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Enjambre: ¿Quién teme a las abejas?
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Erlauntza (Enjambre a partir de ahora), la nueva película de la realizadora Mireia Gabilondo, se abre con un plano general de un entorno rural hasta aproximarse, travelling in mediante, hasta una casa rural que servirá como -claustrofóbico- entorno para que seis amigas de la infancia en plena treintena saquen los trapos sucios y se pongan al día de sus vidas. En este primer plano -muy bien cerrado con el correspondiente travelling out que favorece la estructura circular, sin que esto suponga un spoiler narrativo- vemos un primer recurso de lo que podríamos “homenajes/referencias” literales a otras obras del séptimo arte, algo que caracterizará a gran parte del relato.

Frente a la casa, un grupo de músicos forma una orquesta mientras el estupendo tema ¿diegético? de Egunsetia Habanan de Audience introduce la secuencia. El “poner forma” a los intérpretes de la banda sonora conjugando un estilo realista con un ambiente casi mágico ya aparecía en el filme de Benedikt Erlingsson La mujer de la montaña, otra cinta con una importante carga feminista y de lucha contra el orden establecido (aunque en aquella también se ponía sobre la mesa el contencioso ecológico).

Tras esta apertura, nos metemos de lleno como espectadores en la vida de estas mujeres quienes, esperando pasar una divertida y plácida despedida de soltera de una de ellas, acaban escarbando en su memoria hasta tocar hueso. Heredera de la obra teatral homónima, Enjambre tiene las virtudes y defectos de las adaptaciones de representaciones interesantes a la pantalla grande. Por un lado, es capaz de sacar punta a varios elementos de la puesta en escena y del set único para crear tensión narrativa, hacer avanzar la trama y, en definitiva, contar una historia a lo largo de una hora y media.

Por el otro, Enjambre adolece de ciertos tics heredados de la dramaturgia (y de otras obras fílmicas con idéntico origen) que nos hacen navegar por lugares comunes. Eso sí, todo ello adaptado a las preocupaciones del mundo actual. Sin embargo, muchas veces la trama puede resultar ya vista, sobre todo cuando la literalidad de algunos de sus referentes es tan clara. Quizás la apuesta era justamente esa, pero llega a afectar a la frescura del punto de partida. Por último, y antes de entrar en materia de forma más pormenorizada, tampoco le hace ningún favor el no trabajar el subtexto, mostrando en pantalla la literalidad de la tesis que abraza el film. Es obvio de que todas las narraciones tienen un mensaje, pero la sutileza (llamada historia) creo que es una aliada necesaria.

Para empezar, los elementos iniciales pueden resultar un tanto forzados. Quien más o quien menos puede empatizar con el contexto de nuestras protagonistas, pero el estado de felicidad -y los roles de cada uno de los personajes- funciona como un estereotipo en el que el maniqueísmo chirría. Esta sensación también me vino a la cabeza con el reciente estreno de la también producción vasca Akelarre: tomando como elemento de reafirmación femenina la figura de la bruja -entendida como mujer libre pensante en una época en la que a la sociedad machista este hecho era sinónimo de herejía-, Enjambre cuenta un proceso de martirio en el que el carácter literal de la narración es tan claro que el relato está desnudo.

No hay una historia con la que “abrigarse”. No hay “un gigante de Altzo” (en referencia a Handia) que, a través de su crecimiento desmedido, nos hablara de forma sutil de la transformación de la sociedad vasca. Tampoco una historia de un hombre (auto)obligado a vivir en una habitación improvisada para hablar del “miedo a salir” (en referencia a La trinchera infinita).

Sea como fuere, la trama avanza y, a través del combustible necesario -véase alcohol y cocaína-, se acelera la escalada de la tragedia. Con ecos a Un dios salvaje (2011) -filme de Polanski, también de origen teatral, en el que la reclusión en un piso saca a relucir el ser atávico de nuestro interior- o especialmente El ángel exterminador (1962) -cualquier trama en la que los personajes no quieren o pueden salir de un espacio siempre llevará el sello de Buñuel-, el grupo de amigas empieza a descubrir ciertas cuestiones que desconocían de las demás, siempre con un denominador común: reafirmar el rol de la mujer y atacar las normas preestablecidas. Maridos o novios desastrosos (a los que no se pone cara) o relaciones puramente femeninas marcan el mensaje igualitario de la cinta.

Personalmente me alegra ver que no es una excepción sino una pauta habitual en el cine actual, ya que las conclusiones y la forma de romper los roles son necesarias. Sin embargo, el cine no vive de las mejores intenciones, sino que tiene un lenguaje propio con el que hay que saber jugar. En este caso, me llevo la sensación de que no hay nada nuevo bajo el sol sobre este tema -que no es poco después de habernos tragado décadas de puntos de vista masculinos-, tanto en el planteamiento como en el desenlace. Sin embargo, es justamente en el “crescendo” donde las actrices pueden lucirse y convertir su intensidad en el atractivo de la cinta. Realmente celebro esa montaña rusa en la que las actrices tienen la oportunidad de marcar la diferencia. En un film de estas características sabemos que va a ser el punto fuerte, incluso antes de comprar la entrada. Y eso está rodado.

Por último, este alegato introduce la “metafórica” figura del enjambre de abejas, imagen/símbolo de lo que vemos en pantalla. Quizás no es la idea más audaz, e incluso en momentos puede resultar forzada, pero es la única dosis de sutileza que veremos en la trama. Justamente tiene el efecto contrario el momento El resplandor (1980) -parecía que con un cuchillo y una puerta podría resultar demasiado obvio que se referenciara a la obra de Kubrick, pero efectivamente ocurre- o, finalmente, ¿Quién teme a Virgina Woolf? (1966). La sombra teatral de la misma planea sobre la trama, pero uno de los desenlaces de la trama deja claro que las sospechas no eran infundadas.

En conclusión, con Enjambre nos encontramos ante una narración literal con buenas intenciones, pero que no presenta muchos argumentos a favor más allá de lo necesario de su mensaje. Aún así, es de agradecer que se sigan rodando películas que alimenten la tendencia, nos hagan hablar de la dinámica igualitaria y tengamos la oportunidad de disfrutar de más actuaciones femeninas en busca de verdad. Lo único que ha faltado es profundizar en la historia. Quizás no era la intención original, buscando la apuesta clara por el alegato.

 

Jorge Dolz (@J_ Dolz)

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