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La trinchera infinita: cómo caer de pie tras un gran salto
4 min

El reto para ellos era importante, y ha salido bien. Muy bien. El trío responsable de Loreak y la ‘goyizada’ Handia zarpaba desde Euskadi con muchas expectativas sobre sus hombros (algo siempre injusto pero humano) y una ambiciosa historia para rodar entre sus manos. El resultado final con La trinchera infinita ha sido de una solidez y coherencia tal que confirma que estamos ante un grupo de cineastas capaces de absolutamente todo en España.

El trío de directores de la productora Moriarti -Jon Garaño, José Mari Goenaga y Aitor Arregi- lleva una trayectoria variable pero que se lee con una interesante continuidad. Empezó forjándose en la animación (Supertramps, Cristobal Molón) y el documental (The dragon house, Lucio, Perurena), y su construyó en su paso a la ficción en largo a base de dramas actuales e íntimos (En 80 días y Loreak). Su viaje ha continuado con dos inusuales historias centradas en el pasado (Handia y ahora La trinchera infinita) que se pueden entender perfectamente juntas. Esta nueva película sobre un topo de la Guerra Civil es el reverso de su predecesora: si Handia se centra en un hombre que es obligado a exhibirse para sobrevivir, La trinchera infinita es la de otro que debe ocultarse para lo mismo.

Garaño, Goenaga y Arregi exploran en estas dos películas, a través del sufrimiento de dos personajes masculinos de otros tiempos, los problemas de la sociedad y las instituciones de su época. Por su condición física o su posicionamiento político. Hacia fuera y hacia dentro. En el caso de la historia del ‘topo’ Higinio (Antonio de la Torre) suponía la enorme dificultad de construir ese rechazo desde el interior, desde la oscuridad del hogar y desde la experiencia subjetiva aislada. Una simple mirilla como manera de acercarse al mundo, y con una sola persona de confianza (Belén Cuesta).

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El trío se ha empeñado en definir esta vivencia de Higinio durante más de 30 años como «una alegoría sobre el miedo». Los símbolos son amigos peligrosos. Sobre todo si los buscas y los quieres hacer demasiado evidentes. Evocar ideas o conceptos de forma muy consciente y premeditada a veces se puede volver en contra porque se asfixia parte de su fuerza esencial: su interpretación sin cerrar, su capacidad para abrir nuevos caminos. Lo bueno de La trinchera infinita, pese a lo clara que es en sus objetivos, es que es tan precisa y tan potente que alcanza las sensaciones ansiosas que busca sin regodearse en la dramática condición de su protagonista.

Con un inicio lleno de ansiedad y dos largo tercios de aislamiento íntimo y matrimonio desesperado, la película incorpora con inteligencia su evidente y tentadora lectura político-histórica en ese permanente agujero personal aterrorizante. La vida de Higinio a largo de tres décadas es, por supuesto, la representación extrema y física de la de muchos españoles que estaban en contra del franquismo. En negación y rebeldía en un principio, la asfixia y la oscuridad paulatina de un país que se encierra sobre si mismo crean con el tiempo un estado extraño, una mezcla de resignación y desencanto paralizante con la situación política. Por evidente no deja de estar bien hecha.

El cuidado sobre cada detalle de La trinchera infinita es máximo, desde el fuera de campo hasta las luces que implican cada plano. Un trabajo impresionante que se quedaría en una buena composición formal si la construcción de sus dos personajes principales, absolutamente protagonistas de la película, no funcionara. Tienen una enorme carga dentro de los subtextos de la obra. Y aquí los Moriarti también han dirigido exactamente a los actores hacia el difícil equilibrio dramático que querían, y tanto de la Torre como Belén Cuesta aportan muchísimo a un guion que no puede dejar de ser humano y cotidiano en su asfixia. La actriz, habitual en la comedia, borda el personaje más difícil de su carrera.

Lo que ha hecho Cuesta es el ejemplo más claro de lo que es esta película: un importante salto hacia delante para todos sus responsables. El trío de cineastas vascos cae totalmente de pie de ese vuelo por haber compuesto un meticuloso trabajo cinematográfico y sensorial, que, sin arriesgar demasiado, es capaz de llegar a todas sus metas. La trinchera infinita será generosa con tu atención durante dos horas y media.

 

Arturo Tena (@artena_)

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