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Hogar: el efectivo thriller sobre la felicidad de los hermanos Pastor
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«La publicidad es vender felicidad». Es la primera y sencilla lección que nos da Don Draper (Jon Hamm) en esa gran serie de publicistas que fue Mad MenY a eso se dedicó el protagonista de Hogar, Javier Muñoz (Javier Gutiérrez), durante 20 años: a vender felicidad. En su trabajo como ejecutivo publicitario vendía a los españoles las aspiraciones materiales que les harían felices cuando las cosas iban bien. Javier acabó incorporando la felicidad de su publicidad a su propia vida, que se asentaba sólo sobre lo tangible y la imagen que proyecta. Pero cuando las cosas dejan de ir bien en España lo material desaparece, y Javier pierde su felicidad porque ya no puede vender a la sociedad lo que no tiene. Este thriller de los hermanos Pastor, sin arriesgarse mucho, entra con tino en estas bases perversas de nuestro sistema.

En el marco de felicidad y éxito que quiere proyectar Javier, el lugar donde vives es el símbolo principal para exportar tu imagen. Ahí es donde empieza la ilusión. Los Pastor son hábiles en construir el centro de la obsesión de Javier en la casa, como bien apunta el título. En un país donde hay una gran preocupación por la vivienda, los directores y guionistas aciertan en sobreexponer la dimensión de estatus que puede significar nuestra residencia. Una vez que ese centro gravitacional se pierde, Javier, publicista de sí mismo, pierde su razón de ser.

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Ese proceso de frustración, obsesión y maquinación de Javier alrededor de la casa es lo mejor de Hogar, todo salpicado con buenas dosis de crítica social, una interesante selección de elipsis y una construcción del conflicto que toca las teclas psicológicas que tiene que tocar. Aquí el dueño de la función es Javier Gutiérrez, muy capaz de interpretar y hacer lucir un personaje que soporta y rumia por debajo algo tóxico. Cuando el apellido de «psicológico» se hace más presente en este thriller, la película crece a lomos del siempre fiable Gutiérrez.

Es inevitable que este esquema personal, también con un piso como punto central, nos recuerde a El autor, donde el actor gallego también interpretaba a un personaje que desarrolla una psicosis. Pero Hogar no tiene la sutileza ni los mismo objetivos que El autor. Aunque los Pastor lo integren de forma elegante y con sentido, la sensación de molde del género se impone una vez van entrando en juego más personajes, la dinámica se acelera y nos alejamos de la psique de Javier para entrar más en sus acciones. Aún así, y pese a ciertas consecuencias demasiado convenientes, la trama aguanta sin demasiado problemas los envites hasta el final.

Veremos qué recorrido de espectadores tiene, pero viendo el resultado se puede decir que Netflix ha acertado apostando por producir Hogar. Ha acertado porque los Pastor han entregado el producto de consumo que seguramente esperaban y porque la pareja tiene el talento suficiente para introducir en él elementos de interés que alejan a la película del peligro de nadar en el mar de la mediocridad de la plataforma. El resultado es un thriller efectivo, dentro de lo estándar, pero bien pensado y ejecutado en poco más de hora y media. Un filme sólido sobre la felicidad de dinero y cartón piedra en el que incluso hay tiempo para un último mensaje simbolico.

 

Arturo Tena (@artena_)

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