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Explota Explota: dos buenas ideas son suficientes
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Explota Explota: dos buenas ideas son suficientes

La película con las canciones de la Carrá podría haber sido mejor, pero consigue agarrarse a sus puntos fuertes

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Hacer un musical con las canciones de Raffaella Carrà era muy buena idea. Y para que esa idea funcionase en una película había que hacer sobre todo una cosa: captar el espíritu de esas canciones. Y eso hace Explota, explota, ni más ni menos. La primera película de Nacho Álvarez se agarra al aroma despreocupado y celebrativo de la música de la Carrà, le añade un inteligente enganche histórico, y no lo suelta. No hay más, ni pretende haberlo.

En un esquema romántico, Explota Explota sigue la historia de María (Ingrid García-Jonsson), que, al más puro estilo Friends, empieza con una huida de una boda italiana con el vestido de novia ya puesto. Y María pasa de Roma al Madrid del tardofraquismo, donde empieza a rehacer su vida y donde conoce a Pablo (Fernando Guallar), un empleado del departamento de censura de un programa musical de TVE.

La oferta de la película es descaradamente de cartón piedra, colorida e ingenua. Una propuesta setentera de Álvarez que va calando gracias a que combina su inocente comedia romántica con un contexto histórico español real al que le viene más que bien una ración de «filosofía Carrà». Esta mezcla inteligente hace que olvides -o perdones- su inicio precipitado a golpe de canción o de algunos torpes números musicales.

Ese contexto histórico es el de la mirada represora del franquismo nacionalcatólico, expresada en los medios de comunicación a través de la censura. Sin meterse en temas políticos -aunque se dejen ver algunas pinceladas-, Explota, explota expresa el conflicto contraponiendo lo antiguo con lo moderno, dejando ver un mundo de sexualidad más abierta que se abría paso en una España que se resistía al cambio desde arriba y a base de tijeras en salas de montaje.

Aquí encaja bien en Explota Explota el alma generacional de las canciones de Raffaella Carrà, que empezó a popularizarse en España en la época que retrata la película precisamente porque su espíritu libre le llegaba en el momento justo a un país deseoso de explotar, de bailar sin preocuparse por si la falda era muy corta. Raffa «no limits» (así la definió bien su pareja durante años, Gianni Boncompagni) representaba parte de eso en la España de la Transición, y esa es la energía histórica que sabe captar -guiños LGTB incluidos- Explota, explota. 

A lomos de estos dos agarres (las canciones y el mensaje histórico anticensura), la película sigue adelante. Ayudan también las interpretaciones femeninas: están bien tanto la versátil Ingrid García-Jonsson como, especialmente, Verónica Echegui, que se sigue destapando como una gran fuerza cómica tras Orígenes Secretos. Todas las partes humorísticas que no funcionan tanto en boca de otros actores, Echegui las clava a lomos de un acento murciano que se le ocurrió a ella.

La falta de pretensiones y sus fuertes anclas tampoco esconden que Explota Explota, con los mismos elementos, podría haber sido algo más. No nos regodeemos en la complacencia por ser de aquí: falta un desarrollo más fluido y mejores set pieces que sí la habrían convertido en un espectáculo de primer nivel. Con el mismo presupuesto -y quizá algo más de experiencia en la dirección- era posible subir otro peldaño.

Aún así, el resultado final satisface porque la película sabe hacerse fuerte en sus cualidades y es fiel a sus vibraciones «carrianas». Tres años después de La llamada, volvemos a tener una resultona comedia musical de vocación comercial. En el momento en el que estamos, tanto a los cines como a los espectadores nos viene bien pasar un rato en esta fantástica fiesta «con amigos y sin ti» -por el virus, digo-.

 

Arturo Tena (@artena_)

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