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Estado impuro: incómodo elogio de la poligamia
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Estado impuro supone la ópera prima en el largometraje de ficción del argentino Arturo Prins. Artista polifacético, ahora reconvertido en cineasta, nos propone una atrevida reflexión sobre los límites de las parejas y los nuevos modelos de relaciones conyugales. Con un marcado espíritu independiente, “hecho de tripas corazón”, la película ahonda en ciertos problemas candentes de la sociedad actual, no siempre fáciles de abordar. En la base del proyecto se encuentra una convencida exaltación de lo que ahora llamaríamos el poliamor, de ahí que tenga como sustrato intelectual la obra de Charles Fourier, Elogio de la poligamia.

Rodada en la casa de la madre del director, en una zona residencial a las afueras de Buenos Aires, y rodeado de un reducido equipo técnico, esta producción española supone un ejercicio de creación artística temerario y kamikaze. A pesar de los pocos medios con los que cuenta, financiada en parte  mediante crowdfunding, la cinta consigue el propósito con el que nace: incomodar al espectador y hacerle repensar el modelo tradicional de matrimonio monógamo, deudor de esa tradición judeocristiana todavía tan asentada.

El protagonista principal de la historia es Daniel (Gonzalo Velasco), un artista libertino, que someterá a dos parejas de amigos a un juego en donde se pondrá a prueba su fortaleza como matrimonio. Asentados en la monotonía y la falta de comunicación, Daniel les abrirá las puertas a un mundo  de posibilidades desconocidas para ellos, siempre y cuando se dejen arrastrar por sus impulsos y consigan dejar atrás sus prejuicios. Para ello contará con la ayuda de Alexandra (Stephanie Troiano) y Jacobo (Ull Galíndez), símbolos de la tentación, que serán los encargados de romper los mecanismos de defensa sobre los que se parapetan esas parejas aburguesadas y tradicionales.

La película está divida en tres partes claramente diferenciadas, que denominaremos como preparación, tentación y caída. La primera de ellas sirve para presentar a los personajes, a través de una larga secuencia predispuesta en una mesa con no pocos elementos simbólicos. El blanco inmaculado de la ropa de la mayoría de los personajes (metáfora de la pureza, de la conciencia todavía intacta) no tardará en teñirse del rojo (símbolo de los impulsos sexuales) del mantel y la botella de vino tinto con un nombre más que recurrente: Pecado.

Como en el relato bíblico, Alexandra (como esa Eva que romperá la calma en el Edén), abrirá la particular caja de Pandora, esa que hará que se tambaleen todas las normas sociales prefijadas y caducas. En ese momento comienza la lucha interna de los personajes, esa resistencia del superyó (las normas morales marcadas) frente a un ello (los impulsos) que comienzan a ser incontrolable. Es la fase de la tentación, que nos va llevando lentamente hacia el más delicioso de los pecados, un triunfo irrefrenable del espíritu dionisiaco, representado por la omnipresente presencia de la fotografía de Nietzsche, que descansa en la habitación donde se desarrolla la última parte de la trama.  

En Estado impuro encontramos influencias cinematográficas más que evidentes. Con un marcado contenido sexual, sin llegar a lo pornográfico, vislumbramos reminiscencias de Eyes Wide Shut (Stanley Kubrick, 1999) o Shortbus (John Cameron Mitchell, 2007). De la primera recupera el tema de los celos y los límites de la infelicidad. De la segunda, el tema de la apertura sexual como recurso terapéutico, una película que representaba la ciudad de Nueva York como una gran colmena de millones de personas unidas por el sexo. Esta última será la alegoría que se esconde detrás de Estado impuro. La secuencia final, ese húmedo y explícito happy end al son de Mocedades, también nos recuerda a Los idiotas (Lars von Trier, 1998). 



La diferencia con todas ellas es su marcado carácter teatral, y es que el guion de la película podría representarse perfectamente sobre un escenario. Desde el punto de vista cinematográfico, observamos evidentes deficiencias en el plano técnico, aspecto que es compensado con una labor actoral más que digna, teniendo en cuenta las exigencias que marca el guion. Estado impuro cuenta con dos problemas sustanciales. Por un lado, la mayoría de las secuencias se alargan innecesariamente, haciendo que el filme cuente con un metraje excesivo cercano a las dos horas y media. A esta falta de síntesis se le suma el carácter repetitivo que adquieren algunas de las conversaciones de sus personajes, que terminan volviendo una y otra vez sobre los mismos lugares comunes.  

Con Estado impuro, Arturo Prins vuelve a cuestionarse la relación entre parejas, tal como hiciera en el documental Autopsia de un amor (2014), en el que, a partir de las teorías del filósofo francés Michel Onfray se preguntaba por qué las mujeres y los hombres no se pueden amar. En esta última película nos da las claves: desmitifiquemos de una vez por todas la monogamia. Una máxima radical no apta para todos los públicos y mentalidades. 

 

Adolfo Monje Justo (@adolfo_monje)

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