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El verdugo: imagen de España
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Él es un empleado de funeraria que piensa en emigrar a Alemania y formarse como mecánico. Ella es una chica que vive con su padre, que trabaja de verdugo. La cercanía a la muerte de ambas profesiones les ha jugado malas pasadas a la hora de encontrar pareja; nadie parece querer a un enterrador ni a la hija de un verdugo. Se conocen, se gustan, y un día el verdugo los descubre en su casa después de…eso. Entonces, cosas de la época, tienen que casarse. Él es Nino Manfredi, en una exclusiva incursión en el cine español en aquellos años (El verdugo es una coproducción con Italia, y los productores quisieron que la protagonizara) y ella, Emma Penella (sí, la de «váyase, señor Cuesta, váyase»).

Al verdugo, interpretado por el mítico Pepe Isbert, le han concedido un piso por ser funcionario, pero como por su edad está cercano a la retirada no parece que se lo vaya a poder quedar. Entonces le propone a José Luis, el personaje interpretado por Manfredi, que se haga verdugo para así obtener el piso. A él la idea no le gusta, pero tampoco tiene alternativa para proporcionar un techo a su familia. Así que, a pesar de sus reticencias (porque a fin de cuentas nadie quiere ser verdugo) y de alguna dificultad, acaba obteniendo el puesto.

Así se construye El verdugo, una de las obras maestras de José Luis García Berlanga y una de las mejores películas de la historia del cine español. El guion supone su segunda colaboración con Rafael Azcona, otro de los grandes nombres de la historia de nuestro cine. Juntos llevan a cabo esta comedia negra que está considerada como la mejor película española de todos los tiempos por muchos críticos, estudiosos y aficionados al cine.

La película fue muy polémica y su éxito internacional vía Festival de Cine de Venecia no hizo sino agravar la situación. Poco antes del estreno, Franco había ordenado la ejecución del comunista Julián Grimau y los anarquistas Francisco Granado y Joaquín Delgado, lo que provocó protestas internacionales e hizo que el caudillo fuese conocido en el mundo como «el verdugo». El embajador español en Roma intentó que se prohibiese la película y, ante la incapacidad de conseguirlo, le dio la vuelta a la tortilla, poniéndola como ejemplo de la libertad que existía en España. La película hizo que Franco declarase que Berlanga era peor que un comunista; era un mal español.

Efectivamente, El verdugo es una imagen de la España de la época y su bajeza moral. La ausencia de oportunidades, que hace que la emigración sea vista con ilusión y como única posibilidad de un futuro mejor. El reducido papel de la mujer, limitada al ámbito doméstico y las labores de cuidados. La pena de muerte, normalizada. Además, muestra numerosas conductas cotidianas que resultan poco edificantes, desde dinámicas familiares hasta laborales y administrativas; nadie sale bien parado en la película, ni personal ni profesionalmente. Y también aparecen, en el tramo final ambientado en Mallorca, las primeras manifestaciones del turismo masivo, un fenómeno que tendrá cabida tanto en la pantalla como en la realidad social española en los siguientes años. Aunque la censura hacía imposible cualquier referencia directa a la política, la imagen de conjunto que emerge de España no es nada positiva.

Pero El verdugo no se limita a ser un documento testimonial con carácter de denuncia, dentro de los límites posibles, divertido y con calidad cinematográfica. Sus problemas de fondo son tristemente actuales y reconocibles en el mundo de hoy en día. La pena de muerte, la profesión de verdugo y los pisos para funcionarios pueden haber pasado a mejor vida, pero la renuncia como forma de vida no lo ha hecho. Es en este punto donde su amargo humor convierte a la película en universal. Es fácil reconocerse y empatizar con un protagonista que se ve obligado a vivir una vida que no quiere ante la falta de otras perspectivas. Berlanga y Azcona captan y plasman a la perfección esta idea, de manera que la película trasciende su tiempo y lugar, como ocurre con las obras maestras.

Desde el punto de vista cinematográfico, la película es puro Berlanga. Largas escenas de multitudes donde se mezclan, siempre bajo control, personajes y voces, diálogos afilados y una galería de canallas que consiguen ganarse nuestra simpatía, precisamente porque podemos comprenderlos. La capacidad del director para ordenar las escenas de multitudes consigue, por contraste, que resulte más dramático el sobrio final, donde José Luis tiene que enfrentarse a su destino en la cárcel de Palma. El verdugo ocupa un lugar privilegiado en lo más alto del cine español. Por lo complicado de sacar adelante un proyecto de estas características en aquellos años, por la calidad cinematográfica desplegada por Berlanga, Azcona, Manfredi, Penella, Isbert,…pero sobre todo porque sigue siendo una delicia -con un regusto amargo, eso sí- sentarse a verla más de 40 años después

 

 

Carlos Pintado @CarlosPM76

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