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Élite: «diversidad folclórica» más didáctica de lo que pensamos
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La serie de Netflix es un culebrón adolescente que se ajusta a todos los tópicos del género y usa la clase social como un elemento de drama más, pero en el planteamiento y las tramas secundarias de Élite hay más crítica social de la que pueden admitir sus detractores.

En un capítulo de la primera temporada de Élite en Netflix, la estudiante de familia palestina Nadia se quita el velo al entrar en el colegio de Las Encinas. Ha sido obligada a ello por las normas del centro pero lo lleva el resto del tiempo por decisión propia. Es una alumna de clase baja becada en el centro y que es discriminada por su doble condición de pobre y musulmana hija de inmigrantes. Otra de las alumnas, de clase alta, la intercepta y bromea sobre su velo, para luego añadir que no se preocupe, que ya se ha acostumbrado a la “diversidad forzada”. Curiosamente este personaje, Lucrecia, es la única alumna no española, interpretada por la actriz mexicana Danna Paola.

El discurso de clase es casi inexistente en la ficción reciente o debe presentarse disfrazado o encubierto bajo el paraguas de la diversidad. Incluso en la actual ola progresista del cine mainstream, en la que Parásitos arrasa en los premios, las formas institucionalizadas de ficción ignoran la variante clase social. Incluso series tan innovadoras y educativas como la británica, también original de Netflix, Sex Education, cuyos vasos comunicantes y guiños con Élite son constantes, pueden pasarlo por alto o utilizarlo apenas de manera tópica sin que nadie se dé por enterado.

Sin embargo Élite, denostada incluso antes de estrenarse por la crítica elevada, encierra en sí misma valores más que didácticos sobre diferencias de clase, diversidad e interseccionalidad. El personaje de Nadia, entre los protagonistas, será el más significativo, no solo por la naturalidad de su dilema sobre el velo –en el que la serie evita más o menos hábilmente pronunciarse–, ya que el guion la trata como una más del grupo y le regala el mismo tipo de tramas, aunque de vez en cuando insista en recordarnos su «otredad».

Un primer vistazo permite suponer que Élite solo utiliza el factor clase social o diversidad por una cuestión de moda temática en la ficción y como elemento dramático con el que diferenciarse. Es posible, pero al menos abraza su premisa y no le vuelve la cara a sus implicaciones más problemáticas, convirtiéndose en un elemento transformador en potencia a pesar de su formato. Es un producto imperfecto y su propósito no es ser didáctico sino entretenido, pero no sacrifica las oportunidades que tiene de ser lo primero en función de lo segundo.

En la primera temporada (más adelante se irá diluyendo), las diferencias de clase son atacadas sin piedad por la vía de los métodos de evaluación de Las Encinas –aunque lo hayas hecho bien, si eres del 20% inferior siempre suspendes–, los trabajos que tienen que adoptar los protagonistas o el origen corrupto de la fortuna del padre de los protagonistas Guzmán y Marina.

El personaje de Omar, hermano de Nadia, será el que represente mejor la interseccionalidad en su triple situación de excluido: pobre, racializado y homosexual. Aunque sea un tópico que trabaje como camello, se justifica en un diálogo brillante en el que le recuerda a su amigo Samuel que echaron curriculums juntos pero a él no lo contrataban “por moro”. Por otra parte acepta plenamente su homosexualidad y sus circunstancias y es presentado, sin aspavientos, como un personaje positivo.

Sobre los guiños cruzados con Sex Education, dos tramas secundarias muy elogiadas de esta última son ignoradas a la hora de analizar Élite, aunque son un año anteriores a su melliza británica. Las dos madres de Polo, presentadas con normalidad y apenas un chiste que habla más del personaje que lo hace que de ellas, y Ander, el tenista de élite que odia el tenis porque no soporta la presión de la excelencia.

La comparación no es odiosa. El formato de Sex Education es la comedia, el de Élite en Netflix el drama o culebrón, según se va modulando. Ambas se dirigen a adolescentes, con los enredos de instituto, los actores diez años mayores que sus personajes para poder rodar escenas de sexo y sus vueltas de rosca inverosímiles. El problema no es el formato, es con qué intención se utilice, y Élite, sin descuidar la lógica comercial, tiene una gran conciencia de sí misma.

‘Élite’ (izquierda) y ‘Sex Education’ (derecha)

El único aspecto en el que Sex Education le gana es en el de su especialidad, claro. Las prácticas sexuales de los adolescentes de Las Encinas están un poco más pasadas de rosca, son más dramáticas, romantizadas e irresponsables en su representación, les falta algo de humor aunque a veces no desprecien la ternura. La diversidad sexual es retratada de forma más parcial y tópica, y las consecuencias se desdeñan o se filtran por la vía del drama, lo cual les resta realismo y pedagogía. Aunque, como se ha dicho, Élite no esté obligada a ninguna de las dos cosas por su propio formato y objetivos.

Por otra parte, en la primera temporada de Élite en Netflix trata el VIH con naturalidad –aunque a estas alturas eso ya no sea tan valiente como, por ejemplo, la niña con SIDA de Farmacia de Guardia, por tópica que nos parezca ahora– y empodera al personaje afectado hasta el punto de que le permite utilizarlo como arma o catalizador social.

Resumiendo, sea por convencimiento o moda intelectual, sea porque cualquier serie de instituto ya no puede volver la cara a ciertos temas, en el fondo de Élite, pese a sus enredos inverosímiles y la presentación pretendidamente tópica de sus personajes, late la posibilidad de algo más. De una ficción para adolescentes en la que la diversidad no sea ya folclórica sino parte indisoluble del discurso.

 

Jose A. Cano (@caniferus)

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