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Elisa y Marcela: mal precio por no decidirse
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Si el año pasado fueron Carmen y Lola, ahora llegan Elisa y Marcela. Fácil comparar las dos películas: misma temática de amor incomprendido, pegadas en el tiempo y hasta con un título parecido. Pero la verdad es que no se parecen en nada más. Carmen y Lola se apoya en un realismo social; Elisa y Marcela va, en teoría, a la reconstrucción de un episodio histórico. Dos planteamientos igual de legítimos. El problema para la nueva película de Isabel Coixet es que no se decide en su manera de retratar esa relación que se convierte en el primer matrimonio entre dos mujeres en España, algo que Arantxa Echevarría tenía mucho más claro en su historia de amor gitana.

Coixet empieza todo desde la sensibilidad, marca de la casa, que se hace notar en los encuadres y la construcción de los diálogos en el primer tercio de la película. Los mejores momentos de Elisa y Marcela, de las interpretaciones de Natalia de Molina y Greta Fernández, están en la etapa en la que el amor entre las dos aún es sólo deseo; durante su primera juventud como estudiantes. La directora de La vida secreta de las palabras da en esos minutos iniciales compartidos sus mejores líneas de guion alrededor de la inocencia y la negación de la moral católica y patriarcal, dándole un gran protagonismo al personaje de Fernández. Además, está bastante inspirada en los detalles, usando primeros planos poéticos y colocando la cámara para aprovechar al máximo el buen trabajo fotográfico de Jennifer Cox, que resuelve casi siempre bien el trabajo de iluminación con el blanco y negro.

A partir de que el amor llega a su puerto, el barco empieza a hundirse. La primera decisión que daña a la película es la de desviar la atención y punto de vista principal, que se había colocado al principio en la casi narradora Marcela (Greta Fernández), y pasar a no definirlo claramente. Una vez establecida la relación sentimental, la pareja comparte mucho más plano, y cuando no es así, se reparten las escenas de forma individual pero no jerarquizada. Se diluye la identificación clara para el espectador hasta ese momento, factor clave en una historia dramática como esta. Esto, por ejemplo, no lo hace Echevarría en Carmen y Lola, donde esta última se mantiene siempre como protagonista. De aquí, de la construcción de un ente Elisa-Marcela único y difuminado, vienen derivados el resto de problemas.

Mientras que los primeros minutos están marcados por la contemplación, la conversación y el parto de la relación amorosa, la sucesión de hechos toma el protagonismo en la segunda parte de la película. La necesidad de contar qué le pasó a la pareja, el hecho histórico por el que las recordamos, hace que Coixet imponga un ritmo más rapido a la narración. Hay varios momentos fundamentales y, en teoría, llenos de dramatismo o tensión, pero que se resuelven de forma acelerada y de puntillas. La sufrida incomprensión de la sociedad decimonónica, el engaño matrimonial, las decisiones de la pareja, su sacrificio… todo va pasando sin pararse casi a explicar cómo se gesta o reflejar sus consecuencias.

La descompensación y diferencias entre el primer tercio y todo lo que viene después apunta también a un posible problema de tijera en la sala de montaje. Si se ha tenido que recortar mucho por exigencias de Netflix para llegar hasta casi las dos horas de película, igual es que el pecado original está en la estructura del guion que idearon Coixet y el catedrático gallego Narciso de Gabriel, autor del libro (Elisa y Marcela: amigas y amantes) que descubrió la historia de la pareja. En la buena reconstrucción histórica, quizá más de de Gabriel, parece que se ha perdido el alma íntima de la película, más de Coixet.

Elisa y Marcela acaba siendo una película sin personalidad, timorata, que cambia su paso según va andando para perderse en lo intrascendente. Sin ser un desastre, Isabel Coixet da así un traspiés con el que no continúa la buena senda que había marcado La librería. El importante trabajo de sus dos protagonistas no es suficiente para sostener esta potentísima historia sin explotar. Por exigencias o por malas decisiones, Coixet llega sin brillo a los 30 años de carrera cinematográfica.

 

Arturo Tena (@artena_)

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