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Fructuós Gelabert, el primer artesano de nuestro cine
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Fructuós Gelabert, el primer artesano de nuestro cine

 

El gran Segundo de Chomón seguramente sea nuestro pionero del cine de los orígenes más reconocido en todo el mundo. Pero tuvimos, por suerte, algún otro además del genio de Teruel. La memoria de nuestra cinematografía está compuesta por diversas personas que hicieron importantes contribuciones técnicas y artísticas, pero que no han recibido ese justo proceso de reivindicación historiográfica que sí ha tenido, por méritos propios, Chomón. Una de esas figuras que destaca por encima del resto es, sin duda, la de Fructuós Gelabert (1874-1955).

Gelabert fue un ebanista del barrio de Gràcia que se volcó sobre un invento que dominó como nadie en España durante muchos años. ¿Por qué nos tiene que importar este tipo? Así, en pocas palabras, porque es básico para entender el nacimiento y desarrollo técnico, artístico e industrial del cine en nuestro país. Nada menos. Un precursor del cine español, y tú, ahí, sin conocerlo.

 

EL TÉCNICO QUE QUERÍA EXPANDIR EL CINE

 

Fructuós Gelabert fue, sobre todo, un auténtico visionario a nivel técnico. A diferencia de Alexandre Promio, José Sellier Loup o Francis Doublier, que hicieron poco antes que él las primeras filmaciones en España, Gelabert no fue enviado por los Lumiére ni les compró a ellos el cinematógrafo. Él se construyó el suyo por sí mismo en su taller, innovando con lo que sabía de mecánica y fotografía. Llamó a su aparato el tomavistas. Una máquina que en seguida funcionó con los efectos fotográficos deseados, y con la que se decidió a empezar a rodar e impresionar (esto sí que lo hizo en París).

Gelabert dominaba como nadie en el país una maquinaria totalmente nueva en 1898. Es por eso que se convirtió en un auténtico desarrollador de la industria del cine. Gelabert trabajó muchos años como director técnico para la primera casa dedicada a material cinematográfico en España, Diorama. Su labor como técnico e instalador de salas y espectáculos cinematográficos fue clave para que proliferasen los cines en todo el país. Viajó a diferentes zonas, especialmente en Cataluña, para que cada vez más personas pudieran acercarse y disfrutar del cinematógrafo. Gente que no habría podido ver el nuevo invento, fue así testigo del mismo.

El problema principal con el que se encontraron él y sus colaboradores para realizar esta labor de divulgación era la falta de luz eléctrica en los pueblos. A Gelabert se le ocurrió una solución improvisada. Como Diorama se había hecho con un coche para acercarse a las zonas rurales, adaptó una dínamo al eje de las ruedas, lo que proporcionaba la energía suficiente para la demostración del cinematógrafo. Él sostiene en su biografía que algunos norteamericanos vinieron a ver su invento para copiarlo.

Pero nuestro héroe sabía que aquello era para salir del paso, por lo que siguió investigando durante doce años para encontrar una solución fiable al problema: unas lámparas que llamó “Oxi-aérea-acitelénica”. Vale, lo suyo no eran los nombres. Pero con este invento consiguió una fuente lumínica formada por oxígeno y acetileno que sustituía el fluido eléctrico. Superaba incluso en potencia al foco eléctrico, y sin ningún peligro.

Su otro gran proyecto innovador fue el cine en relieve. Gelabert estaba convencido en 1898 de que podía proyectar una película en 3D. “Construí, al efecto, una máquina doble, con dos arcos, o sea dos linternas, y conseguí una proyección fotográfica completamente limpia y sin obturación de ninguna clase, pero sin obtener realmente el relieve”. Así lo explica en sus memorias. No lo consiguió en esos años, pero se quedó cerca tiempo después con una máquina que sí que aportaba relieve, aunque la imagen no terminaba de ser buena. Recordemos que hubo que esperar hasta los años 30 para un verdadero 3D en salas. William Frieese-Greene, Frederick Eugene Ives, Edwin S. Porter o William E. Waden son siempre mencionados como primeros experimentadores del relieve en el cine de los orígenes. Añadamos a Fructuós al grupo.

Ya retirado de la producción y la dirección, en 1935 ideó y patentó un proyector de cine que iba sin cinta destinado para la proyección educativa. Esto eliminaba el deterioro de las películas, y lo hacía mucho más cómodo de transportar y almacenar en clases y centros. Su última gran idea.  

Escena de Riña en un café (1897)

 

GELABERT, EL REALIZADOR

 

Lo de Gelabert y el cine fue amor a primera vista: gran apasionado de la linterna mágica desde su adolescencia, no dudó en ir a descubrir el invento que los Lumiére habían instalado en la galería fotográfica Napoleón en la Rambla de Santa Mónica de Barcelona. Se quedó maravillado. Unos meses más tarde, el electricista José Ubach, que dirigía un centro con cinematógrafo, le invitó a verlo. Fue ahí cuando se dio cuenta de las grandes posibilidades del medio y decidió volcarse en ello. Enseguida construyó el tomavistas, y poco después rodó con esa cámara Riña en un café (1897), la primera película con argumento de la historia del cine español y catalán. Con 23 años, el joven Fructuós había abierto un camino nuevo con una disputa amorosa entre dos hombres, una corta comedia.

Pese a esta innovadora aportación a la ficción, Gelabert se distinguió en los primeros compases de su carrera como realizador por su atención al cine documental, realizando una importante cantidad de reportajes. Si Chomón era Meliés, Gelabert era más Lumiére. Uno de los más exitosos fue Vista de Doña María y Don Alfonso XIII a Barcelona (1898), que se convirtió en la primera película española con una venta internacional; la Pathé la compró para distribuirla en Francia. Con contadas excepciones (Dorotea (1898) y Choque de dos trasatlánticos (1899), en la cual se utilizaron maquetas por primera vez en España), sus siguientes películas son valiosos retratos de lugares y la vida popular en Barcelona, contribuyendo decisivamente a crear una imagen de la ciudad en la retina de los espectadores, culminando con la ficción Los guapos de la Vaquería del Parque (1905).

Tras esta última película, sin abandonar reportajes y realismo, Gelabert empezó a interesarse más por un cine de situación, con adaptaciones teatrales (Terra baixa (1907) Rigolletto o La Dolores (1908)), capítulo históricos (Guzmán el Bueno (1909)) o películas de aventuras (Ana Cadova (1914) o El sino manda (1917)). La evolución del nuevo arte implicaba ofrecer nuevos desarrollos en el lenguaje narrativo, algo que Gelabert entendió muy bien.

En su última etapa, marcada por el impacto de la Guerra Mundial y el retroceso de la industria cinematográfica española, siguió alternando la filmación de lo real con otro tipo de producciones que ya estaban encandilando al público de la época. Obtuvo, por ejemplo, gran éxito con dos comedias (Viajar sin billete y Por el hilo saca el hovillo (1924)), el género estrella en el aquel momento. Estas películas certificaban también su capacidad para dominar distintos géneros y producciones.  Siguió su actividad regularmente hasta 1928, cuando rodó la que acabaría siendo su última película comercial, La Puntaire, una adaptación de un poema que solo tuvo cierto éxito en Cataluña.

La llegada del sonoro significó la desaparición de Gelabert del mapa. “Hasta aquel momento había dedicado mi experiencia profesional, poca o mucha, solamente al arte mudo; pero el creciente y natural interés del público para la película sonora fue desplazando a muchos productores, y, entre otros, a mí, puesto que posteriormente no se me ha presentado ocasión para realizar ninguno de mis proyectos”. Poco que añadir a lo que explica él mismo. Cerró su carrera como realizador con 102 películas en su haber.

No hay duda del inmenso valor de Fructuós Gelabert dentro de nuestra historia del cine. La explicación a que su nombre haya quedado algo sepultado por el paso del tiempo quizás está en que, a diferencia del genial Segundo de Chomón, nunca trabajó fuera de nuestro país. Al principio de su carrera lo rechazó, cuando dos norteamericanos le ofrecieron un contrato en Estados Unidos. Se negó por cuestiones familiares y por un apego a su tierra. Sin embargo, leyendo sus memorias, también se puede encontrar cierto resentimiento a una lealtad que entendió no siempre correspondida: “Deseaba hacer en mi Patria una gran labor cinematográfica, en la que he de confesar que no he sido siempre ayudado”.

Como otros artistas, Gelabert no fue siquiera muy valorado en su tiempo, especialmente en sus últimos 20 años de vida. Es por eso quizás que sus obras son dificilísimas de ver hoy día. Nunca es tarde para colocar a este maestro en el lugar que merece. 

 

BIBLIOGRAFÍA

 

“Memoria de dos pioneros. Francisco Elías y Fructuós Gelabert”. José María Caparrós Lera. Colección Cine-Biografías. Barcelona. 1992

“Los inicios del Cine en España (1896 – 1909). La llegada del cine, su expansión y primeras producciones”. Palmira González López. Liceus, Servicios de Gestión y Comunicación. Madrid. 2005

 

 

Arturo Tena @artena_

 

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