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El silencio del pantano: digna ópera prima con demasiados temas a tratar
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El silencio del pantano: digna ópera prima con demasiados temas a tratar

Una digna ópera prima que ofrece al espectador una historia con muchas aristas y que tiene en el guion su aspecto más débil

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El silencio del pantano, estrenada recientemente en Netflix, constituye la ópera prima de Marc Vigil, realizador curtido en la pequeña pantalla, que debuta en el cine con este sombrío thriller, adaptación de la novela homónima de Juanjo Braulio. En torno a un elenco dominado por reconocibles rostros de las series televisivas más exitosas de los últimos años en nuestro país, se nos propone un viaje a las entrañas de la degradación humana protagonizado por un misterioso “Q” (Pedro Alonso), en un papel muchos más contenido que aquel con el que se hiciera famoso mundialmente: Berlín de La casa de papel.

En este caso, Alonso da vida a un afamado escritor de novela negra, que utiliza la literatura como una forma de airear los trapos sucios que se esconden en la ciudad de Valencia. Durante toda la cinta está muy presente el pasado corrupto de una ciudad gobernada durante décadas por políticos que, con el objetivo de situar a la localidad levantina en el mapa mundial, lo que hicieron fue engordar su ego y sus bolsillos.

Lo más interesante de El silencio del pantano es, sin lugar a dudas, el  juego que hace entre ficción y realidad. A través de varios  niveles narrativos, se realiza un efectivo ejercicio de metaficción en los cuales se relacionan, como dos caras de una misma moneda, los personajes reales con aquellos que utiliza “Q” en sus novelas. Todas ellas protagonizada por una especie de alter ego de sangre fría y carácter imperturbable, un asesino metódico del que no conocemos realmente sus propósitos a la hora de matar. Como le dice a una de sus lectoras al comienzo: “lo hace porque puede”.

En ese personaje se esconden los deseos más profundos de la psique humana, el impulso del tánatos freudiano más instintivo y salvaje. Así es como empieza precisamente su andadura como asesino al comienzo de la película (matando brutalmente a un taxista) y, al mismo tiempo, cómo nace un personaje que se convertirá en el protagonista de toda una saga literaria. Bajo el auspicio de la ficcionalidad, el autor penetra en los entresijos de la corruptela política, donde se involucran tantos altos cargos del gobierno autonómico como vulgares delincuentes de los barrios más degradados de la ciudad. Un guiño a la idea de que la codicia humana no entiende de clases sociales.

A partir de noticias reales, “Q” como escritor, desde su posición de narrador omnisciente, irá penetrando en las ciénagas del sistema representado metafóricamente en la figura del pantano como símbolo de la ciudad. En ese descenso al inframundo social, el protagonista de El silencio del pantano irá investigando la trama corrupta que está detrás de un ex conseller de la Generalitat Valenciana, Ferrán Carretero (José Ángel Egido), catedrático de Economía investigado por la justicia. Tirando del hilo, el protagonista irá atando cabos hasta descubrir un entramado criminal construido a diferentes niveles.

A través de un uso descarnado de la violencia, la cinta ganará en intensidad a medida que avanza una trama con ciertos altibajos. A partir de personajes arquetípicos, intencionalmente creados como modelos ficcionales, el protagonista se verá involucrado en una lucha despiadada con una banda gitana liderada por La Puri (Carmina Barrios), personaje con muchas similitudes a La Paca, famosa narcotraficante mallorquina, y su sabueso Falconetti (Nacho Fresneda).

A medio camino entre La isla mínima (Alberto Rodríguez, 2015) y El reino (Rodrigo Sorogoyen, 2018), El silencio del pantano supone una digna ópera prima que ofrece al espectador una historia con muchas aristas, aunque, quizá, con demasiados temas a tratar. En el guion podemos encontrar su aspecto más débil. Sobre todo a la hora de dar consistencia a  una historia un tanto pretenciosa con respecto al tema que trata y los géneros que revisita, a medio camino entre el neo-noir y la crítica social y política. A pesar de todo, es una película con una buena puesta en escena y un aceptable tratamiento del discurso, que nos sugiere desde el principio que no siempre están claros los límites entre la ficción y la realidad.

 

Adolfo Monje Justo (@adolfo_monje)

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