni el discurso que lanza a su unidad tendría el mismo significado para nosotros. Tampoco asistiríamos igual a la conversación extraoficial que mantienen Marcos (Michel Noher), Sergio (Luis Zahera) y Miriam (Marian Álvarez).

Es una estructura que responde a provocar nuestra incomodidad más que la euforia o el miedo. Es una búsqueda de la empatía con los personajes desde la compresión más que desde la identificación. Y, sobre todo, nos prepara un final que habla más de cómo sigue la vida de “los buenos” que de si existen o no “los malos”.

La ficción no está solo para evadirnos o para darnos un masaje. No tiene la obligación de confirmar nuestros prejuicios ideológicos. Ni siquiera necesita que nos lo pasemos bien. A veces necesita dejarnos incómodos con nosotros mismos y con lo que acabamos de ver. Por eso tras disfrutar de la seca búsqueda de la verdad en La Unidad tenemos que preguntarnos por qué estas series son tan raras en nuestro país y por qué hacen falta.

 

Jose A. Cano (@caniferus)

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