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La comunidad: 20 años de la consagración de un estilo
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La comunidad: 20 años de la consagración de un estilo

El terror y la comedia desde el costumbrismo de Álex de la Iglesia consiguen no envejecer por el tratamiento tan único de los tópicos que retrata

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O tampoco tanto. El «estilo» es un invento de los comentaristas venidos arriba y que, si existe, no tiene una foto fija, sino que evoluciona. Es un proceso, no un suceso. Muchas de las características del cine de Álex de la Iglesia que desde La comunidad se consolidan ya estaban en sus películas anteriores, y nunca aparecen tal cuál ni ordenadas de la misma manera en las siguientes.

No es su película más premiada ni la más taquillera. Se podría discutir si es la de mayor impacto cultural en su momento, algo difícil de medir y en lo que compite con El día de la Bestia -simplemente eso no se hacía en el mainstream español de entonces- y Balada triste de trompeta -que sí que se hace en el mainstream de cualquier parte hoy en día-.

El propio Álex de la Iglesia reniega del concepto de estilo y afirma preferir «la enfermedad», y probablemente más sabe él que nosotros, ya que también tiene la mejor cita sobre crítica cultural expresada por un director de cine jamás, Nueva Sinceridad pura, tal y como lo recoge Pedro Vallín en el libro Me cago en Godard:

«Cuando dices que algo te gusta te estás desnudando porque eso que te gusta te define. Quedas retratado. En cambio, si dices que no, que algo no está bien, tu nivel de exigencia y tu identidad cultural siguen siendo una incógnita».

 

Aquí, aquí, aquí no hay quien mate, aquí no…

La comunidad

En La comunidad tenemos el humor negro, el terror y la intertextualidad desbocada que ya se habían visto en Acción Mutante, El día de la Bestia o Perdita Durango, con dosis extra de casticismo bizarro que había sido la columna vertebral de Muertos de risa.

Es básica la idea de terror desde lo cotidiano y, de hecho, desde lo netamente ibérico, como vendrá después en Crimen ferpecto, Balada triste de trompeta o El bar. Con la primera y la última tiene en común la conversión de ese espacio cerrado sacado del costumbrismo más realista en una trampa mortal, sea la casa de vecinos, el centro comercial o, en fin, la cafetería de la esquina.

La violencia que De la Iglesia acomete en esos espacios, estilizada pero excesiva e incómoda, ha sido analizada una y mil veces, pero él mismo ya explicaba en su momento que no es sino la traslación de la que existe en la vida real, tanto simbólica como literal. El vecino descomponiéndose durante años, muerto ante sus tele en funcionamiento, no es producto de su imaginación sino una noticia del telediario que no ha dejado de repetirse estas dos décadas.

El bilbaíno debutó con dos películas a principios de los 90 de esas de las que «en España no se hacían» y en Muertos de risa le dio un repaso histórico, a base de hostias, al POP patrio, como si fuese un borrador de Balada triste de trompeta en el que aún le quedaba algún complejillo.

La comunidad

Pero en La comunidad para empezar a rodar no le dio a una claqueta, le abrieron toriles. Su retrato del costumbrismo huye de los tópicos no por buscar el extrañamiento del espectador sino por necesidad expresiva. La opresión de la cotidianidad española no se estiliza en terror psicológico ni en melodrama, no se insensibiliza mediante la comedia, sino que estalla como violencia y miseria inopinadas.

Eso sí, la protagonista que encarna Carmen Maura -que, recuerden, su nombre salía en los carteles más grande que el de de la Iglesia o el título de la película- es mucho más amable, más cercano y, digamos, normal, o al menos propio de la España del pelotazo de la época, que los personajes que nos sirven de guías en el mundo del sinsentido de otros filmes del director.

 

13 rue de la Iglesia

La comunidad hizo 7 millones de euros del año 2000, cuando, en realidad, ninguno sabíamos todavía contar en euros. Apenas tres años después se estrenó Aquí no hay quien viva, le pese a quien le pese uno de los mayores éxitos de la televisión española y una de las comedias más influyentes y más influidas de nuestro audiovisual. ¿De dónde creen ustedes que surgió la idea de la serie? ¿Y que la villana de la función muera al ser empujada al patio interior por su peor enemiga?

La comunidad

Obviamente el tono y las intenciones son diferentes y ni Álex de la Iglesia estaba siendo el creador más original de la historia de España ni Aquí no hay quien viva se nutre solo de su película, que al final es terror y comedia negra mientras que la serie de la factoría de José Luis Moreno pretende quedarse en un astracán amable y, de últimas, tierno con sus personajes.

En realidad, y sin que tampoco inventase la rueda, al final todos sabemos que la obra seminal para ambos es el mucho más oscuro, si cabe, 13 rue del Percebe -y su apócrifo del mismo autor, 7 Rebolling Street– de Francisco Ibáñez. Si en Acción Mutante o El día de la Bestia los referentes POP eran foráneos y se adaptaban al contexto español, La comunidad es un producto que se mantiene por sí mismo en la cultura patria.

Lo que mantiene de actualidad La comunidad, en realidad, no es solo que haya conseguido adivinar el futuro de comunidades de vecinos deshumanizadas y corrupción urbanística desatada para volver inhabitables las grandes ciudades, algo que cualquier habitante de las mismas se podía imaginar hace ya 20 años, sino en la manera en que cristalizó la ansiedad, el extrañamiento y la alineación que esa misma violencia ¿metafórica? produce.

Esos arquetipos o tópicos llevados al extremo pueden ser tratados desde la comedia absurda o desde el terror, pero nunca expresados con la fuerza que solo el estilo o enfermedad únicos en nuestro cine de de la Iglesia supo darles. Algo que consigue que la voz cavernosa y chillona a un tiempo de Terele Pávez nos pueda seguir provocando pesadillas desde el fondo de su patio de luces.

 

Jose A. Cano (@caniferus)

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