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La mujer ilegal: El dedo en el ojo
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En nuestro día a día, cada vez que ponemos la televisión, escuchamos la radio o abrimos un periódico, en mayor o menor medida, el tema migratorio abarca parte importante de la información. Pero aún así, si ahondamos en el terreno y preguntáramos a nuestros allegados, o a nosotros mismos, por la situación real de estas personas; casi de inmediato, llegaríamos a la conclusión de que saber, como tal, no sabemos nada. Que todo lo que nos llega no es más que ruido de fondo.

Con La mujer ilegal, su última película, el cineasta catalán Ramón Térmens (Jóvenes, El mal que hacen los hombres, Catalunya übber alles) escarba en la problemática, precaria y desesperada situación de los inmigrantes irregulares en nuestro país. Para ello construye una película compleja, llena de aristas emocionales y de tramas conflictivas de resolver, que se engarzan entre sí ofreciendo un drama social lleno de veracidad.

La mujer ilegal: El dedo en el ojo

La escena de apertura de La mujer ilegal engloba tanto el estilo como los subtextos que Térmens quiere dar a su historia. En ella se nos ofrecen los testimonios de unos inmigrantes irregulares, en situación agónica y de desamparo, y a su abogado Fernando Vila (Daniel Fajardo) que lucha por ayudarles con todos los recursos al alcance de su mano.

A través de la posición del abogado, lograremos tener una radiografía completa de la vida que llevan estas personas en nuestro país; del mal uso de la ley de extranjería y de la verdadera realidad de los famosos CIE (Centros de Internamiento de Extranjeros). Ese abogado luchará por ser la “molestia” de una sociedad corrupta, aunque él mismo reconoce que su capacidad es limitada ante un enemigo de tal entidad.

La mujer ilegal tiene la virtud de tratar sobre diversos temas, no todos desarrollados con la misma brillantez. Si bien Térmens posee la maestría para dibujar con precisión los problemas del Estado y así convertirse en la voz de la conciencia para el espectador, el relato flaquea cuando la obra se acerca más a los cánones del thriller clásico, debido a que su montaje no es seco y cortante, sino más bien pausado y calmoso. Por eso, su trama de altas esferas de corrupción policial y redes de prostituciones queda relegada a un segundo plano al no conseguir imprimirle la adrenalina propia de estos tipos de narración.

La mujer ilegal: El dedo en el ojo

En contraposición, el estatismo de la cámara de Ramón Térmens -con Pol Orpinell como director de fotografía- y sus formas cercanas al documental unifican perfectamente con la inmovilidad de las personas ante esta situación, por eso en los momentos de mayor dramatismo narrativo será donde la película se eleve más. Mostrándose como una verdadera herramienta para abrir conciencias, construyendo un discurso para que la población abra los ojos ante situaciones indefendibles.

Aquí se pone el foco en la autoridad, en los mandatarios, en los responsables de que estas situaciones ocurran. Como en esos Centros de Internamiento de Extranjeros (curioso eufemismo el internamiento para pasar por alto la palabra detención) la gente desaparece, pierde la vida y nadie mueve un dedo por ello. Y para profundizar más en ello, gracias a ese aire de documental, adereza sus créditos finales con testimonios reales de personas que han estado en los CIE y conocen, de primera mano, sus temibles tratamientos.

Así, la mujer ilegal funciona como denuncia y reivindicación de que los seres humanos no pueden ser una etiqueta con un número a la espalda. Ahí está el reflejo de una sociedad que mira para otro lado y la importancia de personas que sean ese imprescindible “dedo en el ojo” para poder luchar contra los elementos.

 

Pablo Vergara (@BonaseraPablo)

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