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Fe de etarras: no hay límites al humor con buenos diálogos
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«Hace años en ETA se comía de la hostia», «En ETA siempre se ha comido de puta madre (…) yo he comido en los mejores restaurantes, pero nunca tan bien como en un piso franco». Diálogos como este se repiten constantemente en Fe de etarras, la nueva película de Borja Cobeaga, que además ha supuesto uno de los primeros largometrajes español producido por la plataforma norteamericana Netflix.

La película sigue el día a día de un comando de la banda terrorista ETA mientras espera instrucciones para actuar. El piso franco está situado en un barrio de Madrid, y como a la vez se está disputando el mundial de fútbol, la españolidad y las banderas están a la orden del día, lo que obligará a los protagonistas a un esfuerzo extra para pasar desapercibidos.

La película desató la polémica en los días previos a su estreno y volvimos a escuchar por enésima vez el debate sobre los límites del humor. Como suele pasar, el ruido se quedó de la superficie, sin ir más allá; hacer una comedia de ETA es malo. Casi no pareció importar lo que la película efectivamente era y la imagen que se daba de la banda. Fe de etarras es una comedia negra que, al igual que hace Four Lions sobre grupos islamistas: se ríe de los miembros de la organización. Nadie en su sano juicio puede ver aquí una exaltación de ETA, pero claro, la polémica de trincheras no va a pararse a reflexionar en estos pequeños detalles.

En Fe de etarras los diálogos y cómo estos definen a los personajes son lo más importante. El trabajo de guión del propio Cobeaga y Diego San José es excepcional y nos regala multitud de momentos tronchantes. El contenido de las bromas se mueve entre referencias a la gente vasca y sus costumbres (cualquiera que se asome cada cuanto a la pantalla a estas alturas sabrá que comen muy bien) y una más referencial sobre ETA, como la conversación sobre quién es España en una relación citando episodios como las Conversaciones de Argel o al Estatuto de 1979. En ningún momento el humor recae sobre las víctimas.

Junto a los hilarantes diálogos, el reparto es el otro pivote sobre el que se sustenta el éxito de Fe de etarras. Javier Cámara, Gorka Otxoa, Miren Ibarguren y Julián López dan vida a los cuatro miembros del comando. De distintas formas (López más gestual y físico, el resto más contenidos y dejando la fuerza cómica a sus palabras) caracterizan a la perfección a los improbables miembros de la célula. Las breves apariciones de Ramón Barea y Luís Bermejo también impregnan de carácter a sus personajes.

Independientemente de las lecturas que se puedan hacer a nivel sociológico, sin duda interesantes, pero fuera de los objetivos que nos ocupan, Fe de etarras es una buena película. Una buena comedia. Sus diálogos y personajes harán pasar un buen rato a cualquiera que se decida a verla. Lejos de cualquier enaltecimiento a ETA, la imagen de conjunto acaba revelando unas personas que viven fuera de su tiempo, por más que intenten engañarse sobre ello. Y también continua otro fenómeno que ha venido para quedarse, y afectará al cine español al igual que al del resto de países: la producción de largometrajes por parte de plataformas para la visualización de contenidos en streaming.

Carlos Pintado Mas (@CarlosPM76)

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