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Entre dos aguas: Lacuesta y la soledad
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Otra película de este año con título de canción. Después de Quién te cantará, llega Entre dos aguas. Esta vez, lo que rememora el nombre es el famoso tema que Paco de Lucía grabó en 1973, una rumba que nació de la improvisación en un estudio de grabación. El guitarrista flamenco se encontró aquel año con la exigencia contractual de su discográfica de grabar un nuevo disco. Paco, sin mucho material, grabó siete temas nuevos. Su productor y coautor, José Torrregrosa, le pidió uno más, pero Paco llegó aquel día al estudio sin nada en concreto. Se sentó y salió esa “rumbita”, que era como la llamaba él. La película de Isaki Lacuesta nace con guion y planificación, pero está igual de atenta que la guitarra del genio a todo lo que surja en el momento de la creación. Esa es la magia que consigue Lacuesta y por la que Entre dos aguas es diferente a todo lo que verás este año en el cine: la realidad y la ficción se acompasan aquí de forma natural.

Si ahora es Paco de Lucía, antes era su amigo Camarón de la Isla. Esta película es la continuación de la historia real de La leyenda del tiempo (2006), un documental dramatizado que contaba la vida de Isra, un niño gitano de San Fernando (La Isla) que soñaba con ser cantaor, pero al que la muerte de su padre le cambia todo. Más de diez años después, Isra ha crecido, y después de pasar unos años en la cárcel, busca volver a unirse a su familia y rehacer su vida. Paralelamente, vemos la evolución de su hermano, Cheíto, que ha encontrado un camino estable en la vida militar y junto a su mujer y sus hijas.

Esta película es el resultado de un trabajo muy bien hecho durante años. No hay otra explicación al nivel de acercamiento y verdad que se consigue partiendo de un guion ya determinado. Lacuesta y su equipo han recorrido un camino largo, de años desde La leyenda del tiempo, para que el lenguaje audiovisual se adapte tan bien a la historia de los dos hermanos sin que parezca en ningún momento artificial, sin que haya sensación de forzar, más allá de la inexperiencia de sus actores. El conocimiento de la geografía y carácter de La Isla, muy bien captado en planos abiertos, se coordina con el desasosiego e incertidumbre de las vidas de sus protagonistas. Una labor invisible que seguramente no habría salido así si hubiese nacido en otras circunstancias.

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Aunque Isra es el principal protagonista, sobre el que se asienta la visión de las durísimas condiciones de vida de mucha gente en España, Cheíto juega un papel fundamental en la historia como el elemento de conexión entre el mundo de la desesperanza en el que vive su hermano y otro en el que las perspectivas de vida son diferentes, pero que pasan también por renuncias. Las conversaciones entre ambos, que fluyen confusas, repetitivas y entre diferentes estados de ánimo, son pura verdad. Hay tensión por la visión que tienen los dos sobre sus vidas, una volcada en el pasado (Isra) y otra que intenta buscar un futuro (Cheíto). En medio, el cariño, el dolor, las exigencias del día a día. Aquí están las dos aguas.

Una de las cosas que mejor capta Entre dos aguas es la solidaridad. Ya no solo entre los dos hermanos, en la que Cheíto intenta ofrecer un apoyo a su hermano en dificultades, sino entre amigos, entre los habitantes de una zona que se aísla -de forma deliberada e inteligente durante casi toda la película- de la parte próspera de la ciudad. Mientras el resto hace como que no existes, en la zona de la playa de la Casería no hay otra opción que apoyarte en el otro, reírte, compartir la vida en la calle aunque cada uno tenga que buscarse la vida él solo.

El de reconocerse en el otro es el único espacio que concede Lacuesta a la esperanza. Curioso en ese sentido es el papel que juega la religión en la historia de Isra, que se acerca a la misma como forma de agarrarse a algo, a un elemento superior que le puede ofrecer el amparo, el perdón y el alivio que no encuentra en ningún lado. La vía más fácil para no derrumbarse y establecer una ética inexistente. La cara de Isra, que hace unos giros dramáticos de gran talento, refleja esa lucha para no ir hacia caminos a los que su personalidad y sus circunstancias no hacen más que llevarle.

Entre dos aguas es una película sin una historia que avance claramente hacia un lugar concreto; es una serie de círculos narrativos sobre los que se van dando situaciones en la que los personajes se encuentran para resolver cosas, para no estar solos o, al menos, para intentarlo. Quizá sea un planteamiento algo frustrante desde fuera, pero es precisamente esa frustración lo que buscan sus autores. Lacuesta llega a un gran equilibrio y crea una obra que se diferencia de la construcción autoral española. Ya ha anunciado que quiere que haya una tercera parte. Ya solo si recoge la mitad de esta podría tener un gran valor.

Arturo Tena (@artena_)

 

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