Estás leyendo:
Godot: Beckett a medio camino
4 min

Godot gira en torno a un grupo de personas reunidas en una casa de campo para montar una obra de teatro. Alguien les está coaccionando para que cumplan con los ensayos y la representación de una pieza llamada El grito. Mientras, un cámara y un sonidista tienen que registrar todo lo que está pasando.

Lo que ese pequeño equipo de dos personas ha grabado es lo que se ve en Godot, que se presenta desde los títulos iniciales como una película semi-found footage: lo que descubre el espectador sería un metraje editado de lo que ocurrió durante seis días en ese enrarecido ambiente rural, que fue lo que duró más o menos el rodaje de la película real en Los Pedroches (Córdoba).

Esta es la curiosa premisa que ideó y rodó en 2014 el cordobés Chico Sánchez, que es el director y guionista de la película y fundador de la Escuela de teatro y cine Actúa Córdoba, que se ha encargado también de la modestísima producción de Godot, que ahora se estrena por fin en cines tras un largo proceso de montaje.

Godot: Beckett a medio camino

Viene al caso hablar de Actúa Córdoba porque este pujante centro formativo marca claramente el enfoque didáctico y existencialista que tiene la película, que se desarrolla como un explícito experimento con el que enseñar cómo cine y teatro se abrazan y se señalan mutuamente para cuestionarnos como seres humanos.

El teatro del absurdo de Samuel Beckett y su Esperando a Godot son la base de una historia en la que encontramos algo de thriller, toques de terror y, sobre todo, distintos duelos dramáticos dentro de ese encerrado grupo, que tiene que ir lidiando con una situación que no terminan de entender y que les asfixia.

El planteamiento de Sánchez crea un metadispositivo desacomplejado a nivel técnico, sugestivo en su relación con la realidad y bien definido en la presentación de sus personajes. Todo intercalado con un inteligente montaje paralelo: por un lado, todo el transcurso de los ensayos y la vida dentro de la compañía, y por el otro, la representación misma de la obra El grito.

El problema está en que, según avanza Godot, acaba siendo mucho más estimulante la propia interpretación de la interesante El grito -obra de teatro separada del propio Sánchez- que lo que se hace con las imágenes, los personajes y situaciones «reales». Y eso es un problema si se tiene en cuenta que ocupan la mayoría de los sobreestirados 105 minutos de película.

Una vez establecida la estructura en paralelo y la mecánica del «ángel exterminador», la película da la impresión que no sabe bien ni el tono ni el camino que quiere tomar. La propuesta se va diluyendo entre situaciones y conflictos sin consecuencias, decisiones que acaban en el aire o diálogos más dirigidos a formarte que a sugerirte. Las referencias, rebeliones y búsquedas de respuestas de los personajes se vuelven cada vez más caprichosas.

Godot: Beckett a medio camino

A diferencia de la estimulante Derechos del hombre (Juan Rodrigáñez, 2018), la reflexión sobre nuestra propia existencia de Sánchez no se despega de la que ya hacía su fuente beckettiana y que, de una forma original, reinterpreta con tino en El Grito. El resto acaba siendo más conservador de lo que aparenta, demasiado pendiente en mantenerse fiel, en querer justificar cómo y por qué está contando lo que está contando.

Esfumada la tensión narrativa y la voluntad de tomar vuelo propio en su discurso,Godot queda como una apuesta que reduce su valor a lo arriesgado de su concepto y a su capacidad educativa. Hay que valorar a Sánchez su desparpajo y capacidad para transformar lo limitado de sus recursos en un conjunto salvable -destacan las naturales secuencias corales-, pero el concepto de la película se queda a medio camino de lo que pretende.

 

Arturo Tena (@artena_)

 

 

Dejar respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Input your search keywords and press Enter.