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Jurassic World: el reino caído (2018)
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Hubo una serie de gente que nació y creció en los 90. Era sencillo que muchos de ellos fliparan con los dinosaurios. Esa generación, de la que formó (forma) parte quien firma estas líneas, alucinó con las películas de Jurassic Park. Antes de llegar a elaborar un criterio respecto al cine y las artes en general, sus pequeños ojos quedaban fascinados ante una pantalla gigantesca por la que desfilaban dinosaurios más grandes aún. Gestionar los momentos de nostalgia es un proceso diferente para cada persona: para este miembro de esa generación un retorno esporádico al mundo de los dinosaurios, sea yendo a museos o al cine, forma parte del proceso.

Por eso este reencuentro tiene tanto de especial. El niño creció y, por cosas de la vida, acabó haciendo una página sobre cine español. Y poco después era un director español el que se ponía al frente de la franquicia de los dinosaurios (en realidad bastante antes, pero tampoco vamos a interrumpir esta bonita historia por detalles). Hay una especie de círculo que se cierra en escribir sobre Bayona dirigiendo una de las sagas de mi infancia.

Pero no tendríamos que dejar que los velociraptors no nos dejasen ver los diplodocus. No vamos a poner por los cielos una película solo por estar dirigida por un español (y no solo dirigida: muchos y muchas compatriotas han puesto sus esfuerzos en ella). Jurassic World: el reino caído es un perfecto blockbuster, con todo lo que ello implica. El suspense de escenas concretas se compensa con una previsibilidad enorme respecto al desarrollo de la trama. Por cada trepidante secuencia de acción tenemos un diálogo y un personaje plano y creado con brocha gorda. El debate moral de fondo responde más al cambio de los tiempos, menos dionisíacos (o disfrutones, elija usted el registro) que los 90, que a una idea fuerte.

La nueva saga de los dinosaurios entretiene y divierte, pero hay que abandonar cualquier ilusión respecto a la trama para disfrútala. Está segunda parte está algo mejor envuelta que la primera -con el conflicto moral de fondo- y mejor ejecutada que su predecesora. Pero la sensación de que todo lo que ocurre es apenas una excusa para llegar a la huida del T. rex está ahí. Tampoco debería sorprender a nadie que se acerque a verla.

 

El toque de Bayona se aprecia en una mayor oscuridad, un fantástico trabajo como director de orquesta en las -complejas de ejecutar, cabe suponer- escenas de acción, y una serie de guiños no solo a versiones anteriores de la saga sino también a películas anteriores suyas. Para el director de Barcelona es un rotundo triunfo. El mísmisimo Spielberg quedó muy satisfecho con el resultado, y con apenas cuatro pelis dirigidas se le abre una gran ventana para trabajar a nivel internacional.

El triunfo que Jurassic World: el reino caído supone para el cine español es más de carácter simbólico que cinematográfico. Como película no deja de ser un solvente producto de entretenimiento. La verdadera potencia de todo esto reside en que un director nacido en España (sí, donde su cine solo hace pelis sobre la guerra Civil y con desnudos, según los -creemos que por suerte cada vez menos- detractores) se haya puesto al mando de una franquicia cinematográfica de talla mundial y haya devuelto un resultado totalmente a altura de las expectativas. Para un cine que se fustiga tanto a sí mismo, la normalidad es un triunfo.

 

Carlos Pintado Mas (@CarlosPM76)

 

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