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El viaje a ninguna parte: Miseria y negrura
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Cómicos de la legua. Poco de metafórica tenía esa expresión con la que se designaba a los integrantes de las compañías teatrales que se dedicaban, desde el Renacimiento, a representar las obras de su repertorio por pueblos radicados en un radio más o menos amplio, entre los cuales se desplazaban a pie, pateando incansablemente los caminos entre ellos. O sea, muchas leguas reales entre pecho y espalda para intentar escapar al hambre y la miseria, perseguidoras permanentes de estas gentes esforzadas y voluntariosas.

Es el mundo de estas gentes dando sus últimas boqueadas -como bien señalará una de las integrantes de la compañia- el que retrata El viaje a ninguna parte (1986), la obra cinematográfica que consagró definitivamente a su guionista y director, Fernando Fernán Gómez, como uno de los grandes nombres de la historia del cine español, en la que ya ostentaba un lugar señero pero no tan reconocido (consiguió con ella 3 Premios Goya, incluido el de Mejor película).

El viaje a ninguna parte: Miseria y negrura

La narración que constituye el eje central de El viaje a ninguna parte está articulada sobre una estructura temporal en flashback que arranca con la vejez (y trastorno mental) de su protagonista, Carlos Galván (José Sacristán), desde la que va recordando los pasajes, reales o imaginados, de su vida de cómico: al principio -y cabe suponer que con total certeza- por los míseros caminos de la España rural de los 50; más adelante, con el paso de los años y la disolución de la compañía teatral de su padre, en un Madrid capitalino que le permitirá degustar -supuestamente, y con pocos visos de realidad- las mieles de un triunfo rotundo y esplendoroso.

Un itinerario vital amplio, marcado siempre por la inestabilidad (laboral, económica, familiar, afectiva): ni el trabajo ni el dinero son presencia sólida en la vida de Galván, y sus anclajes personales (con la única excepción de su amigo Juan Conejo -Juan Diego-, presencia constante hasta el final de sus días) también se esfuman ante la falta de perspectivas vitales. Lo hace tanto Juanita, su compañera de catre y tripa vacía, como Carlos, ese hijo adolescente y atolondrado que solo permanecerá a su lado el tiempo suficiente para comprobar que el futuro, ahí, ni está ni se le espera.

Es difícil edulcorar el retrato de una realidad tan miserable como la que viven tanto el grupo de cómicos que integran la compañía Galván Iniesta como los habitantes de aquellos pueblos de la España profunda, de la Castilla mesetaria más recia y espartana -plasmada en pantalla con una fotografía oscura y fría, de la textura del terruño que se pisa- por los que deambulan: todos sufriendo en carne propia los estragos de una posguerra inclemente, que no solo dejó a un país exhausto y asustado, sino, también, muerto literalmente de hambre.

El viaje a ninguna parte: Miseria y negrura

La historia que lleva a la pantalla Fernán-Gómez no suaviza la historia en modo alguno, pese a que su trama se vea constantemente trufada de episodios de corte cómico. Y, sin necesidad de cargar las tintas con subrayados dramáticos, ofrece una visión lo suficientemente sórdida y gris como para que cualquier esbozo de sonrisa que cualquiera de esos episodios pueda arrancar, se trueque prontamente en un rictus de mal disimulada amargura.

En El viaje a ninguna parte asistimos a un mundo de derrotados, gentes simples, sin presente ni futuro, cuyos consuelos, fugaces, transitorios, radican solo en los placeres elementales: algo de sexo (escondido y vergonzante), algo de vino (peleón, por supuesto). Miseria y negrura.

Jugando con la confusión de las fronteras entre realidad y ficción, recuerdo y fantasía, delirio y memoria, el itinerario narrativo de El viaje a ninguna parte no por ello deja lugar a duda alguna: más allá de que todo pueda bailar en el magma del cerebro de su personaje protagonista, hubo una realidad, dura y lacerante, que Fernán Gómez refleja con un realismo severo en el fondo y contenido en las formas.

Aún así, todavía cabe un punto de ternura que proyectar sobre personajes tan apaleados y maltratados por tan perra vida, la de esa España de cerrado y sacristía que solo podía conjurar el hambre con la sonrisa arrancada a duras penas por unos versos declamados con todo el histrionismo del mundo. ¿Verdad, señorito…?

 

Manuel Márquez

Puedes ver El viaje a ninguna parte online aquí

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