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La cabina (1972)
6 min

 

Hace 6 años, se estrenó un documental norteamericano llamado Habitación 237, un curioso repaso de las interpretaciones y teorías que ha generado a lo largo del tiempo El resplandor, la mítica adaptación de la novela de Stephen King que realizó Stanley Kubrick en 1980. Esta película presenta varios niveles de lectura, con distintos grados de sentido e interés, de las imágenes y símbolos de la obra de Kubrick. Pero lo realmente valioso de todo lo que se ve en Habitación 237 no son las teorías en sí, sino el hecho de que se hayan podido producir en la cabeza de alguien. Las imágenes que creó el autor de La naranja mecánica en el hotel Overlook son un espacio para que las llene de significado la persona que las recibe. Esto es de lo mejor que tiene lo audiovisual: la capacidad para que habiten distintos puntos de vista sobre un mismo plano. Si un director es capaz, más allá de sus propias intenciones, de abrir esa multidimensionalidad en lo que ha hecho, seguirá viviendo en la cabeza de sus espectadores.

Esto mismo pasa en La cabina, un mediometraje que, en 35 minutos, ha dado pie a todo tipo de interpretaciones. Y ese es su mayor logro, por el que hoy todavía tiene una fuerza y tensión asombrosas. A raíz de los estudios que decían que este capítulo de una serie de TVE, 13 pasos por lo insólito, se trataba de una crítica simbólica al franquismo, Antonio Mercero, director de la película y recientemente fallecido, dijo que era una parábola; que es, según la RAE, una “narración de un suceso fingido de que se deduce, por comparación o semejanza, una verdad importante o una enseñanza moral”. Mercero no apuntaba a una verdad única que pudiese ser la suya o la de su coguionista José Luis Garci sino que sostenía que La cabina estaba “abierta a todo tipo de interpretaciones”, a todas esas visiones que “según la sensibilidad, cultura y formación de cada uno”, podíamos tener los espectadores. Parecía, según ellos, ser casi una simple excusa para hacer terror o ciencia ficción.

Una de esas posibles interpretaciones es la que tiene que ver con una escena específica, que resume muchas de esas bondades de las que hace gala esta película.

Metido en la cabina, un genial José Luis López Vázquez es transportado por un camión que lo lleva por un camino desconocido. Saliendo de Madrid, con la ciudad de fondo, pasan por una zona deprimida, con casas derruidas y a medio hacer. El vehículo se para por el tráfico, se oyen pitos. La música de la película cambia de pronto a una más tranquila y lírica. Ahí, detrás de un muro, aparecen y desaparecen las cabezas de dos personas que saltan -entiendo que en una cama elástica-. Una persona con enanismo está sentada encima del muro, de frente al vehículo. López Vázquez se incorpora y lo mira desde el cristal. Esta persona avisa a los otros de lo que pasa. Ahí descubrimos que esas dos cabezas pertenecen a dos payasos/mimos, y que todos son miembros de un circo ambulante. Los cuatro (se une un payaso más a ver qué pasa) miran a la cabina y a la persona que están encerrada en ella en silencio, con gesto serio. La cámara pasa primero por la cara de resignación y tristeza del protagonista, y luego por la de los 4 feriantes. Esta breve secuencia acaba con un plano detalle de lo que tiene el enano en la mano: un barco metido en una botella.

¿Qué significa esta escena? Y, sobre todo, ¿por qué es importante? Es el único momento de esos 35 minutos en los cuáles hay una mirada de piedad en lo que está pasando, de verdadera identificación. El personaje de López Vázquez, que intuye ya su destino, es mirado por aquellos que trabajan a diario siendo lo que ha vivido él durante los 20 minutos anteriores: ser el entretenimiento, el centro de atención y burla de una sociedad compuesta por simples espectadores de la miseria. Los miembros del circo miran a ese hombre encerrado demostrando una empatía que parecía no existir. El protagonista, que es, tal y como lo describía Mercero, el prototipo de “hombre gris, el hombre medio español” al principio, cumple su arco, y parece ser capaz, en esa contemplación de espejo, de entender por primera vez lo que viven los olvidados y excluidos de la sociedad. El significado de la escena queda marcado por ese plano sobre la botella con el barco, que recalca la idea de que ellos también tienen esa misma cruz; viven encerrados en un vidrio que distorsiona y del que no pueden salir. Lo inevitable es igual para todos.

Con un aire felliniano (consciente o inconsciente, la cinefilia de Garci está ahí), casi de ensoñación, esta escena ejemplifica muy bien dos de los grandes méritos de La cabina: por un lado, la capacidad – en mi opinión, intencionada– de la que hablaba de darle diferentes capas interpretativas a lo que está sucediendo en la narración (sobre todo en la parte del viaje), y por otro, el talento de saber combinar y cambiar diferentes estilos y géneros, desde la comedia hasta el terror, con una idea clara de cómo y hacia dónde tiene que ir el tono de la película. Todo siempre pensando en el espectador.

Única obra española en haber ganado un Emmy, La cabina tiene un merecidísimo espacio entre lo mejor de la historia del cine español por muchas cosas, pero sobre todo por su capacidad para sugerir y su habilidad para llevar al espectador a dónde quiere sin necesidad de imponer una visión concreta. Para ver y volver a ver.

Arturo Tena (@artena_)

1 comment

  • Alberto

    Posiblemente es el mejor cortometraje que haya visto. Comparto esa comparación del personaje de José Luis López Vázquez con un personaje de Fellini (Anthony Quinn en La Strada), caracterizado por ser visto como mero entretenimiento y ser olvidado fácilmente.

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