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El último show: Te lo cuento otra vez porque tiene gracia
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El último show: Te lo cuento otra vez porque tiene gracia

La serie de Álex Rodrigo sobre Marianico El Corto va más allá de ‘El fin de la comedia’ o ‘¿Qué fue de Jorge Sanz?’ y nos habla de la depresión, la vejez y la comunicación entre generaciones a través de la ternura

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El último show es un manual de cómo funciona la depresión y, casi se podría decir, de cómo no tratar a una persona que la sufre. También es un tratado sobre la comunicación entre generaciones, tanto dentro de la historia ficticia que presenta como fuera. Porque al fin y al cabo la serie resume la ternura y desencanto con el que la generación millennial, a puntito de dar el salto a tomar las riendas de la sociedad pero sin que las crisis sucesivas se lo acaben de permitir, contempla su niñez y esa educación que recibió, que hoy llamaríamos políticamente incorrecta.

Ojo: Ligeros spoilers.

Marianico El Corto en su apogeo, el No te rías que es peor, era un chiste en transición. Con la ternura y el complejo de cateto heredados de Gila pero chistes sexuales, contemporáneo de las Mama Chicho, en mitad de una España que ya era moderna y con Juegos Olímpicos y Exposiciones Universales, además de corrupción de la buena, de país europeo.

Los millennials de la ironía vacía, el zasca en redes y la indignación impostada con la causa de la semana contemplamos ahora a Marianico como un personaje de una época inocente, aunque para concluir que no lo era, que lo éramos nosotros. Y expone el funcionamiento de la nostalgia de manera explícita, y dolorosa, en varios diálogos. No echamos de menos los chistes de ese programa. Echamos de menos verlos todos juntos frente al televisor y sentirnos seguros.

no-te-rias-que-es-peor-el-ultimo-showMarianico El Corto en el programa ‘No te rías que es peor’

 

Depresión

Miguel Ángel Tirado, Marianico El Corto, es un hombre fuera de su tiempo. En un sentido narrativo, sentimental y, sobre todo, literal. La serie parte de la base de que Marianico sabe que tiene una enfermedad terminal y arrastra la depresión que ello le provoca con una mezcla de estoicismo y represión propios de un hombre de su edad y educación. El mundo a su alrededor lo supera y vive en permanente incomunicación.

Pero, aunque no entiende a su nieta, es capaz de entenderse con ella. Esa comunicación entre anciano y adolescente se basa en un respeto mutuo en el que son los únicos en no tratarse el uno al otro con condescendencia. Incluso Chusé, el representante y mejor amigo de Miguel, o Traian, el aspirante a novio de Claudia, no los tratan siempre con el respeto de un igual. Y ella es la única en entender y apreciar el proyecto de película que su abuelo tenía guardado en un cajón.

Miguel Ángel no deja de ser presentado como buena persona. Que perdona a su representante de inmediato, se presta a ser el padre postizo de Jacinto y es incapaz enfadarse con Claudia. Y no deja de recibir el cariño de desconocidos. Tanto su figura como cómico de otra época como el monólogo histórico en el que se hace viral son recibidos siempre desde el respeto excepto en Rescátame, la parodia de Sálvame en la que solo quieren entrevistarlo por el morbo de su presunta bisexualidad.

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Autoficción, autoironía, metaficción

En estos días en que por un instante de enajenación mental colectiva ha parecido que Sálvame podía ser un vehículo de regeneración periodística en lugar de un espectáculo de circo donde todo está pactado y la extrema derecha acude no a ser humillada sino a recibir público nuevo, no está de más recordarlo. Ese tipo de programas quiere espectáculo a cualquier precio y lo pacta y lo exagera. Es la antítesis de la bondad que, dentro de la serie, representa Miguel Ángel.

Es un mundo loco en el que un viejo deprimido porque echa de menos a su exmujer tiene que hacerse pasar por bisexual para ser noticia y volver a llamar la atención como artista. “Lo que quieren es circo, solo tienes que aguantar dos minutos, Miguel, y volverás a ser tú mismo”. Y ojo a los detalles en diálogo entre Tirado y su representante, Chusé, el personaje que nos cuela “Un icono de la liberación sexual como Madonna… o Marisol”. “¿Marisol?”.

Por otra parte, Miguel no deja de ser un hombre de su edad que de joven mentía sobre cuántas novias tuvo por vergüenza y en el fondo esperaba envejecer junto a su exmujer. Mención especial a algo raro en la ficción española: representar de manera realista, intimista y tierna el sexo y el deseo en las personas mayores. En otras manos este tipo de escenas, que son pocas, habría acabado en un astracán al estilo de La que se avecina en el que emplear términos de social justice warrior desatado tipo bodyshaming se habría quedado corto. Pero no habíamos venido eso.el-ultimo-show-manolo-kabezabolo

Porque la serie emparenta sin mucho disimulo con ¿Qué fue de Jorge Sanz? y El fin de la comedia, pero nunca llega a entregarse al surrealismo o la acidez de estas. Tirado se autoparodia como lo hacen Sanz y Farray, pero su personaje carece de la miseria en la que aquellos decidieron sumergirse y permanece más apegado a la realidad.

Solo los cameos se permitirán despeñarse por el humor delirante, como en las apariciones de Manolo Kabezabolo –que en un borrador del guión era el mismísimo Pablo Echenique, lo cual ya de por sí es motivo para desear una segunda temporada– o Álvaro Morte. Mención aparte al señor Barragán, que se entrega a un ejercicio de autoparodia tan extremo que dejaría a Farray y Sanz por aficionados.

 

 

Es que tiene gracia

El personaje de Chusé, Sancho jeta pero idealista de nuestro Quijote depresivo, tiene un momento glorioso cuando ayuda a un cómico novato a crearse un personaje al estilo de Barragán, Marianico El Corto u otros de la época. Y critica a estos “jóvenes de ahora” que salen con su ropa a contar a su propia vida un poco exagerada creyéndose que eso es hacer humor. Curiosamente lo mismo que hace la serie con Tirado, pero vistiéndolo con un traje que no busca tanto el zasca ingenioso como un tema de verdad más allá de ella.

Por el camino la serie se ha permitido parodiar a James Rhodes por flipao y luego redimirlo, regodearse en todos los aragonesismos que en el mundo hayan sido pero compensarlo humillando a un presunto concejal de Cultura de Zaragoza e incluso jugar a la autoparodia meta con la aparición de Álvaro Morte y sus tics de La casa de papel, dado que ambas series comparten director.

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Todo esto está muy bien. Atizarle al postureo de Twitter, jugar a la metaficción y establecer una complicada teoría sociológica intergeneracional en la que solo falte hablar de boomers –Marianico El Corto– y zetas –su nieta–. Pero el último diálogo de la serie lo deja bastante claro: ese chiste te lo cuento una y otra vez porque tiene gracia. Es que tiene gracia. Y un chiste no necesita más justificación que esa.

El octavo capítulo es el que más prescinde de cualquier alarde meta, cabe, bajo, con o contra y se lanza a manipular nuestras sentimientos sin vergüenza ninguna. Pero es que a esas alturas, como espectadores, no queremos otra cosa. Porque hemos venido a que nos hagan reír.

Y es que tiene gracia.

 

Jose A. Cano (@caniferus)

 

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