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Intemperie: feliz vuelta de Zambrano con una posguerra de western
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La posguerra española se ha convertido en una época y escenario ideal para filmar una España de western. Sordo nos propuso hace poco un país devastado y embrutecido como herencia principal de la Guerra Civil; un lugar árido el que no hay sitio para los que no acaten la ley del más fuerte. En estas coordenadas, la película encajaba una caza al hombre con el imaginario norteamericano de sombreros, caballos y pistoleros. Salió bien. Intemperie propone ahora exactamente el mismo esquema, y también ha conseguido salir airosa del reto con otros elementos.

Si Sordo se movía aún en el terreno bélico (entre guerrilleros maquis y militares franquistas) con alguna esperanza de cambio en el país en 1944, la película de Benito Zambrano se concentra en el sometimiento y la resignación (entre trabajadores empobrecidos y caciques todopoderosos) definitiva ante lo que pasaba en España, y sólo dos años más tarde. En este contexto, un rebelde (Jaime López) decide negarse a vivir esa vida y huir hacia la ciudad. En ese momento se inicia una mecánica de persecución que es donde Zambrano pone lo mejor de sí mismo en esta versión de western sucio y con crítica social. Aunque se juega con el alambre de la credibilidad con algunas escenas, la imprescindible amenaza se mantiene siempre intacta.

El director sevillano, además del western hace otra cosa muy bien en Intemperie: guiar a sus actores para tener exactamente el tono que busca para su historia. Como ocurría en La voz dormida, se nota que todos están entendiendo exactamente qué tienen que hacer. Aquí consigue que Jaime López capte exactamente el tono de un niño con mucha rabia interior, pero deseoso de encontrar referencias que le ayuden a entender el mundo, o de que Luis Callejo resulte un malo en tres dimensiones. De Luis Tosar ya no hace falta decir nada.

Donde el filme pierde parte de su foco es, a tramos, en su construcción más dramática. Si bien es cierto que la relación entre Tosar y López se compone bien en su vínculo y afectividad por el trabajo de los intérpretes, Zambrano y los hermanos Remón se dejan llevar por convencionalismos de cara a la galería en sus diálogos y en los momentos de recalcar sus mensajes políticos. Son escenas clave especialmente en su segunda parte, y les faltan la fuerza que pretendían y les sobra algo de acartonamiento. Es lo menos convincente de esta adaptación de la novela del mismo nombre de Jesús Carrasco.

Sus problemas de autocomplacencia no quitan que estamos ante una película que interpreta bien cómo quiere contar su historia. Intemperie está pensada y ejecutada con clase, y ofrece desde el western un vistazo atmosférico y sin contemplaciones sobre nuestra historia. Tiene equilibrio, eficacia, coherencia formal y se entrega sabiamente a su plantel de actores para ofrecernos un entretenimiento que se mantiene siempre honesto incluso cuando se muestra más torpe. El universo del salvaje oeste encaja en esta lectura ideológica de la posguerra andaluza porque se distribuyen bien los elementos.

Benito Zambrano cumple 20 años de carrera desde su maravillosa Solas, y lo puede celebrar tranquilo con un feliz regreso ocho años después de La voz dormida. La película que estrena ahora tiene la mala suerte de haber coincidido en un año de mucha calidad en el cine español. Eso, estando un peldaño por debajo de algunas de las mejores del 2019, es un problema. Le quitará muchas opciones de premios que, en condiciones normales, serían más que posibles. Intemperie tiene razones suficientes para no ser ninguneada.

 

Arturo Tena (@artena_)

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